Tras la huella de la Iª Peregrinación tinerfeña a Roma en 1950 (VI)
La Plaza de San Pedro y el momento de la Definición Dogmática del 1 de noviembre de 1950
Los peregrinos tinerfeños, con apenas tres horas de sueño, se encuentran diseminados en el grandioso rectángulo, enmarcado por la columnata de Bernini, de la plaza de San Pedro. Es el 1 de Noviembre de 1950. El espacioso lugar, a las ocho de la mañana, está ya abarrotado de gente.
Los tinerfeños llegaron a la plaza a las siete y media de la mañana. Los entendidos en cálculos de multitudes, o los que presumían entender, comenzaron a hablar de quinientas, seiscientas, setecientas mil personas las allí congregadas. (Según distintas fuentes, cuando se declaró el Dogma de la Asunción de la Santísima Virgen en cuerpo y alma al Cielo, el día 1 de noviembre de 1950, en la plaza de San Pedro en el Vaticano había aproximadamente un millón de personas).
Nuestro cronista apunta sobre lo que siente en la Plaza de San Pedro: «Yo sólo sé, por lo que estoy viendo, que un hombre más difícilmente encontraría donde ubicarse. La actitud que todavía esta enorme masa humana práctica no es de mística reverencia precisamente, ni mucho menos. Pugnando estamos todos por subir, por llegar arriba, mientras más cerca mejor, junto a aquel trono aún vacío que vemos en el vestíbulo de la fachada de la Basílica de San Pedro, frente a su puerta principal».
Añadiendo: «Porque estamos tocados de esa especie de neurosis colectiva que en determinadas ocasiones suelen padecer las aglomeraciones humanas, hablamos, reímos, gesticulamos, empujamos y hasta llegamos a ser inconsiderados con nuestros prójimos más cercanos, blancos, negros o amarillos, europeos o asiáticos, africanos o de las Américas, que es heterogéneo el gentío de la plaza y proviene de las cinco partes del mundo».
El espacio aéreo empieza a ser surcado por algunos aviones que dibujan sobre el contorno esbeltas líneas. Entretanto, los altavoces, con claridad y precisión, anticipan el programa de la extraordinaria ceremonia.
No tardó en aparecer. Con veste sacra cubierto, manto blanco papal recamado en oro y mitra preciosa, bajo palio y en la silla gestatoria, se presentó el Sumo Pontífice ante aquella enardecida multitud.
«Primeramente el Santo Padre recibió la acostumbrada obediencia, que precede a toda manifestación del Supremo Magisterio, de los Excmos. Sres. Cardenales asistentes y la de una representación de Excmos. Sres. Arzobispos, Obispos y Patriarcas. Finalizado este rito, sube al Trono el Cardenal Eugenio Tisse- rant, en funciones de Decano del Sacro Colegio, acompañado de dos Arzobispos, dos Obispos y un Abogado Consistorial, el cual solicitó del Santo Padre, en nombre del episcopado y orbe católico, que pronunciara y definiera la Virgen María, Madre de Dios. Y llegó el histórico instante. Los dignatarios de la Iglesia de pie y descubiertos ante el Sumo Pontífice, las representaciones oficiales colocadas en torno al trono pontificio y la masa humana asistente, como levantada nuevamente sobre un pedestal de un emocionante silencio, escuchan al Papa:
«Después de elevar a Dios muchas y reiteradas preces, e invocar la luz del Espíritu de la verdad, para gloria de Dios Omnipotente que otorgó a la Virgen María su peculiar benevolencia, para honor de su Hijo, Rey inmortal de los siglos y Vencedor del pecado y de la muerte, para acrecentar la gloria de esta misma augusta Madre, y para gozo y alegría de toda la Iglesia, por la autoridad de Nuestro Señor Jesucristo, de los Bienaventurados Apóstoles Pedro y Pablo, y por la Nuestra, PRONUNCIAMOS, DECLARAMOS Y DEFINIMOS ser dogma de revelación divina que la Inmaculada Madre de Dios, siempre Virgen María, cumplido el curso de su vida terrena, fue asunta en cuerpo y alma a la gloria celeste».
A continuación, el Cardenal Tisse- rant entonó el «Confíteor» y el Sumo Pontífice impartió la Bendición Apostólica con indulgencia Plena. Concluído el rito de la Bendición, todos los fieles cantaron, y entonces se echaron al vuelo las campanas de San Pedro, anunciando a Roma el dogma de fe de este Año Santo de 1950. Por último, el Santo Padre, otra vez en la silla gestatoria, subió del templo a sus habitaciones del Vaticano.
Otro acto importante de la peregrinación tinerfeña en Roma fue el de lucrar el Jubileo del Año Santo mediante la visita a sus cuatro Basílicas mayores: San Pedro, San Pablo, San Juan de Letrán y Santa María la Mayor. Pero esto, ya para mañana.
