Ventas, bodegas, tabernas y dulcerías del entorno de la plaza del Cristo de La Laguna (y IV): «Casa Antonino» (IV). Por Julio Torres

En primer plano, un «Bambi» de fotógrafo para niños. El Volvo fue comprado por Hipólito Marrero, «Polo», con la intención de convertirlo en coche fúnebre. La transformación corrió a cargo del maestro Pepe «Socorro» y sus hijos, en el taller que tenían en la calle Candilas, junto al barranco. Mientras llegaba el momento de realizar la adaptación, el Volvo hizo numerosos viajes al norte para traer vino a Casa Antonino, situada precisamente en la casa que se ve al fondo de la fotografía.
Y si había algo que no podía faltar en Casa Antonino era el vino. Allí estaban los hombres, pegados a los vasos y a los vinos, conversando durante horas alrededor de la barra. Porque el vino de Casa Antonino tenía fama, y aquella fama no era fruto de la casualidad: detrás había todo un ritual para escoger qué vino se iba a traer del norte.
Uno de los encargados de ir a probarlo y elegirlo era precisamente Hipólito, al que todos conocían como Polo. Se recorría las bodegas de La Matanza, La Victoria, Santa Úrsula y otros lugares del norte de Tenerife buscando un buen vino. Había que probarlo, compararlo y, una vez encontrada la madriguera, segun sos propias palabra, cerrar la compra del que después terminaría en los vasos de Casa Antonino.
Alguna vez tuve la suerte de acompañarlo, y aquello era fantástico. Porque ir a comprar vino con Polo no consistía simplemente en llegar a una bodega, probar un vaso y marcharse. Aquello tenía su ceremonia y, sobre todo, sus personajes.
Polo solía llevar consigo a varios buenos bebedores de la ciudad, hombres de confianza y con experiencia más que demostrada en aquello de catar vinos. Los llevaba hasta las bodegas y, una vez allí, soltaba muy serio:
—Bueno, ahora van a beber. ¿Ustedes quieren beber? Pues pónganles un balde.
Y, efectivamente, les ponían un vaso enorme a cada uno para probar el vino. La escena era digna de verse. Entre vaso y vaso iban dando su parecer: que si este estaba mejor, que si aquel tenía más cuerpo, que si el otro entraba demasiado fácil… Y así, entre opiniones, bromas y tragos, se terminaba decidiendo cuál merecía llegar hasta Casa Antonino.
Aquellas excursiones para elegir el vino eran otra historia en sí mismas. No se trataba solamente de hacer una compra para el negocio. Formaban parte de toda una manera de relacionarse, de una época en la que alrededor de una botella de vino se cerraban tratos, se contaban historias y se pasaban las horas conversando. Y Polo sabía rodearse de un peculiar comité de expertos que, desde luego, se tomaba muy en serio su cometido.

En las bodegas no podía faltar el balde.
El resultado se notaba después en el bar. El vino de Casa Antonino era espectacular y tenía sus incondicionales. Allí podían verse aquellos grupos de hombres alrededor de la barra, pegados a sus vasos de vino, hablando de lo divino y de lo humano mientras el tiempo parecía transcurrir de otra manera. Un vaso llevaba a otro, una conversación traía la siguiente y, sin darse cuenta, se podía echar allí buena parte de la mañana.
Pero Casa Antonino daba para mucho más. No era solamente un lugar donde tomar un vino o comer algo; durante años fue uno de esos establecimientos que terminan formando parte de la vida cotidiana de una plaza y de una ciudad. Por allí pasaban clientes habituales, «peregrinos» que venian al Cristo de toda la Isla, comerciantes, vecinos y personajes conocidos de La Laguna. Cada cual tenía su sitio, sus costumbres y hasta su hora para aparecer.
Casa Antonino cerró sus puertas en 2008. Para entonces había perdido ya una parte importante de su espacio como consecuencia de la instalación «provisional» del mercado en la plaza del Cristo, durante la etapa de Ana Oramas como alcaldesa de La Laguna. La llegada del mercado transformó profundamente la plaza y también las condiciones en las que funcionaba el establecimiento. Casa Antonino fue perdiendo parte de aquel espacio y de aquel ambiente que durante tantos años lo habían caracterizado, hasta que finalmente llegó el cierre.
Después, cada uno siguió su camino. José, uno de los hermanos, abrió un bar en la plaza de San Cristóbal. Más tarde se trasladó a la calle Cruz de Candelaria, donde continuó trabajando hasta su jubilación. De Carmelo no recuerdo con exactitud si siguió trabajando algún tiempo después o si se jubiló directamente. Cuando Casa Antonino cerró, en 2008, los hermanos ya eran mayores y se acercaba para ellos el momento de dejar atrás tantos años detrás de una barra.
Se cerraba así una etapa, pero quedaron las historias. Y Casa Antonino tenía para muchas: las comidas, los clientes, los personajes de la plaza, las conversaciones interminables y, por supuesto, aquellos vinos que Polo se encargaba de ir a buscar al norte acompañado de su particular cuadrilla de catadores. Porque antes de que un vino llegara a la barra de Casa Antonino había tenido que superar una prueba muy seria: la de aquellos hombres a los que, para catarlo como Dios manda, había que ponerles un balde.
