Tras la huella de la Iª Peregrinación tinerfeña a Roma en 1950 (V)

El Autocar de la marca Alfa-Romeo, modelo de 1950, que impresionó a los tinerfeños. Todas las imágenes de este artículo son de Roma en 1950. Así conocieron aquellos tinerfeños la Ciudad Eterna.
De Nápoles a Roma
Para nuestro cronista su título sería “Del «Plus Ultra» a Roma, pasando por Nápoles», puesto que, en efecto, desde el vapor fueron trasladados los peregrinos en los siete autocares que los esperaban, los cuales rápidamente atravesaron las anchas calles de Nápoles, a la cinco de la tarde, en dirección a Roma.
Pero, ¿qué habrá pasado para arribar a las 10 de la mañana y no partir hasta las cinco de la tarde ¿por qué hubo tanta tardanza en partir?, ¿por qué tanto tiempo perdido baldíamente? En el barco, según la crónica, se dieron dos órdenes. La primera, prohibía al pasaje abandonar el barco, a fin de evitar la dispersión de los peregrinos por la ciudad, y la segunda, se disponía que el almuerzo fuese a bordo. Pero inmediatamente después del almuerzo ya no había otra cosa que hacer, sino partir hacia Roma, porque ése y no otro era el deseo de todos y, además, porque no había obstáculo para ello, puesto que todo estaba a punto. ¿Por qué, pues, no pudo lograrse esto hasta las cinco de la tarde? Son de esas coasas que no tienen explicación.

La guía turística de 1950 que de gran utilidad a los viajeros.
De todas formas, después de muchas impaciencias, sufridas y muy mal llevadas por muchos de los peregrinos, la caravana, formada por siete guaguas de turismo, al fin se movió. Fueron muchos los que se sorprendieron por el confort de aquellas guaguas italianas, «cómodamente arrellanadas en los butacones de los coches, disipaban el disgusto de aquellas horas, perdidas, con la rápida visión de aquellos esbeltos edificios, ostentando algunos de ellos preciosas fachadas con balcones de donde pendían guirnaldas de variadas flores, sin faltar los geranios que le daban un tono de alegría en contraste con los tendidos de ropa en terrazas, azoteas y ventanas de la mayor parte de ellos, cosa que nos producía hilaridad y extrañeza; con la vista de estatuas, unas ecuestres, otras en grupos, aisladas, sentadas o de pie; con el vertiginoso aparecer de escaparates y comercios bien surtidos; con la concurrencia de gentes venidas del trabajo o que paseaban y se divertían animando las calles. Así nos distrajo Nápoles en aquella hora vespertina en la que afanosos buscábamos el secreto de su encanto».
Sólo a la luz del día tuvieron tiempo de ver algunos de los pueblos cercanos a Nápoles, y de echar una mirada sobre las verdes tierras de su campiña. La noche, sin embargo, bien pronto envolvió todo e hizo cambiar repentinamente la escena.
Una guagua turística ejerce siempre una atracción sobre el pasajero. «Es, para los que solemos conducir, el momento oportuno para devorar paisajes…» Con esa obsesión contemplaron las magníficas guaguas desde la cubierta del Plus Ultra. Nuestro hombre los define como“limpios, ligeros, cómodos, capaces para más de cuarenta pasajeros, conducidos por expertos profesionales y rodando sobre estupendas carreteras». Pero, cuando fueron envueltos por la noche y fueron consumiendo horas, se convirtieron en una monotonía terrible, y en esos momentos dijo uno de los sacerdotes expedicionarios: «lo mejor para levantar el espíritu es rezar y cantar, es decir, presentándole paisajes al corazón de un subido valor espiritual». El cronista nos facilita nuevamente la información: «Se rezó el santo rosario y se entonaron multitud de cánticos religiosos con los cuales delatábamos ante aquellos parajes nuestro origen de cristianos y nuestro destino de peregrinos a Roma. Así hasta llegar a Terracina, a las nueve de la noche, lugar donde terminó la primera etapa de nuestro viaje» (Terracina es un municipio, que en la actualidad tiene 43.077 habitantes, pertenece de la provincia de Latina. Conserva numerosos monumentos de su pasado romano y medieval y es una localidad balnearia muy frecuentada).

Los peregrinos se encuentran con la realidad italiana, sus precios muy altos, aún más si se comparaban con la España de las posguerra.
«En Terracina volvimos a reunirnos todos los peregrinos junto al mostrador de un café, donde el apetito, ya a aquella hora despierto, nos hacía consumir bocadillos y beber un rico café con leche, abonando precios bastante subidos en relación a los de España. Allí nos dimos cuenta de cierta modalidad comercial italiana que después observamos se practicaba en todos los comercios de Italia, consistente en abonar el importe de la consumición o de la mercancía a una persona que hace de cajera, quien a su vez entrega un tique con el que se adquiere luego en el mostrador lo que se ha solicitado y abonado de antemano».
Después del tente en pie de Terracina, emprendieron nuevamente la marcha hacia Roma. La cercanía de la ciudad hizo brotar algunas isas, que seguidas de estribillos coreados, sonaban de vez en cuando; pero, sobre todo, los ojos de aquellos isleños, a través de los cristales de las ventanillas, buscaban, entre las luces parpadeantes de los pueblos en ruta, el lugar del emplazamiento de Roma.

La Plaza de San Pedro en 1950 (Foto a color muy bien conservada).
El conductor de la guagua número 6 era un hombre seco y de pocas palabras, motivo por el cual uno de nuestros peregrinos le rogó que cuando viera las luces de Roma hiciera el favor de decirlo: «En efecto, casi una hora antes de llegar abrió sus labios para decir secamente: «ROMA».
Allá, bastante lejos todavía, distinguieron unas luces y a aquella distancia aún pensaron lo cerca que estaban para rezar un Credo sobre las tumbas de los apóstoles Pedro y Pablo, yacentes en la Ciudad Eterna. La caravana entró a Roma a lo largo de la Vía di Fori Imperiali hasta el mismo corazón de la Ciudad, que no fue otro que la Plaza de Venecia. Allí los esperaban los encargados de alojarlos.
A las 11 y media de la noche del día 31 de Octubre de 1950, víspera del Dogma de la Asunción, la plaza de Venecia, lugar de obligada concurrencia de los peregrinos mientras estuvieron en Roma, se dispueso por los organizadores de la peregrinación como punto de encuentro para dar a conocer sus órdenes y avisos.
Pero el «paseo» no había terminado: «Desde allí fuimos conducidos a los hoteles que de antemano nos tenían preparados, los cuales se encontraban extra radio de Roma. Los coches señalados con los números 4 y 6 fueron destinados a Monte Portio Catone, el número 7, a Frascati, y los números 1, 2, 5 y 6 a Ostia, a una distancia aproximada de veinte kilómetros cada uno.
La comodidad de los albergues fue elogiada por todos los peregrinos. A las dos de la mañana fueron a «descansar» para levantarse a las cinco. Les esperaba la ceremonia de la definición dogmática en la Plaza de San Pedro del Vaticano.
