Hoy empieza la Semana que llamaban las modistillas, «La Semana del Sueño». Por Julio Torres Santos

La Semana del Viernes de Dolores y el Domingo de Ramos era semana de no parar de ir a casa de la modista. Era una semana donde La Laguna lucia diferente… Aún perdura, resistiendo al transcurrir del tiempo, el recuerdo indeleble, inalterable de los escaparates que arreglaban algunos afamados comercios laguneros.
Los almacenes se adornaban de mantillas, de telas brocadas negras preciosas, colocando siempre algún retrato del Cristo lagunero. Y en las librerías se mostraban misales, rosarios e incluso peinetas de carey.
En las dulcerías de La Catedral se lucían en los escaparates, rosquetes, buñuelos, torrijas y, compartiendo el espacio, las volanderas con los actos y procesiones de la Semana Santa.
Y entre todo ese trajín de la semana previa estaban las modistas -que ejercían lo que hoy se ha dado en llamar economía sumergida, o sea, que cosían en sus casas por encargo-, en aquella época florecían por doquier.
Aquellas celebraciones abrían las puertas para crear y recrear la vista, se trabajaba sin descanso para vestirse y vestir a la clientela. Eran muchas las casas laguneras, en la que sus miembros estaban acostumbrados a oír, prácticamente día y noche, el traqueteo de las máquinas de coser.
Las maquinas no pararían, en muchos casos, hasta la mañana del Viernes Santo, todo un último esfuerzo de las modistas para poder acudir al sermón de “El Retiro”; con él terminaban los cultos de la Semana Santa.
En la noche del Viernes Santo, toda La Laguna se concentraba en La Catedral y, con toda La Laguna, principalmente el elemento costureril. Ésta era la única solemnidad que con tranquilidad podían gozar las costureras. Era mucho su trajín durante las semanas previas terminando los lujosos atavíos de sus clientes. No podían salir, prácticamente en todo el día, de su cuarto de la costura. Trabajaban hasta media noche afanosas y desveladas.
Pero al sermón de “El Retiro” sí podían acudir. Allá se iban, banca en mano, las costureras luciendo también sus mejores galas y dispuestas a partir corazones masculinos. ¡El sermón era tan largo, y la procesión de La Dolorosa por el interior del templo era también tan pausada, que había mucho tiempo para cruzar lentas miradas prometedoras! Según cuenta Nijota, «Muchos noviazgos salieron de este sermón».
