El Cristo de La Laguna, la Plaza, fiestas y tradiciones (III). Por Julio Torres Santos

Toros por las Fiestas del Cristo (III)
El coso lagunero, la primera plaza de toros de Canarias
Con ocasión de los regocijos dedicados a festejar la salud del rey Fernando en agosto de 1515, el Cabildo mandó a “hacer procesión”, barrer y regar las calles echando “ramos e juncia e olores” para su mayor solemnidad, así como “correr toros en la plaza real (…) de San Miguel”. Ocurrió prácticamente lo mismo en junio del año siguiente, en los festejos de proclamación de Carlos V. Entre estos antecedentes de las corridas de toros en La Laguna, imprescindible mencionar las que tenían lugar con motivo de las fiestas en honor de San Juan Bautista, de las que fueron muy típicas. Habitualmente se “garrochaba” un número de toros diverso, oscilando entre los seis de 1532, y los dos de 1541, 1542 y 1550. Estos festejos con toros del siglo XVI tenían lugar en recintos provisionales, construidos al efecto con vallas o talanqueras, formadas por troncos de pinos jóvenes previamente desbastados .
La primera plaza permanente de toros de La Laguna tendrá un impacto considerable no solo en las fiestas del Cristo, con las que se hizo coincidir su inauguración, a imagen de las ferias taurinas de otras ciudades, que se acomodan a sus fiestas mayores: san Isidro en Madrid, El Pilar en Zaragoza, san Fermín en Pamplona, las colombinas de Huelva… También directa e indirectamente en la economía de la Ciudad, de la que, como veremos, será un potente motor.
La construcción de la plaza de toros de La Laguna llama pronto la atención de la prensa, de manera que si hasta 1890 las fiestas del Cristo ocupaban alguna columna, que se limitaba a recordar su celebración los días previos, en 1891 los tabloides empiezan a ocuparse de éstas desde el mes de mayo, informando de que “es cosa decidida” la realización del proyecto de dar dos corridas de toros en La Laguna, coincidiendo con las fiestas del mes de septiembre. Anuncian que “una persona comisionada” se desplazará a la Península “para contratar la cuadrilla” y “comprar los bichos”. Incuso prevén un aforo para 8.000 personas.
Ya en abril de1891 conocemos el progreso de las obras, para las que ya se ha comenzado a hacer acopio de materiales, y que ya pasan de cincuenta los palcos comprometidos para las dos corridas.
Y la emoción va creciendo, encargándose la prensa de aumentar la expectación de tal manera que en el mes de abril, de los 150 palcos que ocuparán la parte superior del circo, solo quedan dos u ocho a disposición del público.

Ubicación de la plaza de toros frenet a la ermita de San Juan.
A mediados de julio se aseguraba que “aunque todavía no está acabado el edificio, y aunque las fiestas no serán sino de aquí a dos meses”, ya estaban comprometidos todos los palcos, si bien quedaban locales en la grada de preferencia, que “se podrán guardar para las personas que los pidan con anticipación”. Por entonces la prensa ya auguraba “feliz éxito” a Gaspar Darmanin, afirmando que “todo el que pueda, irá ¡a los toros! como dicen en la tierra de María Santísima”.
Porque, como ocurrió con la gran mayoría de plazas de toros peninsulares, la de La Laguna obedeció a la iniciativa privada -con el añadido de ser una única persona, no una sociedad privada-, en concreto del Esclavo Mayor en 1891, Gaspar Darmanin, como se ha señalado.
En abril de 1891 Darmanin aseguraba que, aunque aún no se habían fijado, los precios serían módicos, ya que estaba dispuesto a “ponerlos tan bajos como se lo permitan los grandes desembolsos que tiene que hacer”. Con todo, en las dos corridas que se anuncian para las fiestas del Cristo, habrá toros de ganaderías acreditadas y toreros de fama. Además, Darmanin tenía preparados “otros varios espectáculos” para asegurar la afluencia y la diversión, entre los cuales figuraba uno “acerca del cual guarda secreto el empresario”, aunque aseveraba que “habrá de agradar”.
