Antiguas visitas de la Virgen de Candelaria a La Laguna otrora capital de la Isla (II). Por José Rodríguez Moure

(…) A tiro de piedra de la ermita del Rosario y junto al camino se encuentra la casa de Amaro Pargo, hombre de mar que tuvo en jaque a los hombres de su época y que, como todos los corsarios, fue envuelto en los velos de la fantasía popular. Unos le temían como al diablo, mientras otros le acumulaban virtudes que lo colocaban poco menos que en el terreno de la santidad. La vivienda a la que hemos hecho referencia, conocida como «Casa del Pirata o del Rosario», es una casa solariega de grandes dimensiones, muy diferente a las demás. Envuelta también en el misterio, se encuentra en total estado de abandono pues, desde la desaparición de su último morador, D. Felipe Trujillo Trujillo, gentes de toda la Isla han destrozado suelos, paredes, etc. tratando de descubrir un supuestos tesoro escondido. Precisamente D.Felipe, Mayordomo de la ermita en 1917 y miembro de la Hermandad de la primera Virgen de Candelaria, relató a Concepción Reig que «cuando había secas y no llovía. llevaban a la Virgen a hombro de Candelaria a La Laguna, y en cada descanso dejaban una Cruz de tea. En la finca -la de Amaro Pargo, a la que llegó como medianero- hicieron cuatro descansos:uno al pie de la cuesta de El Rosario, donde llaman la «Cruz de Cho Trujillo», otro frente a la casa y al calvario, otro donde dicen La Herrera y otro al fin de la finca de Toriño, que es la «Fuente Nucva».
Los hechos relatados confirman como, cuando se trasladaba a la Virgen de Candelaria, en cada descanso se dejaba una Cruz de tea. Por lo tanto, al efectuarse la iltima parada, antes de entrar en la Villa, en el llano conocido como ‘Los Baldíos” (no la zona que actualmente ostenta tal nomenclatura, sino la que se extiende entre San Juan y la Estación de Guaguas, en dirección hacia Llano del Moro), también en esta zona se dispuso una Cruz. Es la “Cruz de los Baldíos”, hoy conocida -aunque sea un contrasentido, pues pocos conocen este hecho- como “Cruz de Candelaria”, que da nombre a la calle donde está ubicada (calle “Cruz de Candelaria, popularmente denominada “Barrio Volador”). La prolongación de la misma, desde el antiguo Barranco Chamarta hasta la iglesia de la Concepción, es la “calle Candilas”, que también tomó su nombre por su relación con las visitas de la Virgen, ya que la gente recibía a la Imagen con candilas encendidas.
En 1677, las desavenencias entre las diversas parroquias, suscitadas por su deseo de protagonismo en los traslados de la Virgen, determinaron que el entonces Obispo, Sr. Jiménez, redactara unas “Disposiciones acerca de la llevada y traída de la Imagen a La Laguna”. En las mismas, recogidas por Rodríguez Moure, entre otros muchos, se mencionan los hechos ya relatados, pues se establece que: “fuera cualquiera el clero Parroquial que le tocara llevar y traer la Imagen, precisamente había de parar en la Cruz de los Baldíos (…) y desde allí la llevaran procesionalmente a entrarla por la calle de Las Candilas y por la puerta del mediodía de la Parroquia -de la Concepción- y la depositaran en el Camarín para que en él fuera puesta en andas y se la aderezara con sus joyas y vestidos”.
Fue precisamente en la visita de 1677 cuando se hizo una “variante” de este camino. Así, en el “Libro de mandatos pastorales” (A.P.I., F. 197) se narra que “en el momento memorable de la traída condújose la Imagen por el antiguo camino de la Ermita del Rosario y Salto del Pino a los Baldíos de la Ciudad: pero como la subida al Rosario ya la hicieran por Igueste o Barranco Hondo y ésta era agria y pesada, el Cabildo acordó formar otro camino que enlazara el de los Genetos con el de la “Tabaibilla” por las cuestas de Matasmos y las Tablas, poniendo la obra a cargo de los Caballeros Regidores D. Simón de Herrera Leiva y D. Tomás Belén inaugurando el regreso de la Virgen al Santuario”. A partir de este momento, éste sería el camino usado en los traslados; y tal y como se hizo en el primero, en su transcurso se edificaría una ermita de descanso, la Ermita de San Isidro. A esta circunstancia se refiere Rodríguez Maure en la visita de 1771: “el 13 de junio retornó a su Santuario, habiendo hecho parada en la Ermita de San isidro tanto a la traída como al retorno, pues a fin de que sirviera de descanso, se había fabricado esta Ermita después que se hizo el nuevo camino”.
