«La guerra biológica» (I), por Conrado Rodríguez-Maffiotte Martín
La guerra biológica consiste en el uso de agentes patógenos (bacterias, virus, hongos o toxinas derivadas) para la expansión deliberada de una enfermedad infecciosa, de tipo epidémico o no, entre seres humanos y animales con el fin de causar su muerte o incapacitación y en plantaciones para destruir cosechas. O lo que es lo mismo: su utilización como armas de destrucción masiva capaces de eliminar o incapacitar de manera indiscriminada a un gran número de individuos pudiendo causar, además, daños muy graves al medioambiente, a la economía y a la sociedad de un país o región en el menor tiempo y con el menor costo económico y en bajas propias posibles. La guerra biológica se incluye en la denominada guerra NRBQ (nuclear, radiológica, biológica, química).
La diferencia entre guerra biológica y nuclear, radiológica o química estriba en que la primera persigue la producción de cuadros clínicos infecciosos que tardarán un tiempo en desarrollarse y las segundas tratan de aniquilar inmediatamente a las personas.
Antecedentes de la guerra biológica
Coinciden todos los autores que desde tiempo inmemorial los seres humanos han conocido el potencial uso de agentes patógenos (aún sin saber de la existencia de los mismos) en los conflictos bélicos. Son muy numerosos los ejemplos que la historia nos ofrece. Sería muy prolijo incluir aquí los casos conocidos pero baste con algunos ejemplos.
Las primeras acciones de guerra biológica se atribuyen a los guerreros hititas del mítico reino de la Península de Anatolia o Asia Menor (Turquía), en época tan antigua como los siglos XII-XI AEC, que enviaron enfermos de peste o tularemia a territorio enemigo. Ya en el siglo VI AEC se produjo uno de los hechos más conocidos cuando en el transcurso de la Primera Guerra Sagrada, entre la Liga de Delfos y Cirra, el filósofo y político Solón de Atenas mandó envenenar los pozos de Krissa, cerca de Delfos (Grecia), con jugo de eléboro que puede ser mortal si se ingiere. Por esa época también los asirios envenenaron pozos enemigos con ergotina (derivado del cornezuelo del centeno, que es muy tóxica).
Estas tácticas fueron continuadas por espartanos, griegos y romanos a partir del siglo IV AEC y, casi al mismo tiempo, los escitas (jinetes, pastores y diestros arqueros de las estepas euroasiáticas) utilizaron flechas contaminadas con fluidos de cadáveres en descomposición y estiércol para provocar enfermedades graves en los enemigos heridos.
Uno de los hechos más conocidos en la antigüedad se atribuye al general cartaginés Aníbal cuando ordenó en el año 184 AEC que la flota de Prusias I de Bitinia, para el que combatía, lanzara vasijas que contenían serpientes venenosas a los barcos de Eúmenes II de Pérgamo provocando un tremendo caos que llevó a su derrota.
Ya en 1155, el ejército de Federico I Barbarroja, emperador del Sacro Imperio Romano-Germánico, emponzoñó los pozos que abastecían la ciudad durante el sitio de Tortona (Piamonte, Italia) con cadáveres humanos. Sin embargo, el mayor impacto de cualquier acción de guerra biológica en la historia de la humanidad tuvo lugar en 1347 con uno de los hechos bélicos más conocidos: el sitio de Kaffa (actual Feodosia en Crimea) cuando los tártaros catapultaron cadáveres infectados con peste negra en el interior de la ciudad contagiando a una gran parte de sus habitantes y dando lugar a su rapidísima expansión por toda Europa y el mundo conocido, causando una mortandad sin precedentes en un auténtico cataclismo epidemiológico. Esta pandemia duró desde 1347 hasta la década de 1350 y produjo tal catástrofe demográfica (solo en Europa murieron más de 30 millones de personas, un tercio de su población, y en el mundo conocido aproximadamente 100 millones) que esta impulsó cambios drásticos en el continente europeo desde todos los puntos de vista (social, económico, político, sanitario, filosófico, etc.) dando lugar al paso de la Edad Media al Renacimiento.
Otros hechos de este tipo con menor impacto pero no menos relevantes se sucedieron en años y siglos posteriores cuando bohemios en 1422 y rusos en 1710 catapultaron cadáveres de apestados en el interior de ciudades sitiadas, como el caso de Reval (actual Tallinn, capital de Estonia) durante la denominada Gran Guerra del Norte entre suecos y rusos.
Acciones muy curiosas fueron las llevadas a cabo en 1495 por soldados españoles en tierras italianas cuando mezclaron vino con sangre de enfermos de lepra y se la vendieron a sus enemigos franceses y la de los militares polacos en 1650 cuando lanzaron vasijas con babas de perros rabiosos sobre los rusos. También en tierras italianas, aunque siglos más tarde (1797), ocurrió otro hecho llamativo cuando Napoleón ordenó inundar las llanuras que rodean Mantúa con el fin de producir un brote de paludismo o malaria.
Por otro lado, es de sobra conocido que la expansión colonial europea causó la aniquilación de poblaciones indígenas enteras en las nuevas tierras conquistadas por las denominadas enfermedades de contacto. Obviamente no se trató en absoluto de una guerra biológica deliberada pero tuvo consecuencias terroríficas para las poblaciones autóctonas y facilitó en gran medida la conquista de aquellas regiones. No obstante, basándose en aquellas experiencias sí que hubo acciones que las simulaban como la de 1766, cuando por orden del general Jeffrey Amherst el ejército británico envió un lote de mantas contaminadas con viruela a los indios durante la Guerra India o de Pontiac (jefe de la tribu de los Ottawa) para facilitar su victoria, originando una inmediata y devastadora epidemia entre los nativos. Igualmente, entre 1861 y 1865 durante la Guerra Civil norteamericana, los médicos del Ejército Sudista realizaron intentos de contaminación de uniformes del Ejército de la Unión con fiebre amarilla y viruela pero no tuvieron éxito.

