Tascas, Bodegas, Casas de Comidas y Tabernas en la historia lagunera. Por Julio Torres: Casa Ambrosio

En primer plano, el inmenso salón de teja francesa (“Marseille”) de la COCAL en la lagunera calle de La Cordera. Foto desde la torre de la Concepción. Foto de principios del siglo XX. Coloreada con IA 2026
Casa Ambrosio: un vaso de vino en la memoria de La Cordera
Hay lugares que desaparecen de las calles, pero se resisten a desaparecer de la memoria.
Uno pasa muchos años después por donde estuvieron y ya no encuentra la puerta, ni la barra, ni aquellas mesas, ni las mismas caras. Han cambiado las casas, los comercios y hasta el trajín de la calle. Sin embargo, basta un nombre, un olor recordado o una conversación cualquiera para que, de repente, todo vuelva a estar en su sitio.
Eso me ocurre con Casa Ambrosio, una de aquellas casas de comidas de la vieja La Laguna que fueron mucho más que un lugar donde aliviar el apetito.
Ambrosio estaba en la calle de La Cordera y pertenecía a una ciudad distinta, a aquella Laguna de los años sesenta y primeros setenta en la que todavía había establecimientos que eran casi una prolongación de la calle. Allí entraban trabajadores, vecinos, conocidos y parroquianos de siempre; se comía, se bebía un vaso de vino y se hablaba de cuanto ocurría en la ciudad.
Su cocina no necesitaba presentación ni artificio. Era cocina de casa, cocina canaria, de caldero y cuchara, hecha para gente que sabía apreciar un plato bien servido. Y entre todo lo que salía de aquellos fogones quedaron para siempre en el recuerdo las papas rellenas y las papas con carne, especialidades que durante muchos años fueron santo y seña de Casa Ambrosio.
Pero hablar de Ambrosio es hablar también de los camioneros
Durante muchísimos años hubo en La Cordera una parada de camiones, y aquella casa de comidas terminó convertida, con toda naturalidad, en una especie de «oficina» de sus hombres. Allí se esperaba, se preguntaba por fulano o mengano, se cerraba algún asunto, se comentaban los portes y los viajes y, entre una cosa y otra, caía un plato de comida o un vaso de vino.
Era aquella una Laguna donde todavía se podía preguntar por alguien en un establecimiento y casi siempre aparecía quien sabía dónde encontrarlo.
Justo delante estaba la destilería del conocido Ron Cocal, instalada en un largo y hermoso salón cubierto de teja francesa y con una huerta en su parte trasera. Aquel edificio, que quienes conocieron la zona todavía podrán reconstruir con la memoria, formaba parte inseparable del paisaje de La Cordera.
Y allí, en aquel viejo salón, habría de nacer también el famoso ron miel, de la mano de Antonio Guerra, encargado general de la destilería y, como tantos otros de aquella zona, parroquiano de Ambrosio. Antonio conocía bien, por supuesto, las papas rellenas y aquellas papas con carne que daban fama a la casa.
Todo quedaba cerca. Todo parecía formar parte de una misma escena
La parada de los camioneros, Ambrosio, la destilería, el callejón de San José, La Cordera y, un poco más allá, la torre de La Concepción, marcando con su presencia uno de los perfiles más queridos de la ciudad.
Y es precisamente aquí donde la historia de Casa Ambrosio deja para mí de ser solamente la historia de una antigua casa de comidas y se convierte en recuerdo personal.
Un martes de abril de 1972
Fue el martes 4 de abril de 1972, apenas dos días después de aquel Domingo de Resurrección.
Había ido con otro compañero a devolver a uno de los camioneros de la parada una batería que nos había prestado para el paso de los Santos Varones. Aquellas eran cosas muy propias de entonces: alguien necesitaba algo para sacar adelante un acto de Semana Santa, se preguntaba, aparecía quien podía prestarlo y después se devolvía con el agradecimiento debido.
La batería nos llevó hasta La Cordera y, estando allí, entramos en Casa Ambrosio.
En la barra me encontré con un buen amigo, Juan José García, «Calzones».
Aquel día Juan José tenía un motivo extraordinario para estar contento. Acababa de nacer su primera hija, Catia, en la conocida clínica de don Roberto Ucelay, junto a la torre de La Concepción y muy cerca, por tanto, de donde nos encontrábamos.
