Curiosidades e historia de la cuaresma y la Semana Santa lagunera: La matraca

El Jueves Santo, a mediodía, después de rasgarse el velo negro, comenzaba la actividad de la matraca. Las campanas enmudecían y, entonces, el extravagante armatoste, accionado por un “beo”, daba volteretas en lo alto de la torre, esparciendo su peculiar estruendo por todo la Ciudad.
Durante esos días santos, el silencio de las campanas simbolizaba el luto por la muerte de Cristo. En su lugar, la matraca se convertía en la encargada de anunciar los oficios y marcar determinados momentos litúrgicos. Su sonido áspero y seco, muy distinto al de las campanas, formaba parte del ambiente solemne que envolvía a la comunidad durante el Triduo Pascual.
Para los campesinos la matraca resultaba el más extraño de los artilugios. Muchos miraban extasiados su movimiento desde la plaza o desde las calles cercanas a la iglesia, contemplando con admiración al encargado de hacerla sonar. Ver cómo aquel gran aparato de madera giraba con violencia mientras lanzaba su estruendo resultaba casi un espectáculo.
El responsable de ponerla en funcionamiento solía ser un vecino designado para la tarea o alguien relacionado con la iglesia. Subía hasta la torre y, con esfuerzo, accionaba el mecanismo que hacía girar la estructura de madera. Desde lo alto, el ruido se extendía por los campos y llegaba a las casas, recordando a todos que se acercaban los oficios de Semana Santa.
Nos han contado que estos encargados solían recibir un pequeño reconocimiento popular. No era raro que, en alguna taberna o reunión vecinal, se brindara con el más lleno de los vasos de vino “al que tocaba la matraca”, celebrando con humor y camaradería la singular tarea de manejar aquel ruidoso mecanismo.
Con el paso del tiempo, muchas de estas matracas desaparecieron o dejaron de utilizarse, sustituidas por sistemas más modernos o simplemente por el regreso del sonido de las campanas. Sin embargo, en la memoria de la Ciudad sigue viva la imagen de aquel gran artefacto de madera que, durante unos días al año, rompía el silencio de la torre de la Concepción y llenaba el aire con su inconfundible estrépito.
En la actulidad se usa en la lagunera iglesia de Santo Domingo.
