Tras la huella de la Iª Peregrinación tinerfeña a Roma en 1950 (VII). Las Basílicas Mayores

Otro acto importante de la peregrinación tineríeña en Roma fue lograr el Jubileo del Año Santo mediante la visita a sus cuatro Basílicas Mayores: San Pedro, San Pablo, San Juan de Letrán y Santa María la Mayor. Para ello, en cada una de ellas tenía que rezar tres Padre Nuestros y un Credo; además de confesar y comulgar en los ocho días que preceden o siguen a la visita de las Basílicas. «Con esta exaltación espiritual» los peregrinos franquearon las Puertas Santas o del Perdón de las mencionadas Iglesias y se precipitaon reverentemente en sus interiores.

Las visitas empezaron por la gran Basílica de San Pedro del Vaticano, asistidos, «en calidad de cicerones, por competentes y simpáticos alumnos del Colegio Español». A continuación recogemos cómo la percibieron los peregrinos:

«(…) No es un edificio solo, sino que está formado por muchos palacios, jardines, museos, bibliotecas, etc., todo ello levantado en el terreno que en otra época ocuparon los jardines de Nerón. La Basílica de San Pedro es la Iglesia del Vaticano, pero también es la primera catedral del mundo por sus dimensiones, por su prestancia, por su riqueza y por ser la Iglesia del Papa. [Tiene] un bello interior, cuyas naves se alargan enormemente con seis órdenes de elevadas columnas (…) y guarda reliquias (…) de San Pedro y San Pablo (…)».

Se sobrecogieron por el altar mayor de la Basílica, «en el que sólo el Santo Padre puede oficiar, y sobre todo el conjunto levántase inconmensurable la enorme cúpula de la Iglesia, obra genial concebida por Bramante y ejecutada por el gran Miguel Angel. Bajo esta cúpula y junto a esta sepultura no hay más remedio que arrodillarse y cambiar de sentimientos y pensamientos». También por «la cruz que remata la cúpula, con sus tres gradas solemnes y espaciosas en las que se encuentran las estatuas de San Pedro y San Pablo, de Constantino y Carlo Magno, con sus cinco grandes puertas, incluida la del «Perdón»; y por «la asombrosa magnitud de toda la obra, con sus columnas y arcos, con sus magníficas capillas y sacristías, con sus valiosos y múltiples monumentos, con sus cuadros, con sus ventanales y balcones, todo este mundo de cosas, digo, en las que pusieron mano Bramante y Sangallo, Rafael, Miguel Angel, Vignola, Della Porta, Maderno y Bernini».

Nuestro cronista reconoció que llamó «poderosamente nuestra atención» el grupo escultórico de Miguel Angel, la Piedad, pues «es un mármol admirable que nos ofrece un verdadero poema de amor y de dolor».

Habiendo concluido «nuestra devota curiosidad examinando el interior de la Basílica en todas sus direcciones», salieron y «Allí, a la derecha de la plaza, cerca del obelisco, hállanse estacionados, esperándonos, los siete autocares de la expedición».

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