Laguneros entrañables:»Cha Luisa Viera». Por Julio Torres Santos

Las diversas generaciones de La Laguna siempre han conocido personajes que, por uno u otro motivo, han llegado a calar tan hondo que se han convertido en entrañables. Para que no queden en el olvido y las generaciones futuras conozcan de su personalidad, sus ocurrencias y sus memorables anéctodas, muchas de las cuales han pasado a formar parte de la sabiduría popular lagunera, escribimos estas páginas.
Los laguneros, tanto los del casco como los de otros pagos limítrofes, cuando alguien se da por aludido de algo que no va con él o que no le concierne, suelen responder, con su socarronería característica: «Eres peor que Cha Luisa Viera». La afirmación tiene una explicación en la actuación de este personaje legendario, si por ello entendemos los numerosos relatos humorísticos que circulan entorno a su persona, que han llegado a conformar casi una leyenda, y que pasamos a relatar.

Al parecer obsesionada con la supuesta infidelidad de su esposo, «Cho José» (hermano de «Juan sísi’), Cha Luisa se disfrazaba de «macho» para espiar sus pasos. El atuendo de esta peculiar mascarita se componía del calzón, el sombrero y la manta de Cho José, completándose con unos zancos, (para disimular su estatura,) que, al parecer. manejaba con gran destreza. Un día fue descubierta por un grupo de jóvenes que jugaban en la calle Maya, delatándola al gritar, repetidamente, su nombre. Ella, enfurecida, se los reprochó con una serie de improperios que quedarían para siempre unidos a su persona: «¡Hijos de padres mestizos!, ¡Malditos cornicales! «La notica se extendió como un reguero de pólvora por toda la geografía lagunera: «¡Cha Luisa Viera vigila a Cho José vestida de macho!» El especial humor lagunero hizo que cada vez que este personaje pasaba por un corro de jóvenes, éstos mencionaran su nombre, emulando en el tono a los que la habían delatado. Y como cada causa tiene su efecto, ella respondía con idénticos improperios.

Con el paso del tiempo, Cha Luisa se acostumbró a su popularidad y era ella quien provocaba las situaciones. Así, inició un provocativo recorrido diario por las calles San Agustín y Tabares de Cala con dirección a la Recova. Al hallar algún corro, como los que se formaban en las puertas del Instituto de Canarias, su andar, desprovisto de los apéndices de madera, se tornaba cansino, pausado, y sus ojos se entrecerraban para simular que no se percataba de su existencia. Como previamente los jóvenes habían pactado no llamarla, era su silencio lo que ahora la enfurecía, volviendo a lanzar los improperios, que había ido perfeccionando: «¡No me dicen nada, hijos de madres mestizas y de padres cornicales!» (junto con otros insultos más conocidos que evitamo trascribir). Cuando aún no se habían apagado los ecos de sus improperios, llegaba a la antigua Universidad de S. Fernando. Lo estudiantes, alertados por la algarabía anterior, la estaban esperando para también simular que no la veían. Volviánse entonces a reperir los hechos ya narrados, pero con mayor virulencia, pues, al no tratarse de bachiileres, aumentaba la intensidad de la broma: al girar la esquina hacia Tabares de Cala ya el pacto de silencio había caducado y los universitarios se asomaban a las ventanas gritando su mombre. En más de una ocasión la algarabía fue tal (cuentan que entre el azufrado aroma de las aula de química, tanto cuerno, tanto insulto y tantas risas y gritos la citada esquina era un fragmento en la Tierra de los mismísimos Infiernos) que algún cátedro tuvo que interrumpir su clase magistral. De esta forma, la Universidad concedió carácter regional a nuestro personaje, al relatar los alumnos de otras islas las anécdotas de Cha Luisa Viera, una lagunera entrañable.
