«Antropología forense hoy» (I), por Conrado Rodríguez-Maffiotte

De todos es sabido que las ciencias forenses están integradas por una serie de disciplinas científicas que pueden ser aplicadas como ayuda al sistema médicolegal y entre ellas destacan: la criminalística, la patología, la biología Y la genética, la toxicología, la odontología, la psiquiatría, y la antropología y la arqueología forenses. Como dato curioso hay que señalar que el término antropología forense se debe a la antropóloga física alemana Ilse Scxhwidetzky, profesora en Maguncia, quien en 1954 lo utilizó para estudios de paternidad.
La antropología forense puede definirse como aquella rama de la antropología física que se ocupa de la identificación y de la elucidación de los eventos antemortem y circunstancias de la muerte del individuo cuando sus restos se encuentran esqueletizados, preservados de forma natural, altamente descompuestos, carbonizados o fragmentados, en síntesis, cuando las labores de identificación del cadáver con propósito tanto legal como humanitario y el análisis del mismo escapan a la metodología y técnica tradicionales de la medicina forense. Al margen de las preceptivas labores identificativas, la antropología forense tiene como objetivo igualmente la resolución de crímenes y presuntas violaciones de los Derechos Humanos y al Derecho Internacional Humanitario. La disciplina no está muy alejada, al contrario, se adapta en muchos casos al concepto de “osteobiografía”, introducido por el antropólogo de Toledo (Ohio, USA) Frank Saul en 1976, que se define como el análisis del esqueleto para averiguar los acontecimientos sucedidos durante la vida de una persona, o lo que es lo mismo la historia personal registrada en el tejido esquelético.
Las bases científicas de la antropología forense actual son desarrollo y maduración óseas; anatomía macroscópica; osteopatología; odontología; arqueología y paleontología; estudios de osarios y fosas comunes; intervención en desastres masivos; investigación de la violación de derechos humanos; y testimonio judicial. Con todo ello, la información que proporciona la antropología forense es la siguiente: edad en el momento de la muerte; sexo; identidad étnica; estatura; robustez; data de la muerte; historia médica y dental; status nutricional; historia de la fertilidad femenina; causa y manera de la muerte; y características individuales del sujeto.
Al ser una rama de la antropología física, la historia de la disciplina no puede remontarse más allá de los inicios de aquella, en el tercio último del siglo XIX. En torno a los años treinta del pasado siglo fueron los departamentos de anatomía los que contribuyeron de modo principal al desarrollo de la metodología, especialmente en Estados Unidos, debido a la riqueza de sus colecciones osteológicas con datos conocidos sobre edad, sexo, tipología, estatura, peso, ocupación y posible patología. Así, tenemos ejemplos como la Colección Hamann-Todd de la Case Western University en Cleveland (Ohio) y la Terry del Departamento de Antropología del Museo de Historia Natural de la Smithsonian Institution, en Washington, D.C. No obstante, existieron precedentes. Así, en la guerra de Cuba entre España y Estados Unidos, en 1898, el Ejército de aquel país creó el primer programa de identificación y reenterramiento con un equipo especializado, integrado fundamentalmente por anatomistas.
La aplicación judicial de la antropología física fue distinta en las dos orillas del Atlántico, así mientras en Europa el objetivo máximo era la identificación del delincuente, en lo que fue llamada antropología criminal, en los Estados Unidos, sin obviar esta línea de actuación, fue surgiendo el esbozo de lo que hoy se entiende como antropología forense al aplicar métodos anatómicos y antropológicos a la identificación de restos humanos, centrándose en la víctima.
La Antropología Criminal fue creada por el médico turinés Cesare Lombroso, siendo junto con él sus representantes más genuinos los juristas, también italianos, Enrico Ferri, Rafaele Garofalo y Giulio Fioretti. Profesor de Medicina Legal en la Universidad de Turín, Lombroso se basaba en variables anatómico-morfológicas y craneométrico-antropométricas, a la par que mentales, que eran, según él, propias de los delincuentes, insistiendo en que el criminal sería una consecuencia de factores hereditarios y degenerativos, mientras que los aspectos sociales jugarían un papel menos preeminente. Sus teorías quedarían plasmadas en su mundialmente célebre L’uomo delincuente (El hombre delincuente) que vería la luz en 1876 y, más tarde, en El delito. Sus causas y remedios (1902). Podríamos decir que la antropología criminal, en síntesis, trataba de buscar explicaciones científicas a la criminalidad.
Por otro lado, Alphonse Bertillon, médico y policía francés, insatisfecho con el sistema de identificación de criminales imperante a finales del siglo XIX, ideó un sistema de identificación basado en las medidas cefálicas y corporales (la antropometría), así como en otras características como cicatrices, deformaciones, tatuajes, y personalidad del sujeto. Ese método fue conocido como “bertillonaje” en su honor y fue rápidamente adoptado en Francia, en 1882, así como en la mayor parte de los países europeos y Estados Unidos. A Bertillon se deben dos obras de gran trascendencia en la época L’anthropométrie judiciare à Paris (1890) e Identification anthropométrique (1893) (…).
