Tras la huella de la Iª Peregrinación tinerfeña a Roma en 1950 (XXII). Visita a Pompeya y Sorrento (I)

A veces suele suceder que cuando los objetos los contemplamos a distancia no captamos exactamente toda la realidad que ellos contienen, por lo que, cuando los miramos más de cerca, tenemos que constatar o bien deficiencias hasta entonces imprevistas o bien bondades insospechadas. Con los cuadros acontece algo parecido,siendo preciso para valorarlos justamente y apreciar si las combinaciones de los elementos esenciales de la obra pictórica, como el dibujo, el claro-oscuro, la perspectiva y el colorido responden a una ordenada disposición o enlazamiento estético, que acercarnos a ellos prudentemente y dedicarles una cuidadosa atención.

Alguna vez hemos tenido que lamentar como cosa perdida en balde el tiempo empleado en trasladarnos a parajes que de lejos nos habían seducido, porque habiendo llegado ha aparecido el desencanto.

A fuerza de ser sincero, he de confesar que ahora no nos sucedió así. La visión panorámica, la primera impresión que de Nápoles y sus contornos hubimos desde el mar, a bordo del «Plus Ultra», aquella mañana radiante de nuestra llegada a tierra italiana, no ha desmerecido, no se ha achicado ni perdido dimensión cuando hemos tenido ocasión de deslizamos por las arterias de sus núcleos urbanos y por las carreteras y caminos que los enlazan; cuando nuestros ojos, suavemente heridos por la policromía de unos variados colores y por los destellos de unos rayos de luz apaisada y tenue, envolvían cada lugar con las sedas acariciantes de nuestras hondas ternuras y embelesos. Al contrario, la realidad encontrada ha superado y engrandecido aquella primera mirada del conjunto.

El día cinco de Noviembre tuvo la Peregrinación Tinerfeña la oportunidad de tal comprobación. Era domingo. El mando había dispuesto la víspera que los peregrinos abandonásemos las literas de nuestro buque-hotel a las seis de la mañana, a fin de estar, a las siete, después de haber desayunado, en marcha hacia Pompeya, en donde cumpliríamos con el precepto de oir la santa misa.

Efectivamente, a la hora prefijada sonó en todo el vapor el gong y el pasaje, ni remiso ni perezoso, como si quisiera vivir anticipadamente la alegría de aquel memorable día, ya desayunado, fue haciendo acto de presencia en la cubierta. Excepto el séptimo, los seis autocares restantes estaban prontos. Al fin apareció el último y la alegre comitiva se puso en marcha alentada por una grata ilusión.

Atravesamos Napóles y a grán velocidad nos lanzamos a través de la autopista que se dirige a las faldas del Vesubio. Allá lejos, como dique flotante en medio del mar, la isla de Capri, y más cerca de nosotros, la península sorrentina. Pasamos por las. suaves ‘laderas del Vesubio admirando los pueblos y caseríos esparcidos por toda la pendiente de esta región la más feraz del mundo, con una vegetación prodigiosa donde se exhiben en lozanía variadas especies de árboles frutales y donde crecen las cepas que producen el famoso «Lacrima Christi». Al pié mismo del volcán, a la izquierda y cerca del mar, Herculano, localidad donde residían los romanos ricos, sepultada como Pompeya el setenta y nueve de nuestra Era por el Vesubio. Sobre las ruinas de Herculano álzase ahora el pueblo de Resina. Entramos luego en una amplia llanura: la del Sarno, y después de dejar atrás Torre Anunciata, población de setenta y cinco mil habitantes, irás una colina, aparece la Pompeya objeto principal de nuestra visita, si¬tuada a 26 kilómetros de Ñapóles y donde radican en la actualidad 12 mil almas.

El motivo principal que atrae poderosamente la atención de todo viajero que visita Pompeya, en contemplación del cual nosotros empleamos casi el medio día de nuestra estancia en la ciudad, hállase envueltro entre gasas de misterios e iluminado por opacas luces de una auténtica antigüedad, y está determinado por el extenso marco que ocupa la vetusta población que en su hora histórica, ya dos veces milenaria, fué orgullo de la Campania – y residencia predilecta de patricios e ilustres familias romanas.

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