De camino a la Navidad: homenaje a los belenistas laguneros. Por Julio Torres Santos

Reparto de premios del concurso de belenes del año 1968 en el Ateneo de La Laguna. Recoge el primer premio Agustín Santana (una orfeonista y lagunero de pro), de la mano de don Juan Hernández, otro entusiasta lagunero. Algunas personas se han creído en la actualidad que son los inventores de los concursos de belenes. 

Hay un momento del año en que el corazón de La Laguna se detiene, aunque solo sea un instante, para recordar que los belenes no se hacen solos. Que detrás de cada paisaje de corcho, de cada pastor de barro y cada cueva iluminada, hay manos que conocen el oficio, ojos que han aprendido a mirar con memoria y cariño, y almas que se han empeñado en mantener viva la tradición. Ese momento es el de los belenistas laguneros.

Ellos son los guardianes de la historia. Los que saben que el picón no es solo arena, que el musgo no es solo decoración, y que la ubicación de cada figura importa, porque cada detalle habla de nosotros, de nuestra isla, de nuestra ciudad. En talleres diminutos, en casas que parecen santuarios, dedican horas, días y meses a perfeccionar un arte que es humilde y a la vez inmenso: reproducir la vida en miniatura.

Los belenistas laguneros no trabajan solos. Heredan secretos de quienes los precedieron, y los transmiten a quienes vienen detrás. Cada nueva figura, cada camino de arena, cada molino de papel es un testimonio silencioso de que la memoria y la creatividad caminan juntas. La ciudad entera parece reflejarse en sus belenes: sus calles, sus plazas, sus gentes y su historia.

Y cuando llega diciembre, cuando las casas y los talleres se llenan del aroma del musgo, del corcho y de la pintura fresca, ellos sienten que todo el esfuerzo cobra sentido. Colocar cada cueva, cada río, cada estrella en su sitio es un acto de amor profundo. No solo hacia la tradición, sino hacia la comunidad que cada año se reúne para contemplar el milagro diminuto de un nacimiento que sigue siendo nuestro.

Los belenistas laguneros enseñan, sin necesidad de palabras grandilocuentes, que el belén no es solo un conjunto de figuras; es un lenguaje secreto que habla de identidad, de memoria y de esperanza. Son ellos quienes hacen posible que los niños, los adultos y los mayores comprendan que, aunque todo cambie, siempre habrá un rincón donde la Navidad conserve su esencia.

Y así, cada figura que se coloca, cada camino que se traza, cada detalle que se cuida, es también un homenaje silencioso: a quienes empezaron, a quienes continúan, a quienes algún día tomarán el relevo. Porque el belén lagunero no termina con la Navidad: se perpetúa en la dedicación de sus creadores y en la emoción que despierta en todos los que lo contemplan.

El momento de comenzar el belén, entonces, no es solo un instante de preparación; es un acto de reconocimiento, de gratitud y de amor hacia aquellos que mantienen viva nuestra tradición. Es la ciudad que recuerda a sus artesanos, que celebra su arte y que, a través de ellos, sigue creyendo en la magia de un nacimiento pequeño, humilde y eterno.

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