El Cristo de La Laguna, la Plaza y las fiestas (II). Por Julio Torres

Retazos de las fiestas a través de los siglos
Es el 17 de septiembre de 1607 , virtud a la antigüedad y extensión de la devoción del pueblo hacia el Cristo; a las muchas veces que la Ciudad recurrió a Él solicitando acabar con la sequía, la langosta, las enfermedades…, y a la elevada concurrencia de gentes de las Islas por las muchas mercedes obtenidas, cuando el Ayuntamiento acuerda que en adelante “para siempre jamás se celebre la fiesta por ciudad” y se haga “con el mayor aparato y decencia que se pueda”, nombrándose diputados anuales para encargarse de la misma. Como era una fiesta de nueva incorporación, se arbitra que los 50 ducados previstos inicialmente se retraigan de los autorizados para gastar en la fiesta de la Candelaria. No será hasta 1656 cuando la contribución municipal se independice de la partida asignada a la festividad de la Candelaria.
Entonces, la contribución pecuniaria municipal se destinaba a los oficios religiosos, mientras que los actos populares corrían a cargo del llamado “proveedor de la fiesta”, un rico vecino de la Isla al que los monjes invitaban a organizarla y sufragarla. Cuando en 1659 se funda la Esclavitud, tres de sus miembros (el Esclavo Mayor y dos diputados) se encargarán de costear las fiestas. Renovada en 1873, las Constituciones de la Esclavitud de 1892 establecen una comisión de fiestas encargada de “arbitrar recursos para sufragar los gastos del culto y de los festejos (…), especialmente los del 14 de septiembre” ; comisión que subsiste en las de 1920 hasta que los esclavos, en 1926, consideran los actos populares ajenos a su misión religiosa.
Cuenta Fernández- Pousa que en el siglo XVII la Esclavitud gastaba gran cantidad de dinero en comedias, fuegos, saraos y torneos. Núñez de la Peña señala que los festejos duraban 8 días y se gastaban más de 1.000 pesos en los diversos actos.
En el siglo XVIII, la regresión económica que sufre Tenerife, unida a la merma de sus rentas y al aumento de las deudas contraídas por sus ascendientes para “exteriorizar su preeminencia social ante el resto de los ciudadanos” les impide financiar “pomposos actos religiosos y festivos” . Además, en tiempos en los que se desarrolla la Ilustración, al decir de Rodríguez Moure , “gran parte de la nobleza desistió del noble empeño que antes tuviera” para el realce y esplendor del culto al Stmo. Cristo, al considerar “fuera de tono” mostrase “sumiso y creyente”. Así, “los sencillos festejos de toros, cañas y comedias (…) sustituyéronse por las máscaras y las tapadas”. Ya en septiembre de 1792 el Cabildo prohíbe las tapadas, “aunque con poco éxito, porque en 1800 continuaban concurriendo a la plaza” . También era común que estas élites celebraran representaciones teatrales y saraos restringidos a los de su clase. En definitiva, a mediados del siglo XVIII y comienzos del XIX, se constata un declive de los festejos populares, aunque los franciscanos no descuidan el cuidado de las solemnidades religiosas. Será en los últimos años del siglo XIX cuando resurjan con pujante esplendor.
