Fotos, coplas y poemas a las fiestas de otoño (XXXI)

Los sonetos y otros poemas de Felipe Baeza reflejan dominio de formas, estructuras, contenidos y de las tradiciones poéticas líricas en lengua española con especial detenimiento en el Barroco (uno de los lenguajes más complejos y oscuros, como el propio XVII). Así lo reconocieron las revistas ‘Poesía española’ (1958 /1959), del Ateneo de Madrid; ‘Gánigo’ (dirigía Emeterio Gutiérrez Albelo), Tenerife; ‘Punta Europa’, Madrid (al frente, el aruquense Vicente Marrero), que publican algunos poemas baecianos. Y tres dibujos suyos ilustran la Revista de Poesía Piedra del Molino (número 19, otoño 2013), editada en Arcos de la Frontera.
El aquel Colegio Mayor de la calle Viana 1957, La Provincia-Diario de Las Palmas. Por José Manuel González Torga
(…) En el Colegio Mayor San Agustín pudimos mantener coloquios con dos futuros Premios Nobel de Literatura: Vicente Aleixandre, antiguo profesor de Derecho Mercantil y poeta de apacibles modales; así como Camilo José Cela, por entonces barbado y ya epatante, si bien proclive a concertar sus tres primeros millones de pesetas por la novela La Catira, un encargo del Gobierno venezolano del general Marcos Jiménez aunque «a posteriori» no les gustara el cuadro tremendista; esto interrumpió la continuidad, programada como Historias de Venezuela.
Entre nosotros ya descollaban dos poetas de Las Palmas: Felipe Baeza Betancort y Arturo Maccanti. Baeza había de sumar un rol de protagonismo político, como Diego Cambreleng Roca, Augusto Hidalgo Champsaur o el palmero Antonio Sanjuán Hernández, por supuesto en partidos bien diferenciados.
Ventura Ramírez era un campeón internacional de natación. Pepe de la Coba Betancor dedicaba muchos afanes a iniciativas culturales, personales o colectivas; no se me ha olvidado una conferencia que pronunció en el cine Cervantes de Telde, la ciudad donde vivíamos fuera del curso, al igual que el gran amigo Galileo Monzón Mayor. Las idas y venidas entre Las Palmas y Tenerife solíamos hacerlas en barco, con travesías nocturnas en cubierta, por lo barato.
La calle de Viana, en La Laguna
Así cayó la noche por mi calle,
igual que una violeta que desciende.
Mi calle era un silencio en los tejados
y niños que cantaban en la tarde.
Había una tristeza en las aceras
y algún doblar campanas a las nueve,
ventanas clausuradas desde siempre
y aquel lejano aroma de glicinas.
Mi calle eran muchachas para misa,
y el viento alrededor de las esquinas;
la lluvia en los cristales cuando octubre
colgaba su penumbra en los aleros.
Hay pájaros antiguos como sombras
de cuando por mi calle estaba invierno;
mañanas con olor a pan reciente,
que a veces era un cielo con palomas.
A veces era el alma más despacio si noches,
derramando plenilunios,
manchaban infinitos con estrellas.
Y siempre esta tristeza color malva.
Qué lenta la caída de la tarde
soñando por las tapias del convento.
Dejadme con mi calle y sus recuerdos,
que aún conservan musgo entre las piedras.
Vieja calle de Viana, con baldosas
pulidas por la lluvia y el silencio,
o un aire que llegaba desde el campo
trayendo primaveras de amapolas.
Recuerdo tardes últimas con luna,
y noches, cuando agosto, tan estrellas.
Decidme si mi calle no es el llanto
del viento de noviembre azul nocturno.
Mi calle era aquel sol de los domingos,
que todo lo llenaba de campanas;
las tardes de verano y su blancura
o aquel letargo inmenso en las paredes.
Decidme si mi calle es un camino
desierto hacia el silencio y hacia nunca;
decid si quedan niños olvidados
al borde de una tarde que se acaba.
Decidme si habéis visto por mi calle
cruzar una muchacha con sonrisa,
y volvedme a contar aquella historia,
que luego fue la música del viento.
Felipe Baeza Betancort
