La Virgen del Carmen de La Hoya: crónica de una devoción nacida entre el mar y los veraneantes laguneros (I). Por Julio Torres

La historia de la Virgen del Carmen de La Hoya, en Punta del Hidalgo, forma parte de la memoria colectiva de un pueblo cuya existencia siempre ha estado ligada al mar. La devoción a la patrona de los marineros, hoy profundamente arraigada entre los vecinos, nació a finales de la década de 1920 gracias a la iniciativa de varias familias de veraneantes laguneros que, fascinadas por este rincón de la costa nordeste de Tenerife, decidieron dejar un legado que con el paso del tiempo terminaría convirtiéndose en una de las tradiciones más emblemáticas del municipio de San Cristóbal de La Laguna.
Durante las primeras décadas del siglo XX, Punta del Hidalgo comenzaba a consolidarse como lugar de descanso estival para numerosas familias de La Laguna. Atraídas por el clima, el paisaje y la tranquilidad del pequeño enclave pesquero, levantaron sus casas de verano en el barrio de La Hoya, compartiendo durante los meses estivales la vida cotidiana con los pescadores y sus familias. De aquella convivencia surgiría una estrecha relación humana y espiritual que desembocó en la creación de una capilla dedicada a la Virgen del Carmen.
La imagen y la ermita fueron donadas por un grupo de estas familias, entre las que se encontraban las de don Ciro de Ucelay Marcoide, los Cambreleng, don Carlos Nóbrega, don Eugenio Martín —padre de Enrique «Kike» Martín Núñez—, don Víctor Núñez y la familia Renshaw, entre otras. El investigador Víctor Núñez, en su trabajo «Celebrando San Enrique en la casa de Enriqueta Núñez y Quique Martín Núñez. 1964», amplía la relación de quienes participaron en aquella iniciativa, testimonio del compromiso de aquellos veraneantes con la vida social y religiosa de La Punta.
La primera procesión tuvo lugar en 1929. Desde entonces, la Virgen del Carmen comenzó a recorrer cada verano las calles de La Hoya para encontrarse con el mar, escenario cotidiano del trabajo de los pescadores. Aquella sencilla celebración inicial se transformó con el paso de los años en una de las expresiones religiosas más singulares de Tenerife, hasta convertirse en una cita imprescindible del calendario festivo lagunero.
