Así fue ayer el Lunes Santo en La Laguna: La ciudad apareció poco a poco entre velos de incienso y silencio

Señor del Huerto acompañado de la Venerable Orden Tercera Franciscana y la Hermandad Franciscana de la Oración en el Huerto (Foto: Julio Torres).

Ayer, La Laguna no amaneció del todo: se fue revelando. Como una fotografía antigua en la cubeta del laboratorio, la ciudad apareció poco a poco entre velos de incienso y silencio. El Lunes Santo no transcurrió: se deslizó, lento, casi con pudor, por las calles empedradas que parecieron recordar cada paso dado siglos atrás.

No fue un lunes cualquiera. Fue un día suspendido, sostenido por una liturgia que no necesitó explicaciones. Desde temprano, algo distinto habitó el aire: una mezcla de espera y recogimiento, como si la ciudad entera respirara más despacio para no romper el instante.

En la Plaza de Abajo, el tiempo se plegó sobre sí mismo. Allí se reunieron los que saben mirar sin prisa, los que entienden que lo importante no llega de golpe. Primero se escuchó, luego se intuyó, y finalmente se vio. Y en ese tránsito —casi imperceptible— nació la emoción.

Cofradía de las Insignias de la Pasión del Señor y Soledad de María Santísima (Foto: Julio Torres).

Las Insignias de la Pasión avanzaron con una sobriedad que no buscó aplausos. Todo en ellas habló en voz baja: los metales, la cera, la cadencia medida de los pasos. La Virgen de la Soledad cruzó la escena sin imponerse, como hacen las verdades profundas: sin ruido, pero dejando huella. La luz se quebró en la plata antigua, dibujando reflejos fríos que parecieron venir de otro tiempo, de cuando la ciudad era aún centro de mundo.

Desde el recogimiento de las Claras, el Huerto de los Olivos salió a la calle como quien revela un secreto. No fue un paso, fue un instante prolongado. La escena contuvo más de lo que mostró: el cansancio, la duda, la aceptación. El ángel, casi ajeno, pareció llegar tarde a un momento que ya dolía. Y Cristo, detenido en su decisión, sostuvo la mirada de quienes se atrevieron a sostener la suya.

Más tarde, desde la Catedral, el Cristo del Amor Misericordioso trazó uno de esos silencios que pesan más que cualquier palabra. No hubo grandilocuencia, solo una presencia que interpeló sin imponerse. A su lado, la Magdalena caminó como caminan los que comprenden lo esencial: sin preguntas, sin necesidad de respuestas.

Santísimo Cristo del Amor Misericordioso (Foto: Julio Torres).

La noche terminó de cerrar el día con suavidad. No hubo ruptura, sino continuidad: la luz dio paso a la penumbra como parte del mismo relato. Algunos miraron sin ver; otros entendieron que aquello no era tradición repetida, sino memoria viva.

Y mientras el frío se hacía notar entre piedra y piedra, cada cual buscó su forma de abrigo. Hubo quien eligió lo ajeno, lo rápido, lo olvidable. Pero también estuvieron los que se quedaron con lo cercano: una conversación a media voz, un vaso de vino del norte, el eco aún reciente de un tambor lejano.

Porque lo que ocurrió ayer en La Laguna no fue solo una procesión. Fue una forma de estar en el mundo por unas horas. Una pausa. Un recordatorio.

Y al final, cuando todo pasó —o pareció pasar— quedó lo importante: esa sensación difícil de nombrar que solo dejan los días que, sin hacer ruido, permanecen.

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