«Calzones» me invitó a un vaso de vino.
Y brindamos.
Brindamos allí mismo, en la barra de Ambrosio, por aquella niña que acababa de llegar al mundo.
Un simple vaso de vino entre dos amigos, como tantos otros que seguramente se sirvieron durante los años de vida de aquella casa. Nada hacía pensar entonces que, más de medio siglo después, aquel pequeño gesto iba a convertirse para mí en una de las estampas más nítidas que conservo del lugar.
Lo cuento también porque siempre me unió una gran amistad con «El Calzones», hombre entrañable y magnífica voz solista de aquellos Sabandeños históricos que forman parte de la memoria musical de nuestras islas.
Y quiso además el tiempo, que tantas vueltas da sin pedir permiso, enlazar aquel nacimiento con otra historia profundamente lagunera.
Aquella niña por cuyo nacimiento brindábamos en Ambrosio es la madre de Ibrahín Hernández García, que con los años se ha de convertido en ser uno de los mejores imagineros que ha dado san Cristóbal de La Laguna.
Así que aquel martes de 1972, mientras levantábamos nuestros vasos, ninguno de nosotros podía sospechar las vueltas que habría de dar la vida.
Yo solamente veía a un amigo feliz porque acababa de ser padre
Las vueltas de la vida
Ahora, tantos años después, mientras escribía estas líneas sobre Casa Ambrosio, aquel momento regresó de pronto a mi memoria.
Vi otra vez la barra.
Vi a Juan José.
Y recordé aquel vaso de vino.
Incluso pude situar con exactitud una fecha que había permanecido tantos años guardada en algún rincón de la memoria. Bastó preguntarle al amigo Ibrahín qué día había nacido su madre.
4 de abril de 1972.
Y allí estaba la fecha.
De pronto encajaron las piezas: la Semana Santa, el Domingo de Resurrección, la batería prestada para el paso de los Santos Varones, el camionero de La Cordera, la entrada en Ambrosio y Juan José García «Calzones» celebrando el nacimiento de su primera hija.
La memoria tiene esas cosas
Uno cree que ha olvidado y resulta que no. Los recuerdos permanecen esperando alguna palabra que los despierte.
A comienzos de aquellos mismos años setenta desaparecería también buena parte de la estampa que había rodeado a Casa Ambrosio. El gran salón de la destilería fue derribado y en su lugar se levantaron los edificios que cambiaron para siempre la fisonomía de aquel rincón lagunero.
Con el tiempo cerraría también Ambrosio
Pero su cocina no desapareció completamente. Parte de aquella tradición quedó vinculada después a La Cordera, en el muy lagunero callejón de San José, en su esquina con la calle de La Cordera. Allí volvió a sentirse algo del espíritu de aquella casa de comidas con tanta solera, enriquecido después con las aportaciones de los recordados Emilio y Leo.
Para muchos quedarán las papas rellenas.
Para otros, las papas con carne.
Habrá quien recuerde a los camioneros entrando y saliendo, quien todavía vea con los ojos de la memoria aquel salón de teja francesa donde se destilaba el Ron Cocal, o quien recuerde a Ambrosio lleno a la hora de comer.
Yo, además de todo eso, guardaré siempre un vaso de vino.
El que compartí aquel martes 4 de abril de 1972 con mi amigo Juan José García «Calzones», mientras celebraba, orgulloso y feliz, que acababa de nacer su primera hija.
Quizá ahí esté el verdadero valor de aquellas viejas casas de comidas.
No solamente en lo que se cocinaba dentro de ellas, sino en las vidas que pasaron por sus puertas.
Porque los establecimientos cierran, los edificios se derriban y las calles cambian de aspecto. Pero quedan las conversaciones, los amigos, los sabores y algunos instantes pequeños que, sin saberlo entonces, terminan acompañándonos durante toda la vida.
Y cuando uno vuelve a recordarlos, aunque hayan pasado más de cincuenta años, parece que la vieja Laguna abre por un momento una de sus puertas.
Detrás está La Cordera.
Está Ambrosio.
Está «El Calzones», feliz porque acaba de ser padre.
Y sobre la barra esperan todavía dos vasos de vino para brindar.
