Tras los soportales se celebró la fiesta de los locos en el siglo XVI
El Día de los Santos Inocentes: La Iglesia Romana instituyó el 28 de diciembre como “día de los Santos Inocentes” en memoria de los niños que Herodes el Grande hizo matar el año del nacimiento de Jesucristo.
En el Evangelio según san Mateo hallamos la referencia a esta matanza:
“Entonces Herodes, cuando vio que había sido burlado por los Magos, se irritó mucho, y enviando hizo matar todos los niños que había en Belén y en toda su comarca de dos años y abajo, conforme el tiempo que había averiguado de los Magos”.
El inicio de las inocentadas el 28 de diciembre lo hallamos en los pasatiempos a los que se entregaban, durante la Edad Media, los auxiliares de los templos (sacristanes, campaneros, monaguillos,…). Se denominaban precisamente “inocentada” y, aunque comenzaban el 26 de diciembre (fiesta de San Esteban, patrono de los auxiliares de los templos) duraban varios días y el 28 de diciembre hacían una función teatral de broma en la iglesia.
Pero en aquellos días de bullicio se toleraban actos más incompatibles con el carácter de los actores y el lugar de la escena. Así, se llegó al extremo de introducir en el coro una jumenta, cantándose delante de ella la famosa prosa del asno –de ahí que la fiesta de los Inocentes también se conozca como “fiesta del asno” o “fiesta de los locos”-.
Las autoridades eclesiásticas e incluso las civiles quisieron poner fin a tales excesos, pero la censura de los obispos y los concilios, en un principio, no lograron acabar con ellos, porque se limitaban a prohibirlos, sin atreverse a atacar el principio o fundamento que los generaba.
En el s. XVI, el desarrollo del protestantismo provocó la desaparición de la fiesta de los Inocentes en casi todo el mundo católico, al sentir el clero la necesidad de imponer, frente a la confesión contraria, mayor moderación y dignidad en la casa del Señor. Sin embargo en algunos puntos perduraron las huellas de aquellos desórdenes. En el s. XVII la fiesta se seguía celebrando en Provins, y en el XVIII en Antibes, ambas en Francia.
Hemos encontrado algunas referencias a estas fiestas burlescas en La Laguna en el s. XVI –muestra de que La Laguna fue una de las zonas donde perduraron- en Rodríguez Yanes:
“En el convento franciscano, con motivo de las fiestas navideñas, hubo también alguna manifestación satírica. Los estudiantes frailes y seglares salían vestidos con trajes ridículos: los frailes, sobre sus hábitos, y los seglares con otros extraordinarios. Parece que las chanzas sobre la máxima jerarquía eclesiástica del archipiélago eran las más festejadas por la población, a juzgar por la frecuencia de las risibles emulaciones. El domingo antes de la Navidad, durante la celebración de la fiesta, salió un fraile disfrazado de obispo portando un báculo con un cuerno.
Otra pantomima estudiantil, compartida por los escolares dominicos de La Laguna y de Las Palmas, era la “fiesta del obispillo”, que se celebraba el día de San Nicolás. En esa jornada se disfrazaba a un estudiante de obispo y lo paseaban con sus insignias por las calles, mientras recibían sus bendiciones y le besaban la mano. Pero lo que más motivó la denuncia inquisitorial fue que se le sentaba en la misa mayor al lado del Evangelio, y el predicador al subir al púlpito le hacía la venia, e incluso al final daban lectura a un edicto en su nombre”.
Lo más probable es que esta sátira, como tantas otras se importara de Sevilla, a tenor de lo que describe Morales Padrón, con la diferencia de que en la capital andaluza la sátira se extendía desde el día de San Nicolás hasta el de los Santos Inocentes. Las connotaciones que fue adquiriendo determinaron que las autoridades eclesiásticas sevillanas fueran restringiendo la duración de las fiestas, hasta que en 1641 lograron erradicarla.
Desde principios del s. XIX, en Canarias, el 28 de diciembre está asociado con las mentiras de la prensa, con bromas, travesuras e inocentadas, por parte sobre todo de los jóvenes que, según Alberto Galván, constituían una especie de “cofradía de baladrones”. Si bien el término se aplica al fanfarrón o pícaro, las informaciones recogidas en La Laguna indican que es una deformación popular de la exclamación “mal ladrón”, como respuesta a alguna broma recibida. Así, en la zona de San Benito y San Lázaro, entre los labradores de mayor edad era frecuente despotricar. “Eres más ruinito que el baladrón de San Lázaro”, refiriéndose al mal ladrón que forma parte del Calvario de dicha zona.
Entre las inocentadas más antiguas, típicamente lagunera, cabe mencionar la conocida como “la piedra celda”, padecida por los aprendices más noveles de algunos oficios. El 28 de diciembre el patrón o maestro requería al mencionado aprendiz para que fuese a buscar la “piedra celda” a otro taller, fragua, zapatería,… por supuesto lo más distante posible de la suya. Allí, conocedores de la tradición había preparadas varias “piedras celdas”. Y es que el sufrido aprendiz tenía que realizar el recorrido varias veces, pues siempre le daban “la piedra que no era”, hasta conocer que había sido objeto de una inocentada. En ocasiones no lo tomaban muy bien, lo que generó algún que otro problema.
Independientemente de la naturaleza de la broma, la forma más habitual de hacérselo saber al burlado era:
“Inocente, inocente.
Pasaste por inocente
y el burro te cagó en los dientes
y tu madre te los lavó con agua caliente”.
Una inocentada más moderna es la denominada “pipiolo al saco”. A algún recién llegado se le narraba la historia de unos pájaros, llamados “pipiolos” que habitan en las palmeras jóvenes y que por su escasez y gran demanda –los marineros rusos los pagan muy bien, por ejemplo- son muy codiciados. Pero, eso sí, se da la circunstancia de que estos curiosos ejemplares sólo salen de sus escondites al alba del día 28 de diciembre. Así, la víctima elegida se disponía, saco en mano, en la palmera señalada, a la espera de que los pipiolos hicieran acto de presencia, lo que era preciso que solicitara gritando repetidas veces su nombre. Pasadas unas horas, los que aparecían eran los baladrones, que habían permanecido pacientemente escondidos para poder cantar el “Inocente, inocente”.

