La Laguna continúa en calma en el trigésimo segundo día de confinamiento: Hoy visitamos la Avenida República Argentina, popularmente conocida como la carretera de Tejina

La belleza de la carretera de Tejina en los primeros años del siglo XX

carretera de tejina
Avenida República Argentina, popularmente conocida como la carretera de Tejina, es uno de los accesos al casco histórico de la ciudad y que conecta con la Comarca del Nordeste (Punta Hidalgo, Bajamar, Tejina y Valle de Guerra). Hoy la hemos econtrado sin un solo vehículo, algo que solo se ve en fotografias de principios del siglo XX.

El magnífico escritor y periodista grancanario Francisco González Díaz, decia de Tenerife a principios del siglo XX:

«No se da un paso por la campiña de esta isla de Tenerife sin encontrar un punto de vista que causa la admiración, un paisaje que produzca un deleite. Los bellos panoramas, variados y caprichosos, siguiendo las revueltas de los caminos abiertos en el seno de las montañas, suspendidos a veces entre el mar y el monte; las tierras cultivadas, en que se despliega una flora espléndida, van ofreciendo en sucesión de cuadros que asombra, encantos mil a los ojos. Por donde quiera, el agua, desbordada en sonoros raudales, canta alegría. Sentimos la maternidad de la Naturaleza, maternidad amorosa, cuyo regazo inmenso por igual a todos nos cobija. Indudablemente, esa maternidad no es una ilusión.

Bajo este cielo benigno, nadie reconocerá a la madrastra desabrida y fría que en otras zonas menos afortunadas niega al hombre todo auxilio y le presenta, en lugar de senos ubérrimos, pechos exhaustos; nadie reconocerá a la naturaleza enemiga que esteriliza con el hielo o mata con el rayo, que ahoga los gérmenes vitales en lo hondo del surco y parece casada con la muerte.

Casada está aquí con la vida, con la esplendorosa vida meridional que brota en flores y revienta en frutos con la vida libre y generosa, cuyo ministerio es un eterno producir, un eterno crear. Las brisas, cargadas de perfumes y de gérmenes, pasan como ráfagas de vitalidad; hervores perpetuos de germinación conmueven la tierra y la hacen palpitar estremecida; las rosas se desbordan de las tapias como rostros bonitos que sonríen, tienden sus guirnaldas hasta la playa, suben a las alturas, incesan la vasta extensión donde reinan su color y su aroma, y cuando se descorre el blanco «velum» con que el cielo de ordinario se cubre, brilla sobre los campos eternamente florecidos una indescriptible pompa solar.

 

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