Cuando se aproxima las celebraciones de San Juan Bautista hablamos de ellas: Las hogueras

Hogueras… He aquí a los personajes de la víspera de San Juan. Recias, ardientes, voluminosas, todo en ellas tiene un sello de misterio, que no han logrado extinguir los voladores ni las sofisticadas coronillas de fuego.
Sofocantes, cegadoras, tan pronto como las campanas dan el toque de Oración, nacen sus cuerpos ahincando su crepitar en la fiesta de San Juan. Los campesinos las encienden y alimentan con las ramas olorosas del campo o con los trastos viejos, y de hoguera en hoguera vuela y se escurre entre las llamas el arrullo de una isa o el deje de una folía, tras remojarse lo organizadores y participantes la garganta con un buen vaso de vino tinto, el principal medicamento contra la sofocante noche sanjuanera.
“Estas manchas de luz diseminadas, esas columnas de humo contrastaban con el verde oscuro de los bosques que cubren las pendientes de las montañas” . Desde que estas palabras sobre las hogueras fueran escritas por Alejandro de Humboldt, el 23 de junio de 1799, hasta hoy, numerosos y afamados escritores como, por ejemplo, José Pérez Vidal, Sebastián Jiménez Sánchez o Elizabeth Murray, han dedicado destacadas líneas a las hogueras de San Juan.
Pero cuando el que escribe es un enamorado de la prosa poética, se queda con el escritor Luis Álvarez Cruz, que definió la tradición de la noche del Bautista con estas bellas palabras:
“Únicamente las hogueras con las que los chicuelos celebran la noche de San Juan hablaban en la noche con sus lenguas de fuego. Millares de chispas, azuzadas por el viento, ponían en la negrura del campo la ilusión de menudas estrellas errantes que ardían y extinguíanse fugazmente, entre el griterío del corro infantil al que el resplandor de las llamas confería apariencias fantásticas” .
La costumbre de encender hogueras en la noche de la víspera de San Juan es señal de regocijo, y sobre su origen estamos de acuerdo con la consignación que hace José Pérez Vidal de la interpretación que ofrece Seignobos en su Historia Universal:
“A veces los druidas sacrificaban hombres condenados a muerte o prisioneros de guerra. En la fiesta del solsticio de verano en honor del dios solar se encerraban las víctimas humanas en una enorme jaula de mimbre. Los druidas le prendían fuego y se cantaba para que no se oyesen los gritos de las víctimas. Esta tradición se ha perpetuado en las hogueras de San Juan” .
Centrándonos en las Canarias Prehispánicas, es muy interesante el dato del historiador Juan Bethencourt Alfonso (1847 – 1913), quien, en una de sus obras inéditas, apunta que los guanches, según datos de Francisco Hernández Graja, hacían una hoguera la noche de la víspera de San Juan. El testimonio lo recoge Manuel J. Lorenzo Perera en la siguiente cita:
“Los guanches acostumbraban un día al año en el mes de junio, que cree era el mismo día de San Juan, la víspera, hacer una hoguera y echar dentro reses degolladas con un fáime (cuchillo) de sabina, hasta que el humo saliera derecho al cielo que creían en esto como si fuera cosa de religión” .
Esta práctica se relaciona con la que relata el historiador Pedro Gómez Escudero, pues pretender que el humo suba hacia arriba, es deseo de invocar a los espíritus del bien – del mal sería hacia los lados –, que serían probablemente los de sus antepasados. Esto es sólo una hipótesis, pero mantiene relación con la práctica de quemar cebada para invocar espíritus, que relata el doctor Juan Bosch Millares .
Expuestos estos antecedentes sobre los orígenes de las hogueras de San Juan, podemos decir que la tradición ha estado muy arraigada en La Laguna, donde constituían todo un acontecimiento, entre el júbilo de los chiquillos, que aumentaba de tono cuando los mayores se atrevían a saltarlas. Se encendían en las proximidades del templo y en los campos cercanos, por lo que para evitar el riesgo de incendios, pronto se impuso la costumbre de encenderlas dentro de barricas de vino, pues sus arcos de hierro servían de contención al fuego.
Cada año se prende fuego a los leños, se baila alrededor de la hoguera y se salta por encima de sus llamas, pero, en la mayoría de los casos, sin conocer el sentido de ello, lo que aprovechamos para finalizar este capítulo exponiendo la interpretación ritual de dicha práctica.
El mensaje de la hoguera encendida en el centro de los pueblos se puede interpretar como un preservamiento: arrojar a los espíritus malignos y no permitirles la entrada.
En el salto por encima de las llamas, aunque sin saberlo unos participantes que sólo se divierten, se realiza una práctica ritual de transferencia, centrada en la transmisión de las posibles enfermedades al fuego purificador que todo lo destruye, o en el preservamiento de futuros males.
Por lo que respecta al humo, el mismo del rescoldo con el que se entra en contacto para asar piñas y papas o para saltar las jóvenes casaderas con los pies juntos, también tiene su significado, ya que se puede interpretar como elemento que bendice las casas y los cuerpos de los vecinos del lugar, que quedan purificados .
