Las brujas en Canarias (II), por Ludmila Wright Wright

De pie seña Luginia, curandera de las cuatro esquina de San Diego, La Laguna.
MUJER, MITOS Y APARICIONES
Tenemos que entender que la presencia del personaje de la bruja en Canarias es una mezcla de la superstición, es decir, la creencia y razonamiento de cosas que no se podían explicar lógica-científicamente con los conocimientos que se tenían entonces, y las habilidades u oficios llevados principalmente por mujeres que estuvieran relacionadas con la salud y el bienestar. Muchas personas reales a las que se les ha tachado o etiquetado de bruja eran mujeres yerberas, parteras, curanderas y poseedoras de remedios tradicionales (Marca Canaria, s.f.); a su vez, muchas de ellas se encontraban en situaciones socialmente vulnerables: viudas, solteras, racializadas (negras, mulatas, gitanas), en situación de pobreza, y de deficiencia física o mental. La propia misoginia de la sociedad patriarcal podía señalar a aquellas mujeres que tuvieran algún tipo de comportamiento que se saliera fuera de lo aceptado, como reírse muy alto, ser letrada, tener amantes o cometer infidelidad, etc.
Así, la figura de la bruja se convertía en un método de control social, nacido de una sociedad conservadora y arcaica, como fue el territorio canario hasta hace poco. Y aunque en muchas ocasiones la hechicería no se practicó con fines malignos, seguía siendo considerado un delito, aunque de carácter menor. De esta forma, tanto la Inquisición como la comunidad emplearon esta etiqueta y acusación como método de control de la población (Hernández, 2021)
¿Pero cómo se manifestaban estos miedos y creencias en la comunidad?
Entre las habilidades más comunes que se le atribuían a las brujas, una de estas era la metamorfosis. En el imaginario europeo, esta transformación suele manifestarse a través del gato negro; pero en Canarias se reinterpreta a través de la fauna más común, como el cochino, las gallinas, la cabra, etc. El acto de transformarse en una bestia es mayoritariamente de carácter burlesco y humorístico, rara vez para herir o espantar a alguien. Asimismo, el diablo tomaba la forma de animales relacionados con el archipiélago, como es el caso del camello tras su importación a Canarias después de la conquista (López González, 2014).
En cuanto a los métodos de detección de una bruja, existe el de dibujar una cruz en el suelo y clavar en el centro de esta un cuchillo o una navaja; dependiendo del relato o testimonio, a veces se dibuja un círculo alrededor de la cruz. Este método serviría no sólo para revelar a una bruja convertida en animal, retornándola a su forma humana desnuda, sino también para mantenerla inmovilizada en el sitio. Este acto se denomina “clavar la bruja” (García Barbuzano, 2001).
Entre las creencias más recientes, la idea de que las brujas han ido desapareciendo porque se levantaron cables y alambres de electricidad entre las ciudades y los pueblos todavía persiste (Monroy Caballero, 2017). La tradición mantiene que la desaparición de estas es debido a que no pueden volar sobre sus escobas por culpa del cableado, pero desde una perspectiva más realista y lógica, entendemos que la llegada de la luz hasta los rincones más remotos de la isla crea una sensación de mayor seguridad en la población. Ya no hay brujas ni hechiceras que merodeen por la noche entre las tinieblas, no vaya a ser que sean detectadas por los vecinos.
También se citaban en voz alta fórmulas para protegerse o espantar a las brujas, como podría ser la siguiente:
Canta el gallo blanco, cal y canto.
Canta el gallo rubio, cal y entullo.
Canta el gallo negro,
¡juria para el infierno!
(Siemens Hernández, 1970)
Por último, entre los temores más comunes que existían entre la población relacionados a las brujas, estaba el rapto de los recién nacidos o los bebés para chuparles la sangre (Ferraz, 2013). Se cree que esta superstición tiene raíces europeas, inspiradas en el mito del vampiro que se extendió intensamente a lo largo de todo el territorio norteño.
Las brujas, como tal, no habitaban un lugar específico; al fin y al cabo, era muy probable que cada pueblo y comarca tuvieran su propia yerbera o curandera, y si no, las anécdotas y testimonios personales volaban de comunidad en comunidad, muchas veces transformándose con el boca a boca.
Pero sí que hay una creencia específica atribuida a las zonas forestales elevadas, conocidas hoy en día como los bailaderos, donde se decía que las brujas organizaban sus aquelarres. El propio término de bailadero tiene una raíz terminológica interesante, ya que puede entenderse de dos maneras diferentes, y ambas comparten un factor espiritual. El primero podría venir de los baladeros guanches, donde celebraban una especie de ritual en el que los aborígenes llevaban a las ovejas a los montes y separaban a las madres de sus crías, en lo que estas balaban. Este rito se hacía para invocar las lluvias en tiempos de sequía. El segundo viene del acto de bailar durante los aquelarres en torno a una hoguera, invocando los espíritus sobrenaturales y consumiendo sustancias alucinógenas (Monroy, 2017).
Todas las islas tienen alguna localización vinculada a las supersticiones y mitos de brujas; en Tenerife, por ejemplo, tenemos la zona conocida como El Bailadero, situada en el Macizo de Anaga.
