La Laguna Ahora por España de Fiesta y celebraciones de septiembre: La Entrada de Toros y Caballos de Segorbe, Castellón

Cada mes de septiembre, Segorbe se transforma. Miles de personas ocupan sus calles y esperan un instante que apenas dura unos segundos, pero que resume siglos de historia. A las dos de la tarde, el sonido que anuncia la llegada de los toros cambia por completo el ambiente. La multitud se abre, aparecen los caballos y comienza una de las tradiciones más singulares de la Comunitat Valenciana: la Entrada de Toros y Caballos de Segorbe.

Celebrada durante la segunda semana de las fiestas patronales de la localidad castellonense, la Entrada destaca por una característica que sorprende especialmente a quien la presencia por primera vez: no existen barreras físicas que separen a los animales del público. Son los propios espectadores quienes forman dos auténticas murallas humanas, abriendo un estrecho corredor por el que avanzan toros, caballos y jinetes.

Una tradición con siglos de historia

Los orígenes exactos de la Entrada se pierden en el tiempo. La documentación histórica permite remontar la existencia de celebraciones taurinas en Segorbe al menos hasta 1386, cuando las fiestas con toros estaban vinculadas a las festividades de San Juan y San Pedro. Durante los siglos XVI y XVII aparecen numerosas referencias documentales relacionadas con los corrales, la conducción de las reses y los festejos celebrados en la ciudad.

En sus orígenes, aquello que hoy constituye un espectáculo era fundamentalmente una necesidad práctica. Los animales debían ser trasladados desde los corrales situados en las proximidades del río Palancia hasta el recinto donde posteriormente se celebraban los festejos taurinos. Los caballistas ayudaban a mantener unida la manada durante ese recorrido.

Con el paso de las generaciones, aquel traslado ganadero fue adquiriendo un carácter ceremonial hasta convertirse en una tradición profundamente vinculada a la identidad de Segorbe.

Existe incluso constancia de una fotografía de una Entrada realizada en 1894, atribuida al fotógrafo francés Julio Derrey, testimonio gráfico de la antigüedad y continuidad de la celebración.

Caballos, jinetes y toros entre una muralla humana

El momento culminante llega cuando los toros alcanzan la zona urbana y son arropados por los caballos. Los jinetes, mediante una combinación de experiencia, precisión y coordinación, deben mantener agrupadas las reses y conducirlas durante la vertiginosa carrera.

Pero la imagen verdaderamente característica de Segorbe la proporciona el público.

Miles de personas ocupan la calle y, segundos antes de que llegue la manada, se desplazan hacia los laterales creando un corredor humano. Una vez han pasado toros y caballos, ese pasillo vuelve a cerrarse casi inmediatamente.

No hay vallado que dibuje el recorrido. Lo hace la multitud.

Precisamente esta combinación de toros, caballos, jinetes y público convierte la Entrada en una manifestación difícil de comparar con otros encierros tradicionales españoles. Los caballistas no son meros acompañantes: tienen la responsabilidad de arropar a los toros para impedir que alguna res quede rezagada, se detenga o abandone la trayectoria prevista.

Todo sucede con enorme rapidez. La expectación acumulada durante horas desemboca en unos instantes de extraordinaria intensidad, acompañados por el sonido de los cascos sobre el suelo y la reacción de miles de espectadores.

Mucho más que un espectáculo

Para comprender la Entrada de Segorbe no basta con observar únicamente la carrera. Alrededor de ella existe todo un conjunto de costumbres y actos tradicionales.

Entre ellos destaca la tría, vinculada históricamente al traslado de las reses desde los corrales del río. Se trata de una de las prácticas que recuerdan los orígenes ganaderos de la celebración, cuando los toros permanecían fuera de la población antes de emprender el recorrido hacia la ciudad.

La Entrada forma parte de las fiestas patronales de Segorbe, que comienzan el último sábado de agosto. Tras una primera semana especialmente vinculada a las celebraciones religiosas y patronales, la segunda adquiere un marcado protagonismo taurino.

Y hay una hora que todos conocen: las dos de la tarde.

En ese momento, durante la semana de la Entrada, buena parte de la atención de Segorbe se concentra en el recorrido de toros y caballos.

Una fiesta reconocida internacionalmente

La singularidad de esta tradición ha recibido importantes reconocimientos oficiales. En 1985 obtuvo la declaración de Fiesta de Interés Turístico y, veinte años después, en 2005, fue reconocida como Fiesta de Interés Turístico Internacional.

Posteriormente, en 2011, la Generalitat Valenciana declaró la Entrada de Toros y Caballos de Segorbe Bien de Interés Cultural Inmaterial, reforzando la consideración de la celebración como una manifestación del patrimonio cultural valenciano.

Estos reconocimientos ponen de relieve algo que los segorbinos conocen desde hace generaciones: la Entrada no constituye simplemente un acontecimiento festivo, sino una tradición transmitida en el tiempo y estrechamente relacionada con la historia de la ciudad.

Segorbe, durante unos segundos

La Entrada posee una peculiar paradoja. Miles de personas pueden esperar durante horas para contemplar algo que sucede en apenas unos instantes.

Quizá precisamente ahí reside parte de su fuerza.

Cuando aparecen los primeros animales, el público se comprime contra los laterales. Los caballos rodean a los toros. Los jinetes buscan mantener perfectamente agrupada la manada. Durante unos segundos, animales y personas ocupan un mismo espacio en un movimiento rápido y coordinado.

Después, casi inmediatamente, todo termina.

Pero al día siguiente, a las dos de la tarde, Segorbe vuelve a prepararse.

Así ocurre año tras año y generación tras generación. Lo que comenzó siglos atrás como una forma de conducir las reses hasta el lugar de celebración de los festejos se ha convertido en uno de los principales símbolos de la ciudad.

La Entrada de Toros y Caballos es historia, fiesta y patrimonio, pero sobre todo es una tradición colectiva que Segorbe ha convertido en una de sus principales señas de identidad.

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