El Pregón a tres voces de las Fiestas de Bajamar en honor del Gran Poder de Dios 2017 (y III). Por Carmen Toral

Bajamareros y gentes de aquí y de allá, muy buenas tardes a todos.

Como han dicho anteriormente mis colegas este año la comisión de Fiestas del Gran Poder de Dios, nos ha distinguido con el honor de que seamos nosotros quienes presentemos el pregón de 2017. Tanto Carlos García como Carmen González, han hecho una semblanza ejemplar de Bajamar, de sus habitantes y de sus fiestas. Ahora me corresponde a mí finalizar el acto.

Yo les hablaré de teatro, porque Bajamar tiene la inmensa suerte de tener, ante sus ojos, el más grandioso, el más colosal y el más extraordinario teatro del mundo.

El Océano Atlántico.

Un escenario en el que cada segundo cambia de decorado. Un espectáculo con millones de protagonistas que, aunque no siempre se ven, sí se escuchan, sí se huelen y sí notamos sus caricias en nuestro cuerpo. El océano nos deleita también con extras como las gaviotas. Ellas, en su camino hacia La Punta, picotean entre el cielo y las olas y con sus graznidos nos desvelan que, en un par de días, habrá viento en Bajamar. Matilde Méndez, la madre del Sheriff, me sentó un día sobre sus rodillas, creo que yo no tendría más de 4 o 5 años y me dijo: Yo no sé por qué razón las gaviotas, depende de adonde vayan, nos avisan del viento, pero tú obsérvalas y verás que es cierto. Hoy, que por primera vez hablo ante un micrófono en Bajamar, reconozco públicamente que Matilde tenía razón.
Pero… volvamos al mar.

Unas veces sus intérpretes salen a escena y se nos muestran en forma de espuma. Su color es tan blanco como el velo de una recién casada que oculta su timidez. Y aunque la ola está deseando el contacto con la arena, se aleja vergonzosa de nuevo en busca de las profundidades del hogar materno. Al momento regresa seductora y fiel rozando de nuevo esas mínimas partículas de manera tan imperceptible, tan suave, como los roces en el primer amor.
Las olas, en ocasiones, y dependiendo de las mareas, también se convierten en una explosión de fogosidad, de pasión, como si tuvieran la necesidad vital de empapar los cauces secos de las rocas. Entran, con insolencia en las oquedades de los charcos y cubren, sin ningún recato, a cangrejos y burgados, a lapas y almejas.

Pero llega un día en que el mar, de pronto, se enfurece, porque desde los abismos del océano borbotones de agua se agitan con furia. En ese momento las olas dejan de transmitir murmullos para lanzar bramidos. Y aquellas tímidas, que lamían dubitativas la arena de la playa, obedecen enfurecidas y se convierten en un batallón de soldados aleccionados por un invisible mando desde la retaguardia. Las olas, sabiéndose victoriosas, se lanzan una y otra vez contra la costa mostrando su poder y empequeñeciendo a los hombres ante su fortaleza.

Y si hablamos de fortaleza, Bajamar tuvo una vez un Castillo. No, no servía para librarles de la mala mar. El Castillo les protegía de quienes atacaban el litoral de la isla. Más que un Castillo era una Batería de Costa y fue construida en Enero de 1771 por el ingeniero militar Joseph Ruiz. Dicha edificación constaba de una batería baja y otra alta.

Según don Emilio Abad Ripoll, en el siglo XVIII la isla de Tenerife se defendía, de piratas e invasores con 7 Castillos. En Santa Cruz estaban El de Paso Alto que se encuentra entre el Club militar de Paso Alto y la Escuela Náutica. El de San Cristóbal que estaba situado en lo que es actualmente La Plaza de España. Y el Castillo Negro, también llamado Castillo de San Juan Bautista y está ubicado en la Caleta de los Negros, justo detrás del Auditorio Adán Martín. El Castillo de San Joaquín, en La Laguna, se encuentra muy cerca del mirador de Vistabella. Fue construido en 1586 como una batería para defender la ciudad de Los Adelantados. En 1780 fue reconstruido como Castillo. Es el único que pertenece a una propiedad privada y se asienta sobre una parcela de 4.400 metros2. Y tiene 1.550 metros2 construidos. El Castillo está en buen estado de conservación y se encuentra actualmente en venta, en un portal de internet, con un precio de 3.600.000 euros. En Candelaria estaba el ya desaparecido Castillo de San Pedro, construido al lado de la cueva de San Blas. El de San Felipe en El Puerto de la Cruz, está situado en la desembocadura del barranco de San Felipe, convertido, hoy en día, en un centro municipal dedicado a conciertos musicales y exposiciones artísticas. Y, por último, el de San Miguel en Garachico que estaba ubicado junto a las piscinas del Caletón, fue el único superviviente a la erupción del volcán Arenas Negras en 1706, sin embargo sucumbió, al poder de las aguas, en el aluvión de noviembre de 1826. La Isla tenía también 38 Baterías de Costa, entre las que se encuentra documentada la edificación de Bajamar.

Se sabe el mes y el año en que se construyó, pero nadie da una cifra exacta de cuándo y porqué fue destruida. Ni siquiera a través del Museo Militar de Almeyda, en Santa Cruz encontré ningún dato. Así que he llegado a una hipótesis.

Del martes 7 al jueves 9 de noviembre de 1826 hubo en la isla de Tenerife la mayor catástrofe que se recuerda. De la magnitud y de la devastación que dejó a su paso, dan cumplida información los párrocos de las distintas iglesias, por la cantidad de cadáveres a los que hubo que dar sepultura.

