Leyendas laguneras por «Todos los Santos y los Finados» (II). Por Julio Torres Santos

¡Ave María Purísima! ¡Las doce y sereno!

Tal era la letanía que, noche tras noche, resonaba en las calles de La Laguna desde que, allá por 1861, hiciera su aparición el oficio de sereno. Corrían, pues, tiempos anteriores a aquellos en que nuestro misterioso fantasma, encubierto y embozado, comenzara a campar a sus anchas por las mismas calles que aquellos vigilantes nocturnos tenían encomendada la misión de custodiar.

Si alguien me preguntase cuál fue el oficio más inútil de cuantos conoció La Laguna durante el siglo XIX y los albores del XX, no vacilaría en señalar el de sereno. Y es que, a mi entender, apenas prestaron dos servicios dignos de mención: uno oficial, consistente en evitar el dispendio de aceite del alumbrado público durante las noches de plenilunio; y otro, bastante más oficioso, que no era sino poner fin a aquellos escarceos amorosos que tanto desvelaban a la Iglesia y escandalizaban a las beatas de la ciudad.

Si el capítulo anterior nos permitió adentrarnos en la atmósfera de aquellas fantasmagóricas apariciones de la plaza de Los Bolos, en una Laguna adormecida y temblorosa, aferrada a los últimos vestigios de su antiguo esplendor y que contemplaba, tímida y medrosa, cómo se desvanecían las glorias de su pasado, conviene ahora ahondar un poco más en el escenario de nuestra historia. Para ello, habremos de echar mano de la Historia —con mayúscula— y situar aquella inquietante presencia espectral entre las sombras, los faroles y los serenos de la vieja ciudad.

Como ya señalamos, el oficio de sereno quedó establecido en La Laguna el 27 de julio de 1861, con el cometido de atender el alumbrado público y encender los faroles que, desde 1845, habían comenzado a instalarse por las calles de la ciudad, siendo alcalde el conde del Valle de Salazar.

La fabricación de aquellos primeros faroles había sido encomendada a dos maestros artesanos: Pedro Quijada, responsable de la hechura de los propios faroles, y Manuel del Castillo, a cuyas manos correspondió la elaboración de los herrajes que habrían de sostenerlos.

Y así, entre la mortecina luz de los faroles, el eco de las campanadas y el pregón de los serenos, se iba dibujando el escenario perfecto para que, al amparo de la noche, lo sobrenatural encontrase acomodo entre las calles silenciosas de aquella Laguna de antaño.

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