La plaza de toros de La Laguna se construyó en una extensísima huerta propiedad de Gaspar Darmanin al final de la calle San Juan. Fue una edificación sólida, “a juzgar por los planos y la pericia de los encargados de dirigir la obra”, fabricada a base de madera de riga encargada en Estados Unidos, elegante y espaciosa.
Como suele ocurrir en las plazas de toros, la de La Laguna tuvo forma de un polígono de sesenta lados, abarcando un diámetro de 84 metros y con un diámetro o “campo del toro” de 54 metros .
Contó con cimientos de 1’50, de mampostería “de ocho en ocho”. Sobre ellos descansaban dobles balcones de 21 pulgadas. Sobre los balcones se levantaban los tendidos y los palcos, “cuya seguridad es tal, que a pesar del arranque que tienen las maderas, no habrá la menor oscilación”.
La distribución interior fue “igual a la de Sevilla o Cádiz”, destacando por la buena distribución de las numerosas escaleras, lo espacioso de los palcos, y la solidez y elegancia del conjunto. La elevación de la plaza fue de 7’50 metros, divisándose desde la parte alta en todas direcciones “un panorama verdaderamente delicioso”. Para el ingreso en la plaza, se abrieron dos puertas que daban a dos calles, lo que suponía que podría ser desalojada en breve tiempo, ordenadamente y con comodidad.

El coso lagunero –como en ocasiones se refirió en la prensa- contó con 120 palcos, cada uno de ellos para ocho personas; también con una “espaciosa y cómoda” grada de preferencia, y de catorce gradas “que podían contener de siete a ocho mil personas”. Los entendidos celebraban la comodidad de las distintas localidades, así como la buena distribución de los corrales, callejones, chiqueros, etc.
En lo relativo al aforo, es preciso aclarar que algunos medios hablan de que “cabrán holgadamente” 10.000 personas, mientras que otros limitan su aforo entre 8.500 – 8.000 espectadores. Sabemos que para las primeras corridas de septiembre de 1891 ya se habían agotado los palcos en abril y “comprendiendo el Sr. Darmanin (…) que muchísimas señoras de ésta y de las demás ciudades de la provincia van a quedarse sin palco”, añadió “unas vistosas gradas que nada dejarán que desear en cuanto a la comodidad y al aspecto, condiciones que han de reunir estas localidades destinadas al bello sexo”. Puede ser que la disparidad de cifras en cuanto al aforo obedezca a este añadido. De cualquier manera, un interesante dato para establecer comparaciones: en 1899 la población de La Laguna era de 13.074 personas.
En un principio se encargó el proyecto a Cabrera Topham, elegido por “su gusto e inteligencia”, quien inició los trabajos el primero de junio, de manera que ya el día 18 comenzaron a elevarse los primeros maderos que debían servir de columnas o sostén. Pero éste carecía de titulación, por lo que Darmanin confió entonces planos y dirección de obra al ingeniero Eugenio Suarez Galván, perito “de reconocido talento”. Quedó inútil lo ya obrado y bastante material. Las obras comenzaron de nuevo el 26 de junio, con un proyecto más vasto, que duplicó los “cuantiosos dispendios” de la “empresa tan arriesgada de Darmanin” y con tiempo que parecía insuficiente.
Se acudió sin éxito a los pueblos de la Isla en demanda de carpinteros, a pesar de lo cual, la plaza estaba construida, al menos, el 29 de agosto. Así que, “a los que visiten el espacioso edificio, les parecerá mentira que en un lapso de tiempo tan breve, se haya terminado el colosal trabajo”.
Ciertamente parece imposible que 133 personas realizaran tamaña obra en escasos dos meses. Fueron 41 carpinteros y mamposteros, incluyendo los oficiales, y 91 peones, incluyendo los voluntarios, de La Laguna. La hazaña se comparó con la construcción del gran Hotel de Barcelona en 52 días, y fueron muchos los halagos a Darmanin…
La ciudad de La Laguna, que ya de antiguo viene poseyendo el secreto de llamar la atención con sus originales y suntuosas fiestas, y que parece la llamada a ser siempre la que primero establece en la provincia lo que constituye verdadera novedad, debe estar, y lo está de veras, agradecida al distinguido patricio D. Gaspar Darmanin por su afán en el engrandecimiento de su pueblo, aun a costa de grandes sacrificios, exponiendo capitales que en este país son de verdadera cuantía.
