Fotos, coplas y poemas laguneros. Sueños en la biblioteca. Luis Álvarez Cruz (1904-1971)

Luis Álvarez Cruz dedicó el poema Sueños en la biblioteca al maravilloso Instituto de Canarias. No en vano el edificio del antiguo Convento de San Agustín posee el mejor claustro renacentista de Canarias. Su origen se remonta a principios del siglo XVI cuando el Adelantado, Alonso Fernández de Lugo, favoreció a la Orden Agustina en agradecimiento por haberle acompañado a la conquista y colonización de la isla.
Durante el siglo XVIII se funda en este edificio la primera universidad de Canarias, la Agustina, de efímera existencia. Ésta vuelve a él en 1821, como Universidad Literaria de San Fernando, compartiendo el edificio con los monjes hasta 1836 en que son exclaustrados. La Universidad continúa hasta 1845 en que, un Real Decreto la suprime y, en su lugar, se crea en 1846 por real orden de 21 de agosto, el Instituto de Segunda Enseñanza de Canarias.
Algunos de los antiguos alumnos que cursaron sus estudios en este centro o de los que han dependido de él han llegado a ser hombres y mujeres relevantes: escritores como Benito Pérez Galdós, Mª Rosa Alonso Rodríguez; Juan Bethencourt Alfonso; Blas Cabrera Felipe; Adolfo Cabrera Pinto; Agustín Cabrera Díaz; Francisco Bonnin; Ángel Romero; José Aguiar; Oscar Domínguez; Luis Rodríguez Figueroa; Juan Negrín, Luis Álvarez Cruz… Además, por él han pasado visitantes ilustres, españoles y extranjeros, entre los que destacan el Rey Alfonso XIII (1906) o los escritores Vicente Blasco Ibáñez y Miguel de Unamuno (1910), etc. Este instituto fue el único, del cual dependieron los demás centros de enseñanza privados de las Islas, hasta 1916 en que se fundó el de Las Palmas y en 1931 el de La Palma.
Sueños en la biblioteca
Biblioteca del Instituto.
Bajo la hora opalescente
s e va cuajando el agrio fruto
de mis sueños de adolescente.
El día glosa un absoluto
triunfo de luz evanescente;
pero el alma viste de luto.
¡Romanticismo penitente!
Estudiantes. Algarabía
de chicos. En la galería
suena una voz gue nos despierta:
«¡A la clase!»… Pero no vamos:
el buen Bécquer y yo charlamos
en la sala grave y desierta.
