Aquellos «romeros» que acudían al cementerio de San Juan en La Laguna. Por Julio Torres Santos

En las tabernas, garbanzas y pescado salado con papas arrugadas eran el ayanto de «los romeros» al cementerio de San Juan en La Laguna

En La Laguna, como en todos los pueblos de Canarias y de España, los día 1 y 2 de noviembre se celebra el Día de los Santos y Fieles Difuntos, visitando, la mayoría de las personas, el cementerio y ofreciendo flores en memoria de sus difuntos.

La mayoría de los niños en La Laguna iban con sus padres, en los años de posguerra y hasta los años setenta, a ver el cementerio, a rezar y depositar flores sobre las tumbas de la familia.

Más de media Laguna acudia al cementerio del barrio de San Juan unos días antes del uno de noviembre, armados de cubos, detergente, estropajos, lija, pintura y brochas, para limpiar las tumbas de los antepasados, pintar las viejas cruces de los enterramientos en tierra, colocar con esmero las flores sobre las mismas y, por supuesto, preparar y colocar las antiguas redomas de cristal (lámparas de aceite que se mantenían encendidas las noches del uno y dos de noviembre). Rezaban un momento y lo dejaban todo preparado para el día uno de Noviembre.

También venía muchísima gente de los pueblos y pagos limítrofes, en la mayoría de los casos, en grandes grupos o “ranchos” formados por familiares y amigos, y por supuesto, a pie.

Nos han contado que los días uno y dos de noviembre se instalaban en la explanada de la iglesia de San Juan las turroneras, los ventorrillos y hasta una churrería que se llamaba “Churrería de Pancho y Encarnación”. Y es que en La Laguna se elaboraba un dulce típico en esas fechas, “los buñuelos”, que constituían un auténtico manjar que llamaba mucho la atención de los niños.

Los parroquianos y el personal listo “pa” servir…,y “pa” cumplir con todos los santos.

Algunos de los grupos de “romeros de cementerio” compraban ruedas de churros completas, que después de cortadas convenientemente y envueltas en el papel vaso de la época, llegaban hasta el cementerio para ser degustadas allí mismo… “Y así pasaban la mañana, curioseando entre las tumbas”.

Cuando ya terminaban de “cumplir”, buscaban al sacerdote, que, en aquellos días, siempre se encontraban por el cementerio acompañado por un sacristán y los monaguillos que portaban todo lo necesario para un buen responso, sin faltar una bolsa negra que llamaban “la Talega” y en la que la familia que solicitaba sus servicios depositaba una cantidad de dinero para que el cura, a pie de tumba, pronunciara un responso (en latín por supuesto) por el o los finados.

Más tarde, cuando llegaba la hora de la comida, se llenaban los ventorrillos y las tabernas de la zona. Éstas últimas gozaban de reconocido prestigio entre los “romeros”, pues de alguna manera vivían todo el año del cementerio y de aquellos entierros multitudinarios de antes, a los que no asistían las mujeres y en los que los hombres aprovechaban para ir a “echar las tierritas”, que no eran otra cosa que unas medias mochas de vino (medio litro popularmente llamado así en La Laguna), con el armadero oportuno, acompañados por los amigos. Era en esos momentos cuando siempre aparecía la frase de “no hay boda sin llanto, ni entierro sin carcajadas”…, y en estos menesteres eran especialistas las afamadas tabernas de San Juan.

Las tabernas más afamadas del barrio de San Juan fueron tres. Una, la de don Leonardo, sita en la esquina de la calle de San Juan con el explanada del mismo nombre. Sus especialidades eran los chicharrones y los huevos duros, además del clásico pescado salado con papas arrugadas y mojo picón… pero ¡picón!, pues así bajaba más el vino de Tacoronte”. “¡Sí te coge!…”

Ya en la calle del Ciprés se asentaban las otras dos tabernas importantes, la de don Pancho, que, a decir de los viejos vecinos, “se llevaba el gato al agua, con sus quesos y vinos de Vilaflor, sus garbanzas, judías compuestas con cebolla picada, bien cortita por encima, la carne de cochino, el pescado salado, los tollos y hasta unas potas en salsa que quitaban el sentido a los “romeros”.

Y en la misma calle del Ciprés, “la Taberna de Alberto, con sus especiales caldos de Arafo, con las castañas, papas y pescado salado, sin faltar algún plato de cuchara, y los deliciosos quesos de cabra de Igueste de Candelaria”.

Ya por la tarde, a eso de la sobre mesa, las mujeres se acercaban a la por entonces ermita de San Juan, que no había parado de doblar a ánimas toda la noche y día, así como de celebrar misas en una cadena casi continuada celebrada por los párrocos que se habían acercado al cementerio. Mientras, los hombres aceleraban en su carrera de cuartas de vino, llegando a probar en su peregrinar los vinos de las tres tabernas y el de algunos de los ventorrillos. Antes de que cayera la tarde, todos se dirigían a la Concepción, que era el lugar donde por entonces paraban las guaguas y el viejo tranvía, para regresar después de “cumplir”, como mandaban los cánones, a sus hogares.

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