El Cristo de La Laguna, la Plaza y las fiestas (y VIII)

Calle Tabáres de Cala con San Agustín, La Laguna Fiestas del Cristo 1902. En Portada plaza del Cristo finales siglo XIX.
Volviendo a los “Fuegos de la Torre”, la prensa recoge que, en 1902, por primera vez, “llegada que sea a la pintoresca plaza de la Concepción, la sagrada Efigie entrará en la parroquia del mismo nombre, la que estará profusamente iluminada y exornada con esplendor. En ella descansará el Sto. Cristo” . Se aseguraba que la decoración de las calles los Álamos y San Agustín sería “distinta” a la de anteriores años, que en la iluminación de la plaza de San Francisco se introducirían reformas de gran importancia – se había recibido un “variadísimo surtido de farolillos” procedente de Barcelona… Y, lo relevante para nuestro relato: La “empresa del tranvía” cedería la energía suficiente para instalar el alumbrado eléctrico en la plaza de la Concepción, prometiendo la Comisión organizadora instalar “un considerable número de lamparillas”. Además, se anunciaban “grandes preparativos” en la iglesia de Nuestra Señora de la Concepción, “para el descanso que en ella ha de hacer la Venerada Efigie”. Entre ellos se destacaba que, “por iniciativa del entusiasta joven don Luis Marrero, se colocará un artístico templete en la nave principal de dicha iglesia, que estará iluminada con lamparillas de luz eléctrica” .
Llegó el gran día. Lucían las calles de La Laguna adornadas “con mástiles, arcos y banderolas”, y concurridas “por todos sitios”. Los “forasteros” afluían en dirección a la plaza de San Francisco, “unos para visitar la iglesia donde se venera la imagen del Cristo, otros para entrar desde luego en fiesta cantando una isa, bailando malagueñas y folias o solazándose muy sencillamente en un ventorrillo, ante un plato de adobo y unas copas de vino”. Los tranvías llegaban “totalmente repletos” .
A las 5 de la tarde salió la procesión del Santísimo Cristo, “acompañado de una inmensa muchedumbre que no pudiendo transitar por la misma calle que marchaba la procesión, invadía las adyacentes para verla pasar desde las esquinas y plazas”. Después de recorrer las calles del Pino, Nava-Grimón y Carrera…
…entró la procesión en la antigua iglesia de la Concepción, que estaba profusamente iluminada con luz eléctrica y multitud de bujías; y llena de gente hasta tal punto que era imposible la entrada cuando el canónigo don Silverio Alonso del Castillo ocupó la sagrada cátedra.
Y al salir del templo matriz de la Isla la venerada imagen del Santísimo Cristo de La Laguna…
…se quemaron en la torre, que lucía una bonita iluminación, fuegos artificiales, empezando allí el derroche que de ellos se hizo aquella noche, pues durante el tránsito de la procesión por las calles de San Agustín y Tabares de Cala, las bengalas y demás fuegos de artificio se sucedían sin descanso, teniendo constantemente iluminado al Negrito…
Llegó el Señor a una plaza de San Francisco completamente iluminada con “multitud de farolillos” y “cubierta de una muchedumbre para quien la gran plaza era ya pequeña”. Y al descansar en el templete, obra del que fuera arquitecto municipal (1863-1872), José Felipe de la Rosa …
…Todo el rumor que antes se oía se acalló por un momento; las guitarras no dejaban oír una sola nota; los hombres se quitaban los sombreros, mientras las mujeres rezaban o llamaban en alta voz por su Negrito; todos, en fin, daban pruebas de la emoción que les embargaba (…) Y como si se reprodujera la escena que mil ochocientos sesenta y nueve años hace tuvo lugar en el Calvario, en medio del silencio oyéronse truenos y de los lados del pabellón se elevaron cuatro inmensas nubes de fuego formadas por cohetes; las bengalas llenaron el espacio de humo matizado de diversos colores; el templete parecía cercado de una doble cadena de fuego y en el fondo, a través del humo dibujábase la silueta del Redentor clavado en la cruz .
Y es que, cada año, cuando llega septiembre, laguneros y visitantes vivimos una vez más el imponente y espectacular acto de la Entrada del Cristo. Extasiados y expectantes –siempre se espera que se supere la cita anterior- asistimos a ese alarde de pericia y creatividad que caracteriza la tradicional quema de fuegos artificiales. Pero siempre añoramos, indelebles en nuestra memoria, los tristemente desaparecidos “Fuegos de la Torre”, un espectáculo con una tramoya inigualable, en honor del Señor de La Laguna, cuando visita a los vecinos de la parroquia matriz de la Isla.
Después nos esperan ventorrillos de ruidosos calderos y penetrante olor a carnes en adobo, en una plaza que antes ocupaban, como nos recuerda Arocha y Gillama, las mesillas de la ruleta, los tableros con navajas clavadas esperando que alguien acierte a coger alguna con una argolla, cervecerías para refrescarse, barquilleros, anchas cestas de garbanzos tostados…Esa plaza que tan nítidamente retrató Rafael Hardisson Pizarroso, bajo el seudónimo de Amaro Lefranc , pocos años después, cuando habla de lo “profusamente embanderada e iluminada que estaba la Plaza”; de las ruletas “de olla tapada y garbanzo saltarín”; de los turrones; los puestos de refrescos; las papeletas de las rifas; las cédulas del bazar benéfico “atendido por damas caritativas”; de las “viejas frescas, cherne salado, papas arrugadas, conejo en salmorejo, perdices embarradas, carne de cerdo en adobo (todo ello abundantemente regado con buenos “púlpitos” de vino del país)”…y, por supuesto, “de las fantástica policromía centelleante que en el intenso azabache nocturno trazaban cohetes, bengalas y fuegos artificiales, durante la Entrada”. Es entonces cuando…
Mira Juana, que al templete va acercándose el Señor. Cuidado no te chamusque las greñas un volador…
