Ventas, bodegas, tabernas y cafeterías del entorno de la Catedral de La Laguna: «El Café Central» (y II). Por Julio Torres

Los famosos dulces y pastas del Café Central
Detrás de buena parte del prestigio repostero del Café Central encontramos a una mujer cuyo nombre quedó asociado a la memoria gastronómica de La Laguna: Rita «la dulcera».
Rita vivía en la calle Juan de Vera, a la altura del callejón de Briones. En la parte trasera de su vivienda, orientada hacia la entonces inmensa huerta del Hotel Battenberg, tenía instalado su obrador. Allí elaboraba una repostería que llegó a ser considerada entre las más reconocidas de Tenerife durante las primeras décadas del siglo XX y hasta los años de la Guerra Civil.
Buena parte de aquella producción tenía como destino el Café Central.
De este modo, detrás de las vitrinas del establecimiento y de las bandejas que acompañaban al café se encontraba también el trabajo artesanal de aquel pequeño obrador lagunero. Sus dulces y pastas alcanzaron tal fama que el Café Central terminó convirtiéndose en un lugar de visita para quienes llegaban a la ciudad.
Se acudía allí para conversar, para encontrarse con conocidos, para participar o escuchar alguna tertulia y, naturalmente, para disfrutar de su afamado café con leche acompañado de los dulces de Rita.
Los visitantes llegaban desde distintos puntos de Tenerife y también desde otras islas. A ellos se sumaban los parroquianos habituales, que, según quedó en el recuerdo de la época, eran legión.

Un café en la memoria de La Laguna
El Café Central pertenece a una forma de entender la ciudad que fue desapareciendo lentamente. Aquellos cafés no eran únicamente establecimientos donde se consumía una bebida o se compraba un dulce. Eran también espacios de sociabilidad, pequeñas instituciones de la vida cotidiana en las que coincidían personas de procedencias y ocupaciones diversas.
En el caso del Central, su emplazamiento frente a la Catedral reforzaba todavía más ese carácter. Por sus puertas pasaban vecinos, comerciantes, religiosos, artistas, escritores y visitantes. Algunos entrarían únicamente a tomar un café; otros permanecerían durante horas conversando alrededor de una mesa.
Las fotografías antiguas de la calle de la Carrera nos permiten todavía situarlo dentro de aquel paisaje urbano: las fachadas tradicionales, los balcones, los primeros automóviles, los peatones caminando tranquilamente por la calle y, presidiendo uno de sus tramos más concurridos, el Café Central.
Hoy han desaparecido el café y buena parte de los establecimientos que posteriormente ocuparon aquel espacio. Sin embargo, permanece el recuerdo de una época en la que acudir al centro de La Laguna podía significar detenerse frente a la Catedral, entrar en el Central y pedir un café con leche acompañado por unas pastas recién llegadas del obrador de Rita «la dulcera».
Y quizá sea precisamente en esos pequeños detalles —una tertulia, una taza de café, una bandeja de dulces— donde mejor se conserva la historia cotidiana de una ciudad.
