Tras la huella de la Iª Peregrinación tinerfeña a Roma en 1950 (XVII). Un paseo por la Ciudad de Roma (y V)
Ahora, detente, caminante. Se te ha echado encima la noche. Estás junto al Coliseo.
El Coliseo o Anfiteatro, que éste último fué su primitivo nombre, ya que empezado por Vespasiano fué terminado por su hijo Tito, quien lo denominó Anfiteatro Flavio por pertenecer él a la familia Flavia, es el monumento más espléndido de la Roma antigua y el que mejor simboliza la majestad de su vida pretérita. Era el lugar donde los romanos celebraban sus fantásticos espec¬táculos. Entonces el romano no gustaba del teatro con sus come¬dias y pantomimas; su deleite consistía en los espectáculos trágicos: en el derramamiento de sangre. El teatro es griego, el anfitea¬tro auténticamente romano. En los anfiteatros el Imperio se agita¬ba convulsivo a presencia de las exhibiciones crueles y sangrien¬tas propias de tiempos de brutal sensualidad y molicie. En el de Roma se libraron combates hasta de mil parejas de gladiadores, que se destrozaban en lucha feroz y de muerte, sin un grito de conmiseración o de piedad por parte del público, quien, al contrario, se embriagaba de entusiasmo, no sólo por el gesto resuelto y el ademán artístico del vencedor, sino por la belleza del desplome de la víctima. Allí hubo formidables espectáculos de caza de fieras, donde se mataba gran número de elefantes, leopardos, tigres, etc. y competiciones de navegación, que lo mismo se con- ^ vertía aquel recinto en hermoso bosque que en plácido lago.
Pero… el Coliseo es visitado por los Cristianos que de todo el mundo vienen a Roma. No hay peregrino en Año Santo o fuera de él que entre en la Ciudad que no se acerque hasta esta ruina. Es más: el cristiano del mundo lo aprecia como una reliquia veneranda. ¿Para qué vienen aquí los cristianos católicos? ¿Acaso a ver lo que queda de la gigantesca mole, la arena de su plaza elíptica, elpodium, las gradas o los fosos? ¿Vienen, por ventura, a oir los gritos del pueblo romano gustando una tragedia, los mugidos de las fieras o los elegiacos acentos de las víctimas al momento de sucumbir? No; el cristiano no enlaza con ese pasado, ni a eso le brinda él sus recuerdos ni sus suspiros ni sus cálidas lágrimas. El católico cristiano ante el Coliseo evoca algo más perdurable y trascendente, más espiritual y emotivo, más tierno y reverente; el peregrino cristiano resucita aquí, con su vivo recuerdo, los quejidos, las lágrimas, los cánticos, las oraciones, los sufrimientos, las esperanzas, las ilusiones y la caridad de sus hermanos los mártires que allí dentro dieron generosos sus vidas por amor al divino Crucificado, y es a ellos a quienes evoca, a quienes habla, a quienes reza; por ellos suspira y con ellos fundidos en unidad de fe, de ideales y de sentimientos proclama la gloria inmarcesible de Cristo en la tierra y la perpetuidad de su santa religión. El mismo grito de «¡Cristianos a las fieras!» que a este lugar hacía conducir a los mártires, sigue congregando allí a los cristianos del mundo.
La Iglesia no ha desatendido estos puros afectos del cristianismo, sino que los ha protegido y celosamente los ha fomentado consagrando este lugar a la memoria de los mártires, como lo hizo el Papa Clemente X, o erigiendo dentro de estos mu¬ros un Via-Crucis, como por orden de Benedicto XIV lo verificó Sao Leonardo de Puerto Mauricio para las funciones de la Cofra¬día de los amantes de Jesús y de María. El mismo Papa entonces lo consagró a la Pasión de Jesús, prohibiendo extraer piedras de sus muros. Muchos otros Papas también le han dedicado sus cuidados, realizando obras consolidadoras en aquella fábrica.
La devoción que generalmente allí suelen practicar los peregrinos es la del Via-Crucis. El momento de nuestra visita al Coliseo fue verdaderamente sorprendente. Era al anochecer. Bajo las arcadas de aquellas murallas, con antorchas encendidas, humeantes, deambulaban zigzagueantes en recias filas, multitud de peregrinos que practicaban el Via-Crucis, mostrando la piedad y fervor de sus corazones con rezos de profundidad, cánticos de emoción y lágrimas de ternura. Cual almas enlutadas parecían en viaje hacia la eternidad en sentimental procesión tras los cadáveres de los mártires del Coliseo. Incontenidos, muchos de nosotros formamos en aquellas filas y unimos nuestras plegarias a las de ellos. ¡Oh, grata sorpresa! También eran peregrinos españoSoles venidos de otras regiones de España.
Cuando ellos terminaron sus piadosas oraciones, el Coliseo quedó solamente para la Peregrinación Tinerleña por un instante. Adentro, tras la gruesa pared, en el pasillo de circunvalación y a la vista de la arena de la plaza, elP. Luis Eguiraun, dirige las preces del santo rosario que todos seguimos con atención y recogimiento. Terminado el rosario, nuestro compañero, el canónigo D. José García Ortega, sobre una piedra del Coliseo por pulpito, nos habla, y sus palabras, quebradas por la emoción, tienen en aquellos mo¬mentos una arrobadora elocuencia. Captó bien, indudablemente, el mudo lenguaje de aquellas ruinas, el recuerdo que para siempre dejaron allí grabado nuestros mártires y la ejemplaridad que supieron legar a la Historia, pues a ellos han seguido, sin torcer la senda, todos los mártires del mundo en veinte siglos de cristianismo, como los de España en nuestra última cruzada, y a éllos seguiríamos también nosotros si llegara la hora. Habló bien y caló hondo en nuestros corazones.
La emoción se había hecho inefable y nos dominaba a todos los peregrinos por igual. Recuerdo que uno de mis compañeros en el sacerdocio, D. Luis Reyes Pérez, salió repentinamente del interior del Anfiteatro, a cuyas ruinas había bajado sin que supiéramos cómo ni cuándo, y sensiblemente impresionado me dice: «He vivido en esta hora gratísima toda la imponente y trágica grandeza de nuestra religión. ¡Viva Cristo Rey!»
Y abandonamos el Coliseo para dirigirnos a la plaza de Venecia, haciendo el recorrido a pie comentando vivamente la sublime escena que acabábamos de presenciar en aquel sagrado recinto.
Las jornadas de Roma de la Peregrinación Tinerfeña han terminado.
Trasladémonos a nuestros respectivos hoteles, pero demos antes un efusivo y cariñoso adiós, desde el fondo de nuestra alma, a la Ciudad generosa que nos supo hacer felices durante los tres días que nos hospedó, como sencilla ofrenda de amor y agradecimiento.
