La Cueva de Achbinico: lugar esotérico y testigo de siglos de historia, por Julio Torres

En las colinas cercanas a la costa del municipio de Candelaria, en Tenerife, se abre una cavidad antigua cuyo valor va mucho más allá de su apariencia rocoso: la Cueva de Achbinico, conocida también como Cueva de San Blas. Desde hace siglos, este espacio ha sido escondite sacro, santuario y lugar de asentamiento para pobladores y fieles, reflejando una historia que mezcla cultura guanche, devoción cristiana y arqueología.
Según documentos históricos recogidos por expertos, los primeros habitantes de la isla —los guanches— utilizaban esta gruta como asentamiento estacional ligado a la ganadería, con restos como cerámica, industria lítica y restos alimenticios encontrados en excavaciones. Las capas de ceniza encontradas datan de más de tres mil años, indicando que la cueva mantuvo fuegos encendidos simultáneamente en su interior, en lo que algunos investigadores comparan con antiguos espacios rituales visibles desde el exterior.
La importancia social y religiosa del lugar se consolidó después de la llegada de los europeos: tras la conquista de Tenerife, los guanches adoptaron y reinterpretaron su uso, y fue aquí donde colocaron inicialmente la imagen de la Virgen de Candelaria, símbolo mayor de devoción en las Islas Canarias. Esta imagen fue posteriormente trasladada al templo que daría lugar a la Basílica de Candelaria.
Con el tiempo, la cueva fue dedicada también a San Blas, de quien se colocó una imagen en el interior alrededor del siglo XVI. Desde entonces y hasta hoy, el lugar conserva un fuerte elemento simbólico: es tanto testigo de cultos ancestrales como sitio vinculado a la devoción cristiana canaria.
Para muchos habitantes y visitantes, la Cueva de San Blas es más que una cavidad en roca: es un cruce de tradiciones, un punto donde convergen la memoria aborigen y los ritos religiosos que han moldeado parte de la identidad cultural de Tenerife durante siglos.
