La Laguna en noviembre: San Diego, la Fuga y sus fiestas (V). Por Julio Torres

La Casita del Siervo en San Diego del Monte

Entre los relatos y tradiciones populares vinculados a San Diego del Monte ocupa un lugar destacado la historia de la Casita del Siervo, un pequeño refugio asociado a la figura de Juan de Jesús y rodeado de recuerdos, leyendas y manifestaciones de religiosidad popular.

Según la tradición, el Siervo de Dios, Juan de Jesús, construyó esta humilde casita en uno de los lugares más umbríos de San Diego del Monte, donde entonces residía una comunidad de religiosos franciscanos. Allí encontraba el recogimiento y la soledad necesarios para entregarse a la oración y la contemplación.

Los antiguos relatos describen aquel refugio como escenario de profundas experiencias místicas. Se decía que, en sus momentos de exaltación espiritual, el Siervo recibía el consuelo de la Virgen María, cuya presencia calmaba sus inquietudes y llenaba de paz su alma.

Una de las leyendas más curiosas que conserva la memoria popular cuenta que Juan de Jesús llegó a someter al mismísimo Satanás, que se le había aparecido bajo la forma de un burro. El religioso lo habría obligado a transportar las piedras necesarias para levantar el muro con el que la comunidad franciscana cercaba sus propiedades.

Según esta narración, el Siervo mantenía sujeto al animal con el cordón de su hábito. Sin embargo, sus superiores, al considerar una profanación que se utilizara de aquella manera el cordón franciscano, le ordenaron que lo soltara.

Juan de Jesús obedeció, aunque de mala gana. En cuanto quedó libre, el supuesto borrico recuperó su apariencia diabólica y desapareció entre llamaradas, dejando atónitos a los religiosos, que, arrodillados, proclamaron el prodigio como un milagro.

Más allá de estas narraciones legendarias, la tradición presenta al Siervo como un hombre de vida humilde, entregado a las tareas más sencillas del convento. Se ocupaba de los trabajos menos apreciados y recorría las calles del pueblo solicitando limosnas para el sostenimiento de los frailes.

De él se decía que era hombre de intenciones puras, carácter sencillo y palabra aguda, capaz de responder con ingenio y naturalidad a las situaciones cotidianas.

Cuenta asimismo la tradición que una mañana de primavera el padre superior lo encontró tendido junto al umbral de su pequeña casita. Había muerto abrazado a su cruz y, según la expresión popular, «en olor de santidad».

Con el paso del tiempo, aquel lugar de retiro espiritual adquirió un significado diferente, sin perder por ello su carácter simbólico.

La casita, que había sido refugio de oración y escenario de un amor profundamente religioso, terminó convirtiéndose también en lugar de encuentro de los enamorados laguneros.

Las parejas subían hasta aquel rincón apartado de San Diego del Monte para intercambiar promesas de amor eterno. Como testimonio de sus sentimientos, dejaban sus nombres entrelazados en las paredes de la antigua celda, confiando quizá en que la permanencia de aquellas inscripciones pudiera asegurar también la duración de sus afectos.

Pero, como recordaba con cierta melancolía el antiguo relato, muchos de aquellos amores resultaron pasajeros y cambiantes. Pocos alcanzaron la firmeza y la constancia que la tradición atribuía al amor divino del Siervo Juan de Jesús.

Así, entre la historia documentada, la arquitectura tradicional, las creencias religiosas y las leyendas transmitidas de generación en generación, San Diego del Monte conserva una parte entrañable de la memoria lagunera.

Un lugar en el que la piedra, la fe y la tradición popular se entrelazan y que, cada noviembre, vuelve a cobrar especial protagonismo con la Fuga de San Diego y las celebraciones vinculadas a su festividad.

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