Ventas, bodegas, tabernas y dulcerías del entorno de la plaza del Cristo de La Laguna: Casa Antonino y su relación con acontecimientos historicos (IV). Por Julio Torres

Plaza y Casa Antonio. Foto La Laguna 1961.
Casa Antonino: los años de posguerra y el final de una época
Llegamos al final de este recorrido por la historia de Casa Antonino, aquella célebre casa de comidas que abrió sus puertas hacia 1919-1920 y que permaneció ligada a la vida cotidiana de La Laguna durante casi noventa años, hasta su cierre definitivo en 2008.
A lo largo de los capítulos anteriores hemos recorrido distintas etapas de su historia y, al mismo tiempo, de la propia historia de la ciudad: los años de la guerra de África y la década de 1920, la Segunda República, la Guerra Civil y los difíciles años que siguieron a la contienda.
Nos queda ahora detenernos en las décadas de 1940 y 1950 y en los primeros años sesenta, hasta llegar a 1964, cuando Antonino decidió retirarse y traspasar el establecimiento. El negocio cambió de manos, pero conservó algo fundamental: el nombre de Casa Antonino, que sobreviviría hasta el mismo momento de su desaparición en 2008.
Soldados que terminaron formando parte de la casa
La proximidad de Casa Antonino al cuartel del Cristo hizo que la presencia militar formara parte habitual de la vida del establecimiento.
En los años cuarenta trabajó allí un hombre conocido como Serrato, natural de El Puerto de Santa María, en Cádiz. Había llegado a Tenerife para cumplir el servicio militar en el cuartel del Cristo y, una vez licenciado, decidió quedarse en La Laguna y comenzó a trabajar en Casa Antonino.
No fue un caso aislado. Otro hombre relacionado con el ambiente militar acabaría teniendo una importancia todavía mayor en la historia familiar. Se trataba de Garrido, natural de La Línea de la Concepción, que trabajaba como camarero en la residencia de oficiales.
Garrido terminó casándose con Belucha, una de las hijas de Antonino, quedando así definitivamente unido a la familia y a la historia del establecimiento.
Precisamente uno de sus hijos, Antonio Manuel Garrido, conocido familiarmente como Toto, ha sido fundamental para reconstruir esta historia. Gracias a sus recuerdos y a la información conservada en el ámbito familiar ha sido posible recuperar numerosos datos y anécdotas que difícilmente podrían encontrarse en documentos oficiales o en las páginas de los periódicos.
Y es que la historia de un establecimiento como Casa Antonino no se encuentra solamente en los archivos. Está también en las fotografías familiares, en los recuerdos transmitidos de padres a hijos y en esas pequeñas historias cotidianas que nos permiten comprender cómo era realmente la vida alrededor de aquella casa de comidas.

Tirando cañas, junta a Serrato, y sirviendo por la ventana. Fotos: La Laguna años 50.
Las fiestas del Cristo y el despacho por la ventana
Después de la Guerra Civil, durante las fiestas del Cristo, Casa Antonino adoptó una costumbre peculiar. En aquellos días de enorme afluencia no se abría al público el interior del establecimiento ni su conocido patio. El servicio se realizaba directamente desde una de las ventanas que daban hacia la plaza.
Afortunadamente se conserva documentación gráfica en la que puede apreciarse aquella forma tan particular de atender al público.
La explicación probablemente se encontraba en la enorme cantidad de personas que se concentraban en la zona durante las fiestas y en la necesidad de controlar el acceso al establecimiento. Pero la memoria familiar conserva también una curiosa historia que pudo contribuir a que se tomara aquella decisión y que tiene como protagonista a uno de los personajes más singulares de Casa Antonino: un loro.
Antes de llegar a él, sin embargo, merece la pena detenernos en otro detalle que aparece en las fotografías antiguas del establecimiento.
Un grifo de cerveza en los años cuarenta
Casa Antonino contaba en aquellos años con algo que no era demasiado habitual en los establecimientos laguneros de la época: un grifo para servir cerveza de barril.
En una de las imágenes históricas puede apreciarse perfectamente el surtidor instalado en el establecimiento.
En la ciudad existían entonces algunos bares y cafés destacados —entre ellos establecimientos tan recordados como El Carreras, el Bar Alemán o el Bar Central—, pero disponer de cerveza servida directamente desde un grifo no debía de ser todavía algo generalizado.
La presencia del cuartel del Cristo y el constante movimiento de militares y mandos por aquella zona seguramente contribuyeron también a la actividad de Casa Antonino.
Aquellos surtidores de cerveza formaban parte además de una estética muy característica de los bares de la época, con llamativos elementos publicitarios que convertían el propio grifo en reclamo comercial.
Los frailes de Casa Antonino
Entre los recuerdos familiares aparece otra de las historias más curiosas del establecimiento.
Quienes conocimos Casa Antonino en las décadas de 1970, 1980 o 1990 difícilmente recordaremos haber visto frailes entrando habitualmente en el establecimiento. Sin embargo, en épocas anteriores la situación había sido diferente.
Durante los años veinte y treinta, y también posteriormente, algunos religiosos frecuentaban Casa Antonino. En ocasiones acudían a comer, pero existía además una costumbre mucho más discreta.
Según los testimonios conservados, algunos llegaban con una botella escondida bajo el hábito, que llenaban de vino antes de regresar al convento.
Y aquí entra en escena uno de los personajes más pintorescos de toda esta historia.

Antonio López, hijo de Antonino en el patio junto a la jaula del loro. Foto: La Laguna años 50.
El loro de Antonino
Antonino había comprado un loro que permanecía habitualmente en el patio de la casa de comidas.
Lucina, su mujer, magnífica cocinera y especialmente recordada por su puchereta, se había encargado de enseñarle a hablar. Con el paso del tiempo, aquel animal terminó convirtiéndose prácticamente en un personaje más de Casa Antonino.
El loro observaba continuamente el movimiento del patio y había aprendido a reconocer algunas de las situaciones que allí se repetían.
Cuando veía aparecer a los religiosos comenzaba a anunciar su llegada:
«¡Un fraile! ¡Un cura! ¡Dos curas! ¡Tres curas!… ¡Uf, cuántos curas!»
Podemos imaginar las risas que provocaría entre quienes se encontraban en el establecimiento.
Pero el loro tuvo un final mucho menos divertido.
La memoria familiar cuenta que, durante unas fiestas del Cristo, entró en Casa Antonino un hombre que se encontraba en evidente estado de embriaguez. El animal había aprendido también otra expresión que repetía cuando veía a alguien en aquellas condiciones.
Comenzó a gritar:
«¡Borracho, borracho!»
El hombre reaccionó violentamente y golpeó al loro, causándole la muerte.
Según los recuerdos transmitidos por la familia, aquel episodio pudo ser una de las razones que llevaron a extremar las precauciones durante las fiestas del Cristo y a impedir el acceso del público al interior de la casa en los días de mayor aglomeración, pasando a despachar las consumiciones directamente desde la ventana que daba a la plaza.
Son pequeñas historias, imposibles muchas veces de encontrar en los documentos oficiales, pero que forman parte de la memoria viva de un establecimiento que durante décadas fue mucho más que una simple casa de comidas.