Así de tajante y seguro se mostró Gaspar Darmanin al referirse a la nueva plaza de toros lagunera…
Creo inútil decir nada de la plaza, sino que no he perdonado gasto para su construcción. Todo el que quiera, puede venir a verla y tengo interés en que así lo hagan.
Aunque hasta ahora se ha afirmado que la plaza de toros estuvo ubicada entre la calle San Juan y la actual avenida de La Trinidad, en la imagen del desplegable se observa claramente la plaza de toros entre las calles San Juan y la actual Núñez de la Peña, en paralelo a la ermita, dando acceso a la misma las que posteriormente serían las actuales calles El Peso y El Ciprés. También se aprecia perfectamente que en la ubicación que se ha dado hasta ahora para la plaza de toros solo hay terrenos de labranza. Muestra la imagen asimismo que recorre la calle San Juan, desde aproximadamente lo que es en la actualidad la calle Baltasar Núñez, un muro o pared debidamente encalada y con un amplio portalón a la altura de donde comienza la edificación de la plaza de toros. Sin duda son los muros de la propiedad de Gaspar Darmanin Contreras. Tomó la foto J. H. T. Ellerbeck en 1892.
De esta ubicación destaca la prensa que está “en sitio céntrico y adecuado”, así como que sea al “extremo de la calle San Juan”, pues es “calle que divide la ciudad en dos partes casi iguales, y
sitio que al mismo tiempo puede considerarse como extremo y aislado, cual es conveniente para locales de esta índole”.
En julio de 1891, se publicó el precio de las localidades de la plaza de toros de La Laguna, que aún estaba en construcción, para “las dos corridas de septiembre”. La venta de billetes comenzó el 10 de agosto, terminando el 25.
Desde el 10 de agosto hasta el 9 de septiembre se abrió el periodo de abonos para todas las localidades de la plaza, incluso para los palcos, “que al efecto han sido reservados para las dos corridas de septiembre”. También se vendieron en el despacho de la plaza, al precio de una peseta, “billetes personales” para los aficionados que quisieran presenciar, desde el corredor alto de la plaza de toros, el encierro de los bichos en los corrales a su llegada de la Península, o examinar “sus inmejorables condiciones de gordura y buen trapío” en los días sucesivos.
El 19 de agosto de 1891, la plaza estaba terminada, pues la noche de ese sábado, el ingeniero encargado de su construcción, Eugenio Suárez Galván, fue obsequiado con una serenata, “por su obra, ya por completo terminada”. Y el domingo por la tarde, Gaspar Darmanin, agradeciendo el gran esfuerzo, ofreció en la misma plaza una cena a todos los trabajadores que habían tomado parte en su construcción.
La plaza de toros también acogió veladas de lucha canaria, como la del 29 de septiembre de 1891, con motivo de las fiestas de san Miguel…
A las dos, comenzará en la gran plaza de toros la lucha al estilo del país, en la que tomarán parte afamados luchadores.
También, paseos con música los domingos de agosto de 1892, de 4 a 6 de la tarde.
Se describió la plaza lagunera como un espacio tan sólido como elegante. Una plaza que, por sus dimensiones, solidez y agradable aspecto llama la atención de cuantos la visitan, y admiran que en tan poco tiempo haya podido hacerse. Una muy capaz plaza que…
…bien puede figurar al lado de muchas que en poblaciones de gran valía han sido teatro de la serenidad y pericia consumadas de los Lagartijo y Frascuelo”.
Una obra que, a decir de algunos, logró que La Laguna “hoy parece despertar del ya duradero y profundo letargo que tantos perjuicios ha ocasionado a sus intereses y necesaria prosperidad”.
