De camino a la Navidad 2025: El momento de comenzar el belén (y V). Por Julio Torres Santos

Nochebuena y la colocación del Niño Jesús

Todo el trabajo, toda la preparación, todo el amor y la memoria que se han puesto en el belén encuentran su momento culminante en la Nochebuena. Es la noche en que la figura más esperada se coloca en su lugar, y con ella, la Navidad se vuelve tangible en la casa, en el corazón, en el tiempo mismo.

Desde el primer día de diciembre, las montañas, los ríos, las casas y los pastores han estado allí, respirando a su manera, esperando el instante preciso. Han sido testigos de manos que los acomodan, de risas de niños que los rodean, de conversaciones que recuerdan oficios, paisajes y vidas pasadas. Pero sin el Niño Jesús, el belén aún no está completo; es un paisaje bello, pero aún silencioso.

La Nochebuena llega con su luz suave, con su olor a cocina, a incienso, a Navidad. Entonces se abre la pequeña caja donde descansa el Niño Jesús, envuelto con cuidado, como quien guarda un secreto muy valioso. Los niños, los mayores y los que ya han dejado de serlo, se acercan con reverencia. Cada gesto es un acto de amor y de memoria.

Colocar al Niño Jesús no es solo situar una figura sobre el portal. Es dar vida a un tiempo que hemos esperado, que hemos construido y que, de algún modo, nos ha construido a nosotros. Es ver cómo todo lo anterior —el paisaje, los pastores, los animales, la comunidad que imaginamos— cobra sentido, se ordena, respira. Es un acto de conexión con los que estuvieron antes y con quienes vendrán después.

En muchas casas laguneras, este momento se celebra con un silencio delicado, roto a veces por la voz emocionada de un niño que susurra: “Ya nació”. Es un momento que detiene el reloj, que hace que el belén deje de ser una maqueta y se convierta en un pequeño universo donde la historia que contamos desde siglos atrás sigue viva.

Y entonces, al colocar al Niño Jesús, comprendemos algo esencial: no importa cuánto crezca o cambie el mundo, no importa cuántos años pasen, siempre habrá un instante en que la Navidad nos recuerda quiénes somos y de dónde venimos. Ese instante es frágil y eterno a la vez. Es el momento en que el belén termina de nacer y, con él, la Navidad comienza de verdad en cada hogar.

Porque, al final, todo el tiempo dedicado, toda la memoria compartida, todo el cuidado puesto en cada figura, encuentra su sentido en un pequeño Niño que, con su silencio, nos recuerda que la tradición no es solo lo que hacemos, sino lo que sentimos mientras lo hacemos.

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