Sabino Berthelot, antropólogo y naturalista francés, también hace mención, en alguno de sus trabajos, de aquellas terribles jornadas de las que fue testigo directo. Estudiosos del aluvión o también llamada tormenta de San Florencio, comentan que los vientos huracanados superaron con creces a los de la tormenta Delta. Las intensas lluvias hicieron ensanchar los barrancos, de tal manera que el de Güímar llegó a tener un ancho de 1400 metros. En esa misma noche aparecieron doce barrancos nuevos en el Valle de La Orotava. El barranco que baja por la Montaña del Fraile pasó de tener de 49 metros de ancho a 413 metros. En San Juan de la Rambla, lo que era una barranquera con su puente de madera de 5 metros de ancho, se transformó en un barranco de 50 metros de ancho y 42 metros de profundidad. El lago de La Laguna recuperó sus antiguos límites. El Castillo de San Miguel en Garachico fue empujado hacia el mar con toda su batería.

El paso de las aguas por Candelaria se llevó la talla original de la Virgen de Candelaria perdiéndose para siempre en el océano.

Se destruyeron barcos, además de castillos, baterías de costa, ermitas, molinos, puentes, infinidad de árboles, cabezas de ganado, y lo que es peor, lo más trágico, es que se estima que centenares de personas perdieron la vida. En las parroquias de Tegueste y de Tejina no consta que murieran vecinos aquellas dos noches de temporal, pero me imagino cómo bajaría de agua, de troncos, piedras y lodo el barranco de San Juan. Por todos estos datos me atrevo a opinar que esa noche el Castillo de Bajamar tuvo, al menos, que sufrir grandes desperfectos.

Pero volvamos al mar y a las olas en Bajamar.

El día que el mar se enfurece y las olas golpean el dique, esparciendo un inmenso abanico de espuma blanca, un público enfervorizado, ante la grandiosidad del espectáculo, se agolpa en la Baranda, y en la Avenida del Sol. Muchos vienen de Santa Cruz o de La Laguna. La televisión canaria hace el despliegue de medios necesarios para mostrar, al mundo, la naturaleza en estado puro. Curiosos, con sus teléfonos móviles, tratan de inmortalizar la mejor instantánea de la representación. A través de las redes sociales, se mandan whassap con las fotos o videos de esa explosión de poderío del océano.

Afortunadamente las obras que se han hecho en Bajamar, permiten ver el espectáculo del mar embravecido con total seguridad, siguiendo siempre, por parte de las personas, unas mínimas normas de conducta de protección.

Las piscinas de nuestro pueblo también garantizan la seguridad de los bañistas. La primera fue construida en 1932. Varias señoras laguneras, vendiendo rifas, y haciendo bailes lograron recaudar 500 pesetas entre las señoras del pueblo y los primeros veraneantes. Ésta cantidad sirvió para hacer un cerramiento con muros delimitando así el perímetro de esta primera piscina. El baño es uno de los grandes encantos de Bajamar, por esa razón, desde el principio, fue considerado como un lugar de veraneo familiar. En Bajamar cambiamos el Balconing, por una caminata hasta La Punta, Aquí no hay turismo de borrachera, Bajamar tiene vino o cerveza y unas lapas para matar el gusanillo. El agua en Bajamar espabila nada más entrar en ella, no es tibia como la de otros mares, y además nos sirve para arrugar las papas y en la noche de San Juan las usamos para mojar las piñas. Y hablando de noche…

Cuando el sol empieza a dar señales de cansancio y se acerca despacio al horizonte, el mar se suaviza. Es como si la naturaleza le susurrara una nana para lograr que se vaya adormeciendo. Él es el encargado de bajar, cada atardecer, el telón del teatro. Como despedida, el sol, nos regala una disparidad de tonalidades que ningún pintor ha sabido copiar con exactitud. El día da paso a la noche, se apagan las luces del mar. En ese momento los sentimientos del ser humano están a flor de piel. Y el amor revolotea, amor con metáforas, que nos ha llegado tantas veces a través de melodías que nos hablan del mar.

Pedro Guerra, escribió una canción que nos canta Joaquín Sabina. La primera estrofa dice así: Ella le pidió que la llevara al fin del mundo, él puso a su nombre todas las olas del mar.

Rafael de León y Manuel Quiroga compusieron en el año 1941 la copla llamada Te lo juro yo. Canción que ha sido interpretada desde Lola Flores, Miguel de Molina, Pedro Guerra, hasta el tenor Placido Domingo la ha cantado. El estribillo dice: Por ti contaría la arena del mar, por ti yo sería capaz de matar, y que si te miento me castigue Dios, eso con las manos sobre el evangelio te lo juro yo.

Pero hay un solo día al año, uno solo, en que los bajamareros no dejan que el sol cierre el teatro del océano, y es en el mes de agosto. No hay un día fijo en el calendario pero todos sabemos que es el primer sábado después del día 15. Esa noche el Gran Poder de Dios saldrá en procesión para celebrar sus fiestas. El fervor de un pueblo por su patrón se ve en los rostros de los bajamareros y en los que nos sentimos bajamareros por elección. La Baranda espera al Gran Poder y a los cientos de fieles que le acompañamos en su trayecto. Y entonces el espectáculo de los fuegos acuáticos da comienzo. Miles de ojos lo contemplan sin parpadear. Todos los corazones laten al unísono. Durante el tiempo que dura la representación, mujeres y hombres, tierra y mar rinden un homenaje al Gran Poder de Dios.
¡¡¡¡Bajamareros muchas gracias por acompañarnos durante el pregón!!!!

Felices fiestas 2017 para todos.

Carmen Toral

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