Fotos, coplas y poemas laguneros. “A Buenaventura Bonnet y Reverón” (II). Manuel Verdugo Bartlett

 

Virgen de El Socorro con sus guanches… (Foto: Colección Carlos García)

Cuando los españoles, bajo la bandera de la Corona de Castilla, iniciaron la conquista de Canarias, las islas estaban habitadas por los guanches. Si bien este nombre sólo hacía referencia a los aborígenes de Tenerife, pronto se generalizó entre el resto de islas. Las investigaciones que se han realizado hasta la fecha indican que el origen del pueblo guanche se encuentra en las tribus bereberes que habitaban en el norte de África. Vivían en cuevas naturales y se dedicaban a la agricultura y a la ganadería, aunque no tenían conocimientos de navegación y se desarrollaron de manera diferente en cada isla.

Durante la conquista, la población tinerfeña estaba dividida en nueve reinos o menceyatos. Sus habitantes se opusieron firmemente a la invasión, pero finalmente cayeron en manos de los castellanos en el año 1496. Muchos supervivientes fueron destinados a la esclavitud y enviados a la Península Ibérica, mientras que los que quedaron en Tenerife asimilaron el modo de vida y la religión de los conquistadores. Buenaventura Bonnet y Reverón.

Una voz recia, dura,
con imperioso acento
dice un conjuro mágico…
Todo queda en tinieblas y en silencio.
De pronto, rumor leve
se inicia, poco a poco va creciendo
y al fin estalla en loca algarabía
de mil ruidos dispersos¡
es una extraña conjunción de sones
confusos, inconexos:
disparos de arcabuces
que multiplica el eco;
estertores de muerte;
voces de mando llenas de ardor bélico:
vibrantes alaridos de triunfo;
silbos de piedras y chocar de hierros:
el fragor de un combate encarnizado
que llegara hasta mí desde muy lejos…
Y aquella voz evocadora y recia
que resonó primero,
dominando el tumulto
grita este nombre histórico: Acentejo.
De súbito se apaga el vocerío;
cesa, de golpe, el belicoso estruende,
y en las densas tinieblas se dibuja
un triángulo de fuego
-emblema estilizado-;
cada vértice ostenta un nombre de estos:
Lugo, Tinguaro, Dácil…
Con vivo centelleo,
con rojos resplandores,
lucen los dos primeros;
Dácil brilla tranquila
como blanco, magnifico lucero
En el medroso ámbito,
la inquietadora voz vibra de nuevo
para decir: cPoeta que pretendes
en el mezquino vaso de tus versos
escanciar como vino generoso
la esencia de un gran pueblo:
Lugo, conquistador, personifica
con toda su grandeza y sus defectos,
esa raza española
a la que el Globo pareció pequefio.
Tinguaro, hermano del mencey Bencomo,
-hidalguía, denuedo,
ímpetu y fortalezaes
de la raza guanche fiel espejo.
Y Dácil, fresca rosa,
linda princesa rústica de un cuento,
entre aquellas dos razas
es la unión, es el nexo … »
Calla la ruda voz; se desvanece
poco a poco el triángulo de fuego,
y como quien despierta bruscamente,
en el mundo real me hallo de nuevo.
Mas las sombras de Lugo, de Tinguaro
y Dácil, obsesionan mi cerebro;
con la imaginación-materia plásticatroqueles
ha formado el pensamiento …
He aqui de qué manera,
por qué sencillo medio,
a vuestra vista expongo
tres medallas…de cobre, tres sonetos.

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