Tras la huella de la Iª Peregrinación tinerfeña a Roma en 1950 (XIII). Un paseo por la Ciudad de Roma (I)
A Roma ya la hemos contemplado al atravesarla en distintas direcciones, ora cuando fuimos a visitar las Basílicas Mayores para ganar el Jubileo del Año Santo, ya al recorrer en automóvil sus calles y plazas principales, tales como la de San Pedro, la de Colonna, la de Augusto Imperatore, la del Pópolo, la de España, etc. etc.,con sus rumorosas fuentes, o al ascender a sus célebres colinas, como la del Pincio, <on sus parques extensos y bellos, el de la Villa de Médicis y el de la Villa Borghese, el más hermoso de la Ciudad, o al Janículo, desde donde se domina perfectamente toda la Urbe y los montes Albanos. Desde estas alturas hemos tenido ocasión de contemplar el Foro Romano y los Foros Imperiales, el Anfiteatro o Coliseo, el Castillo Santángelo o Mole Adriana, el Capitolio, las cúpulas de sus iglesias, sus jardines, plazas y parques, sus monumentales palacios, toda su grandeza munificente, en fin, ha desfilado vertiginosamente, pero con su impresionante realismo, ante nuestra anhelosa y escrutadora mirada.
Pero, todavía más: desde estos poéticos miradores nos ha cabido la suerte de presenciar algo que Roma no suele prodigar ni brindar frecuentemente a sus hijos y a sus visitantes, sino en muy señaladas ocasiones y con motivo de trascendentales aconteci-mientos: una iluminación general y extraordinaria de la Ciudad. Gratísima impresión dejó en nosotros la de la noche del 1.° de Noviembre, festejando la religiosa efemérides del día. Toda la Urbe era un vivo resplandor polícromo en honor a la Donna Asun¬ta. El verde monte, el verde claro, el amarillo, el escarlata, elpurpúreo y anaranjado irisaban a la vez en iodo el ámbito espa¬cial adquiriendo los objetos fantásticas tonalidades. Flameaba la torre Capitolina; destacábase allá el Castillo de Santángelo, con una impresionante cruz dibujada al centro, y alrededor, centenares de luces más, artísticamente combinadas, que el aire agitaba suavemente; más acá, el imponente Coliseo, con luz de misterio, luz verdosa y opaca; y las cúpulas de las Iglesias lanzaban focos de potentes reflectores; y ardían las fachadas de todos los pala¬cios de Roma y las ventanas y balcones de las casas aparecían encendidas con tubos de luz fluorescente; y alrededor de las pla¬zas, y en todas las colinas, como diminutas hogueras de la noche de San Juan, cubiletes en llama que parecían brotar del seno mismo de la tierra. Miles de luces, en un momento, transformaron a Roma en una mágica y encantadora estampa de ilusión. ¡Cómo se gozaba el alma contemplándola extasiada!
Pero sacudamos el ensueño de estas horas encantadoras y deambulemos una vez más por las calles de la Ciudad para ver más de cerca un poco de todo aquello que hemos contemplado desde las alturas. Son tantos los monumentos que nos llaman, son tan escasas las horas de que disponemos y tan impertinentes las impaciencias de los conductores de los coches, que necesariamente tendrá que reflejarse en este relato el nerviosismo padecido por el cronista durante este precioso y emocionante recorrido.

No de otro sitio hemos de partir que de la Plaza de Venecia. Este hermoso lugar, de gran movimiento urbano, de variadas y alegres plazas dentro de su ámbito extenso, con jardines y fuentes, nos acogió, antes que ningún otro, la primera noche de nuestra llegada a Roma, y en agradecimiento lo hemos visitado cada día de nuestra permanencia en la Ciudad por lo menos cuatro veces, siendo algunas de ellas de bastante duración. Bien se lo merece el paraje.
Trátase de un perfecto cuadrilátero ostentando al fondo el colosal monumento blanco erigido en 1885 a Víctor Manuel II, en conmemoración de la unidad italiana. Hay al centro del monu¬mento, en su parte alta, la estatua ecuestre en bronce de Víctor Manuel a la que se llega por dos espaciosas escalinatas, y coro¬nando el conjunto, un pórtico de 16 columnas. Al final de las escalinatas, arriba, se levanta el altar de la Patria, y, abajo, a ambos lados del monumento, dos fuentes: la de la izquierda, representa el mar Adriático y la de la derecha, el Tirreno. Nuestro compañero de peregrinación, redactor gráfico de esta «Crónica» y reconocido artista de la fotografía, D. Adalberto Benítez Tugores, obtuvo en las escalinatas de este monumento una foto de todos los componentes de la Peregrinación. Mirando al monu¬mento y a la derecha de la Plaza hállase el Palacio de Venecia, residencia oficial de Benito Mussolini y actualmente Instituto y Biblioteca de Arqueología e Historia del Arte, así como el Museo del Palacio de Venecia, y la Basílica y Plaza de San Marcos.
De la Plaza de Venecia arrancan las arterias principales de la Ciudad, como las de la Vía Nacional, la Vía Corso, el Corso de Víctor Manuel, que conduce a San Pedro, Vía de los Foros Imperiales, que tanto transitamos los peregrinos alojados en Frascati y Monte Porcio, y la Vía del Mar, por donde se perdían los albergados en Ostia.
