Tascas, Bodegas, Casas de Comidas y Tabernas en la historia lagunera. Por Julio Torres: «Dos y Una»

El fotógrafo y artista lagunero Agustín Guerra Molina nos dejó la instantánea de «Casa Dos y Una», primera puerta de la derecha (1959). Coloreada IA 2026
En La Laguna, el «Dos y Una»
El Dos y Una fue una de las tabernas más carismáticas y recordadas de La Laguna. Abrió sus puertas en los difíciles años de la posguerra, concretamente en 1949, y hasta su cierre, en 1977, sirvió una serie de platos sencillos y caseros cuyo recuerdo todavía permanece vivo en la memoria colectiva de varias generaciones de laguneros.
Aún hoy se recuerdan en la ciudad sus papas con carne, los huevos fritos con chorizo y papas fritas y, por encima de todo, aquellos inolvidables bocadillos de papas fritas con salsa, que llegaron a convertirse en la gran especialidad de la casa. El secreto estaba en aquella combinación tan sencilla como difícil de olvidar: el pan de «Los Patitas», las papas fritas y la célebre salsa de don Domingo, que así se llamaba el cocinero. Cada día, cientos de personas acudían hasta la calle Viana, esquina con el Callejón de la Caza, atraídas por aquellos sabores.
La historia del Dos y Una comenzó en 1949, cuando Pancho Castañeda y su hijo Gustavo llegaron a La Laguna después de abandonar su residencia natal en la isla de El Hierro. A partir de entonces, y durante casi tres décadas, fueron escribiendo la historia de una taberna que se hizo especialmente popular por ofrecer comida abundante y sabrosa a precios asequibles, incluso para los bolsillos más modestos.
No es extraño, por tanto, que entre sus clientes más habituales se encontraran estudiantes, soldados y obreros.
El curioso nombre de «Dos y Una» tuvo también su origen en la propia clientela. Uno de los pedidos más solicitados durante los primeros tiempos consistía en dos pesetas de papas con carne y una peseta de vino. La petición llegó a hacerse tan habitual que bastaba con entrar y pedir:
—¡Dos y una!
Gustavo Castañeda, hijo del fundador y sobrino del cocinero, sabía perfectamente lo que tenía que servir. Con el paso del tiempo, aquella sencilla manera de pedir el menú terminó dando nombre al propio establecimiento.
En aquellos años, acudir a la universidad suponía un enorme esfuerzo económico para las familias menos acomodadas. La mayoría de los estudiantes disponía de muy poco dinero para sus gastos cotidianos y eran las tabernas, las pensiones y las fondas las que, en buena medida, se encargaban de cubrir las necesidades básicas de alimentación de muchos jóvenes que cursaban enseñanza media o estudios universitarios en La Laguna.
Y alrededor de aquellos establecimientos se fue creando también una particular forma de vivir la ciudad.
Una noche lagunera podía comenzar tomando unas cuartas de «vino con vino» y manises en el bodegón Méndez, en la calle Juan de Vera, frente a la antigua Casa de Socorro. Aquel bodegón, con sus características puertas de salón del Oeste, formaba parte de una ruta que podía continuar después con unas papas fritas con salsa y una cuarta de vino de El Hierro en el Dos y Una.
Y la noche podía terminar a las puertas de pensiones y colegios mayores donde se hospedaban solo universitarias, siempre acompañados de buenas parrandas, dispuestas a improvisar una serenata.
Pero una taberna como el Dos y Una no se recuerda solamente por lo que se comía y se bebía en ella. Se recuerda, sobre todo, por su gente.
Por allí desfiló un sinfín de personajes que formaban parte inseparable del paisaje humano de aquella vieja La Laguna: Elvirita, siempre con sus bolsos; Julito el Bicho, con su saco y su vieja gorra del cuartel; el Parejil, siempre maltrecho por las caídas provocadas por el coloque diario; Sanabria, empleado de Polo, el de la funeraria vecina; Ramona la Mosquita, llamada así porque siempre andaba cerca del vino; el Satrón, uno de los «limpias» de la plaza de la Catedral; Sigút, el de Correos; Timoteo, conocido popularmente como Miss Europa…
Y tantos otros.
La lista sería interminable.
Porque establecimientos como el Dos y Una fueron mucho más que simples tabernas. Fueron lugares de encuentro, refugio de estudiantes con pocas pesetas, parada de obreros y soldados, escenario de conversaciones, bromas, noches de parranda y personajes irrepetibles. Lugares modestos que, sin pretenderlo, terminaron formando parte de la historia cotidiana de una ciudad.
El Dos y Una cerró sus puertas en 1977, pero algo de aquella taberna permanece todavía en La Laguna. Permanece en quienes la conocieron, en las historias que se siguen contando y, especialmente, en el recuerdo de aquellos bocadillos de papas fritas con salsa, hechos con el pan de «Los Patitas» y la salsa de don Domingo.
Otro día les contaré la historia de aquellos personajes entrañables que hicieron del Dos y Una algo más que una taberna.
Porque ellos también forman parte de la memoria de La Laguna.
