Es tiempo de Navidad: Memoria de las tradiciones y costumbres laguneras (I). Por Julio Torres Santos

Vendedoras de pasteles laguneros. (Fotos recreadas por Julio Torres Santos).

Los pasteles laguneros: Una tradición centenaria

La Iglesia católica establece que la Navidad se extiende desde el atardecer del 24 de diciembre hasta el 6 de enero; pero el tiempo en La Laguna tiene su propia cadencia. Para las laguneras y los laguneros el periodo navideño se iniciaba –y se inicia– el 8 de diciembre, festividad de la Inmaculada Concepción. Ese era el día señalado para que las pasteleras comenzaran su recorrido por las calles laguneras, con sus ajados balayos a la cabeza y su farolillo de tenue luz, siempre agonizante, voceando: «¡Qué pasteles calentitos, qué pasteles!». La competencia entre ellas era feroz, por lo que tras este anuncio gritaban: «¡Soy la primera y llego ahora!».

Resulta imposible establecer el tiempo en que empezaron a elaborarse los pasteles. Se sabe que estos centenarios postres se elaboraban exclusivamente en La Laguna y que tuvieron su mayor auge entorno a 1895. Había entonces en La Laguna tres pastelerías: una en la calle San Agustín, «de doña María Gracia»; otra en la calle de San Antonio, «la de Panchito»; y otra en la calle Empedrada –actualmente, Marqués de Celada–, perteneciente a la familia Guerra Molina. Cada una de ellas producía en cada jornada unos cientos de pasteles, merced al laborioso trabajo de sus propietarias y propietarios, así como de, al menos, seis operarios.

Elaboración de pasteles laguneros. (Fotos recreadas por Julio Torres Santos).

Con el paso del tiempo, estas pequeñas industrias familiares proliferaron en la Villa de Arriba, hasta que la aparición de producciones más industrializadas hizo que perdieran su carácter estrictamente artesanal. Fueron sus últimos exponentes: don José Expósito Rodríguez –que al parecer aprendió de doña María Gracia– y la familia apodada «Francisquita». La pastelería de esta familia, que también estuvo en la calle Empedrada, fue quizá la más célebre en La Laguna. A su puerta se formaban interminables colas y, si una hornada se acababa, se esperaba a la siguiente. Y es que la espera era amenizada por las malagueñas del único hombre que trabajaba en la pastelería, apodado con el genérico familiar de «Francisquita», y que al parecer era un gran tenor.

También te podría gustar...