Los productores de alimentos también votan el 29-N
Ricardo Migueláñez Pastor. Director de Agrifood Comunicación.
La agroalimentación nunca ha sido ajena a la política, aunque a veces nos empeñemos en creerlo
Durante años nos hemos repetido una idea tranquilizadora: el sistema alimentario es esencial y no es de izquierdas ni de derechas, la comida no entiende de ideologías y producir alimentos es una tarea de Estado, una tarea de todos, que está por encima de las siglas. Lo primero es verdad a medias. Lo segundo, un deseo. Lo tercero, una obligación que no siempre se cumple. Y lo que además está claro es que, muchas de las veces los intereses de los representantes políticos y lo que plantean no tienen mucho que ver con lo que necesita el sistema alimentario, por lo que conviene trabajar el lobby estos días para que tengan en cuenta las necesidades reales.
Y si hablamos de Alimentación y Nutrición, pues ya el tema se complica todavía más, ya que hay determinadas siglas políticas que se empeñan en tratar de aleccionar a la población sobre lo que tiene y no tiene que comer, en base a criterios ideológicos que nada tienen que ver con la Ciencia de la nutrición, aunque estas guías sean hechas por pseudo nutricionistas movidos por no sé si quiero saber los intereses.
La realidad es tozuda y nos enseña que el campo, la industria y toda la cadena alimentaria son política. Lo son en campaña, cuando los candidatos se ponen las botas, se suben al tractor para la foto y prometen lo que haga falta en la feria de turno. Y lo son también fuera de campaña, aunque lo queramos negar, porque cada decisión sobre el agua, la PAC, los acuerdos comerciales, la sanidad animal, la fiscalidad o la cadena alimentaria tiene detrás una mirada, unas prioridades y, en ocasiones, una ideología.
Un movimiento que no es casual
Basta mirar el mapa autonómico para entenderlo. Vox, que en 2023 ya eligió Agricultura en los Gobiernos donde entró, ha vuelto a hacerlo en esta nueva ronda de pactos con el PP.
Tras las elecciones del 8 de febrero de 2026 en Aragón, el acuerdo de coalición le atribuyó la Consejería de Agricultura, Ganadería y Alimentación; en Extremadura se quedó también con la cartera de Agricultura, una Consejería estratégica en una región donde el campo y la ganadería son pilares de la economía y de la identidad territorial; y en Castilla y León asumió Agricultura, Ganadería, Medio Rural y Política Medioambiental.
En los mentideros políticos ya se comenta, además, que, si PP y Vox llegaran a un acuerdo de gobierno a escala nacional, el Ministerio de Agricultura podría acabar también del lado de la formación de Abascal.
No es casual. Un partido no pide una Consejería sin pensar en lo que representa: presupuesto, gestión de la PAC, regadíos, contacto directo con millones de personas que viven del medio rural y, sobre todo, un relato.
El campo es territorio, es identidad y es voto. Quien lo entiende, lo busca. Y quien lo descuida, termina pagándolo.
No me corresponde aquí juzgar qué partido lo hace mejor o peor. Eso lo dirán los resultados y, en última instancia, los ciudadanos. Lo que sí me interesa subrayar es que esta pugna por la agricultura confirma algo que el sector debería tener muy presente: tenemos un peso político enorme y a veces no somos conscientes de ello ni lo utilizamos con inteligencia.
El papel lo aguanta todo
Los programas electorales están llenos de buenas intenciones. El problema es que el papel lo aguanta todo, y muchas de esas promesas, en muchas materias, se quedan en eso: en papel.
A la hora de gobernar, unas veces manda la ideología y otras, simplemente, la oportunidad política, el titular del día o el equilibrio con los socios. Y entre medias, los asuntos de fondo del sector —relevo generacional, agua, costes de producción, sanidad animal y vegetal, competencia desleal de terceros países, burocracia, márgenes a lo largo de la cadena— esperan su turno.
Por eso conviene no confundirse. Hay políticos, de distintos partidos, que aman de verdad este sector, que han dedicado a él toda su vida, que lo conocen desde dentro y que quieren lo mejor para quienes lo integran. Son un activo y hay que cuidarlos. Pero ningún responsable público, por mucho que conozca el campo, puede adivinar todas las necesidades de una cadena tan compleja como la nuestra.
Nuestra parte del trabajo
Ahí estamos todos los que nos importa este sector. Los líderes de las asociaciones patronales sectoriales, las organizaciones profesionales agrarias, las federaciones, las cooperativas, las comunidades de regantes, las interprofesionales, los medios de comunicación y tantos otros tenemos la responsabilidad de decirles a los políticos, gobiernen quienes gobiernen, qué necesitamos. Y necesitamos muchas cosas.
Tenemos que trasladarles los retos de cada eslabón de la cadena: los de la producción primaria, los de la industria transformadora y también los de la distribución, porque sin ella el alimento no llega a la mesa y porque buena parte de las tensiones del sector se resuelven —o se enquistan— en esa relación.
Ningún eslabón sale adelante solo, y ninguno debería intentar hacerlo a costa de los demás.
El reto es encontrar espacios de encuentro donde podamos sentarnos todos, con datos sobre la mesa y sin trincheras, para resolver problemas y trabajar en positivo.
Espacios donde mejorar la situación de las pequeñas y medianas industrias y de las explotaciones familiares, que son la columna vertebral del medio rural, pero también la de las grandes empresas, que tiran de la exportación, la innovación y el empleo.
Un objetivo compartido
Al final, el objetivo es sencillo de enunciar y difícil de cumplir: Queremos que nos permitan producir los mejores alimentos, de la mejor calidad, en cantidad suficiente y a precios razonables.
Razonables para quien los produce, para quien los transforma, para quien los vende y para quien los compra. Eso es lo que necesitan los productores y comercializadores.
Ese debería ser el programa común de cualquier Gobierno, del color que sea, y el compromiso de todos los que formamos parte de este sector. La política seguirá decidiendo; nuestra tarea es que decida bien informada, con el sector unido y con una sola voz cuando haga falta. Toda la cadena, junta.

