Cambio de Dean en la Catedral. Por Juan Pedro Rivero González

Hay lugares en los que el paso del tiempo se mide de otra manera. La Catedral de La Laguna es uno de ellos. Sus muros han contemplado generaciones, celebraciones, despedidas, silencios, fiestas y momentos decisivos de nuestra historia. Por eso, cuando se produce un relevo al frente de su Cabildo, no cambia simplemente un nombre en un organigrama. Se escribe una pequeña página de una historia mucho más grande que cualquiera de quienes, durante un tiempo, tenemos la responsabilidad de servirla.
Este sábado, día 3 de octubre, tomará posesión como deán-presidente del Cabildo Catedral el Muy Ilustre Sr. D. Miguel Ángel Navarro Mederos. Comenzará así una nueva etapa en la vida de una institución que pertenece, ciertamente, a la Iglesia diocesana, pero que forma también parte inseparable de la memoria de La Laguna. Una Catedral nunca es solamente un edificio. Es una casa habitada por siglos de oración, cultura, arte, encuentros y vidas humanas. Y quienes recibimos alguna responsabilidad en ella sabemos que, en realidad, nunca somos propietarios de nada: somos custodios durante un breve tramo del camino.
Después de ocho años desempeñando el servicio de deán, llega para mí el momento de entregar esa responsabilidad. Lo hago con una palabra que resume muchas otras: gratitud. Gratitud a los miembros del Cabildo con quienes he compartido estos años, al Obispo, a quienes trabajan silenciosamente cada día en la Catedral y, sobre todo, a tantas personas que entran por sus puertas buscando algo que a veces ni siquiera saben expresar. Una iglesia abierta recibe muchas historias. Algunas llegan para celebrar; otras, para llorar; muchas simplemente necesitan silencio.
Las instituciones poseen una peculiar sabiduría cuando saben vivir los relevos con naturalidad. Permanecer no significa que las personas permanezcan siempre en los mismos lugares, sino que cada una sepa ocupar responsablemente su tiempo y, llegado el momento, dejar espacio a quien continúa. Hay una profunda lección humana en ello. Nuestra época parece valorar mucho la posesión y poco la entrega; sin embargo, buena parte de la vida consiste precisamente en recibir algo, cuidarlo durante un tiempo y entregarlo después, procurando que llegue a otras manos un poco mejor de como lo encontramos.
Una Catedral necesita también mirar hacia delante. Debe conservar su patrimonio, ciertamente, pero sería un error convertirla en un magnífico objeto del pasado. Las piedras tienen sentido porque siguen acogiendo personas. La tradición está verdaderamente viva cuando es capaz de dialogar con cada generación. El nuevo deán y el Cabildo tendrán ante sí la hermosa tarea de continuar haciendo de nuestra Catedral un espacio de celebración y oración, pero también de cultura, diálogo, acogida y presencia en el corazón de la ciudad.
Miguel Ángel Navarro recibe ahora esa responsabilidad. Quienes lo acompañamos desde el Cabildo lo haremos con lealtad y espíritu de colaboración. Porque las responsabilidades cambian, pero el servicio permanece. Nadie construye solo una comunidad, y quizá una de las mejores señales de madurez de cualquier institución sea comprender que las etapas personales tienen principio y final mientras el proyecto común continúa. En la Iglesia, además, esa conciencia adquiere un significado todavía más profundo: los ministerios y responsabilidades solamente tienen sentido cuando ayudan a los demás.
El sábado 3 de octubre habrá, por tanto, un relevo. Pero la Catedral seguirá abriendo sus puertas cada mañana; las campanas continuarán marcando las horas sobre los tejados de La Laguna y nuevas personas atravesarán su nave con sus esperanzas y preocupaciones. Eso es lo verdaderamente importante. Los nombres pasan, las responsabilidades cambian y las generaciones se suceden. Queda la tarea compartida de custodiar una casa que no nos pertenece exclusivamente a nosotros, porque forma parte de la memoria espiritual y humana de toda una ciudad.
