De camino hacia el Día de la Cruz: En la lagunera Plaza del Cristo se encuentra «La Cruz de las Venganzas» (I). Por Julio Torres Santos

Habló el viejecito. Su voz lenta y premiosa era una evocación de otras edades Y de otros hombres.

Según algunos historiadores e investigadores, «Esta capilla fue trasladada a este lugar anteriormente señalado al ser repartida la Vega en 1810», pues, como precisa José Rodríguez Moure, «la data que se le hizo a José Amaral fue a condición de que llevasen a efecto estas traslaciones» (Imposible que la fecha fuera 1810, ya en 1779 aparece en el plano de la ciudad realizado por el frances M. le Chevalier).

Fué en un lugar muy cercano de aquí, en el hermoso valle de Las Mercedes, donde vivía una bella muchacha llamada Maruca. Alta, morena, delgada, de ojos negros muy grandes, de abundantes cabellos oscuros, boca bien dibujada y labios muy finos que sonreían sin cesar. Su ocupación era las faenas del campo, y vivia con sus padres en una casita cercana a la plaza de la ermita, donde entraba el sol que era una bendición.

La muchacha, que sabía que era guapa, tenía una docena de pretendientes. Entre todos, el más asíduo, el que la amaba de verdad, pero quizás el menos afortunado era Antón, el gañán que pasaba las horas comtemplando a Maruca mientras trabajaba, para lo cual conducía el ganado por los lugares cercanos a donde aquélla estaba. Pero la joven no quería a Antón; le tenía afecto por conocerse desde pequeños, y le era simpático por las frecuentes pruebas de cariño que aquél le daba.

Otro pretendiente tenía al que desde el principio le demostró antipatía; era un cabo de la partida de tropa fija de guarnición en La Laguna, que por todos los medios quería que la joven le amase. La perseguía y hasta llegó a amenazarla, pero nada consiguió; y cuando ella supo que el cabo vivía con una mujer en la ciudad, y que de aquellos amores había nacido un niñó, llamado Juan, que ya contaba unos diez años, entonces la antipatía por el cabo creció de punto.

(1) Una de las capillas de cruz más conservada de la ciudad de La Laguna se localiza en en la esquina de la plaza del Cristo. Plano de la ciudad de La Laguna en 1779, debido a M. le Chevalier.

Así las cosas, llegó a La Laguna el regimiento de América. En el cuadro de oficiales venía un apuesto cadete que al ver a Maruca quedó prendado de la bella campesina, yendo a verla con frecuencia a Las Mercedes, y hablándole de amores. Lo supo el cabo y reprochó a la joven su conducta, dándole a entender que el cadete tenía el propósito de engañarla; pero ésta se burlaba de las palabras del cabo. Entonces, ciego de rabia y de celos, juró matar al cadete y, en efecto, la tragedia se consumó. Una tarde, cuando el oficial regresaba de Las Mercedes, una bala lo dejó sin vida en el camino. El cabo confesó su delito, se le formó consejo sumarísimo y fué condenado a muerte.

Por ese tiempo, Antón, el fiel y perseverante novio de Maruca, había sido llamado a filas, servía como soldado en el regimiento de América. Antón conocía la conducta del cabo con la joven, las calumnias que le habia levantado y de las cosas que se jactaba. Sabia también que las relaciones con el cadete fueron un pasatiempo inocente y, por todo esto, al preguntar el jefe si había algún soldado que voluntariamente quisiese formar parte del pelotón que había de ejecutar al cabo, Antón fue el primero que dio un paso adelante.

En el amanecer del 21 de marzo del año de 1771, La Laguna contempló un espectáculo nuevo e inusitado: el fusilamiento del cabo en la plaza de San Francisco (Plaza del Cristo). Las crónicas de aquel tiempo aseguran que, formado el cuadro de ejecución y á la voz de mando, una certera bala atravesó el corazón del reo. Antón había vengado a Maruca.

Entre la muchedumbre que acudió a la ejecución estaba una mujer con su hijo que, llorando, no cesaba de repetir al muchacho que la acompañaba estas palabras: «Mira, hijo, ese fue quien mató a tu padre», y señalaba a Antón. Era la amante del cabo que inculcaba a Juan la idea de la venganza. Y cada vez que hallaba al antiguo gañán, llamaba a su hijo para decirle, mientras sus ojos despedían odio: «Mira, ese fue quien mató a tu padre».

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