El Cristo de La Laguna, la Plaza y las fiestas (III). Por Julio Torres

La ciudad se vistía de fiesta

Según fray Luis de Quirós , las luminarias, las danzas y las comedias figuran en los programas de las fiestas del Cristo desde 1608. Evolucionando con el tiempo, las distintas crónicas nos hablan de pandorgas, torneos, libreas, carreras de sortijas (en un principio, a caballo, después en bicicleta e incluso en automóvil), batallas de serpentinas y flores, concursos hípicos, danzas y otras variadas actuaciones musicales, teatro, certámenes literarios, exposiciones artísticas, exposiciones agrícolas y ganaderas, lucha canaria, cucañas, carreras de sacos, carrera pedestres (después, también en automóvil), futbol…e incluso, de toros (desde los “dados para solemnizar la fiesta que en el mes de septiembre se hace”, citados por Andrés Gallardín en el siglo XVI, hasta los que estrenaron la plaza de toros que construyó Gaspar Darmanin en el barrio de San Juan, desaparecida en 1894 ); que componen un largo etcétera de divertimentos al que se suman, los paseos con música y, por supuesto, los fuegos artificiales.

Todos estos animados entretenimientos tenían lugar en las plazas de lo que hoy conocemos como casco histórico lagunero, no sólo en la de San Francisco, también en las de la Catedral y la Concepción, cuyas decoraciones festivas fueron muy afamadas.

Por ejemplo, aparecieron “sorprendentes” en las fiestas de 1891, “a pesar de que aún no lucía la iluminación dispuesta para los días siguientes”. Ese año, en la plaza del Cristo (en realidad, “campo de San Francisco o campo de Santa Clara, desde el siglo XVI) “parecía que se había dado cita allí toda la crema de la sociedad tinerfeña” .

Siempre fue primordial la iluminación nocturna durante las fiestas, incluso una vez instalado el alumbrado público en 1845 (entonces solo cubría el entorno de las Casas Consistoriales, plaza del Adelantado y algunas calles más). En aquel tiempo, las principales calles de la ciudad se iluminaban con “farolas de gran tamaño [de petróleo o gas] y antorchas”.

Calles que se engalanaban con arquería decorada con gallardetes y banderas e iluminación a la veneciana (esto es, a base de farolillos recubiertos de vidrios o papeles multicolores, con una velita de cera en su interior), que se intercalaba con “innumerables farolillos chinescos de color de diferentes gustos y hechuras”.

Así, en las Fiestas del Cristo de 1892 las crónicas destacan que “las principales calles de la ciudad estaban adornadas con elegantes arcos, plumas, banderas y gallardetes, y las casas, templos y torres con tapices y colgaduras, iluminándose durante la noche” . Precisamente ese año, llamaron “en especial la atención las decoraciones de la plaza de San Francisco y las calles los Álamos y la Carrera, especialmente los arcos costeados por los comerciantes y por El Porvenir, por “su corte elegante y sencillo”, revelando “como en las pinturas”, el gusto artístico de su autor, Manuel Picar y Morales” . Sí, han leído bien, este polifacético lagunero, escritor, pintor, escultor, dibujante… de inspiración modernista, increíblemente casi olvidado, diseñó y decoró el arco del casino EL Porvenir de 1892 en honor al Cristo lagunero.

Un año antes, se trabajó “durante tres días para convertir la calle Carrera, que presentaba un aspecto bellísimo, en salón de paseo, razón por la cual, los paseos en la misma estuvieron muy animados” . Y es que el paseo por la calle Carrera llegó a ser casi un ritual.

Y en 1938, Rafael Arocha y Gillama nos sigue hablando de plumas engalanadas, de coloristas faroles, de la iluminación especial…

La arquería de los paseos está tapizada con los colores nacionales. De ella penden faroles de papel rizado, redondos y cilíndricos, veteados de rojo, azul, verde y amarillo, y al centro de los arcos, arañas también de papel de color con cadenas de lo mismo. Estas arañas tienen igualmente otros farolillos aplastados en forma de torta, que rematan el adorno inferior.

Flamean las banderas al soplo del viento y sus mástiles airosos, revestidos de follaje hasta la mitad, ostentan, los unos, un tríptico de pequeños fanales de cristales, los otros, una ruedecilla pirotécnica o una gruesa bengala que guarda en sus entrañas oleadas deslumbradoras de rojo y verde (…)

¡Qué típicos los faroles de petróleo de las calles laguneras en lo alto de los palos enramados con hayas, brezo o laurel! (…) Hay también otros faroles de papel de igual hechura en soportes en forma de cruz y los hay asimismo de cartón taladrado con varios dibujos de color.

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