Ventas, bodegas, tabernas y cafeterías del entorno de la Catedral de La Laguna: «El Café Central» (I). Por Julio Torres

Calle La Carrera y Plaza de la Catedral con el «Café Central» en los años 30. Diseño Julio Torres.

Dentro de nuestro recorrido por las antiguas ventas, bodegas, tabernas y establecimientos que dieron vida al entorno de la Catedral de La Laguna, merece un capítulo especial el Café Central. Aunque no encaja exactamente en lo que hasta ahora hemos venido denominando venta o taberna, desempeñó una función social muy semejante: fue lugar de encuentro, conversación y tertulia. Sin embargo, tuvo un carácter más señorial y distinguido que otros establecimientos tratados en esta serie.

Por sus mesas pasaron personajes vinculados al mundo de las letras y las artes, junto a sacerdotes, canónigos catedralicios y otros integrantes de la sociedad lagunera. En una ciudad en la que la Catedral y sus alrededores constituían uno de los principales espacios de convivencia, el Café Central fue durante años uno de esos lugares donde las noticias, las anécdotas y las conversaciones cotidianas circulaban al mismo tiempo que las tazas de café.

Frente a la plaza de la Catedral

El establecimiento tuvo su sede en la calle de la Carrera, frente a la plaza de la Catedral, en un enclave privilegiado del centro histórico de La Laguna. Con posterioridad, en aquel lugar estuvo la conocida tienda de Tabacos Álvaro, junto a la cafetería Alaska, establecimientos ambos desaparecidos y que permanecen en la memoria de varias generaciones de laguneros.

El Café Central fue un café y salón de té de primer orden. Pero si algo contribuyó especialmente a su fama fueron sus dulces y pastas, que acompañaban al café con leche y atraían tanto a sus parroquianos habituales como a visitantes llegados desde otros lugares de Tenerife e incluso de otras islas.

No resulta extraño que un establecimiento de estas características alcanzara semejante reputación en La Laguna. La tradición repostera de la ciudad hunde sus raíces varios siglos atrás. Tenemos constancia de la existencia de reposterías desde el siglo XVI, algunas de ellas regentadas por franceses, a lo que debe añadirse la importante herencia culinaria de los numerosos conventos masculinos y femeninos que durante siglos formaron parte de la vida lagunera.

En aquellas comunidades religiosas se conservaron y transmitieron recetas vinculadas tanto a la alimentación cotidiana como a determinadas solemnidades. Las festividades de sus respectivos patronos, el Triduo Pascual y otras celebraciones del calendario religioso eran ocasiones propicias para la elaboración de dulces, pastas y otras especialidades.

Esta tradición terminó trascendiendo los muros conventuales y las cocinas familiares. Las vitrinas de confiterías, cafés y establecimientos laguneros se llenaban de estas elaboraciones, especialmente durante las fiestas y celebraciones señaladas, convirtiendo la repostería en una parte inseparable de la cultura gastronómica de la ciudad.

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