La Laguna despide a un pastor de carácter y cercanía. Por Juan Pedro Rivero González

Un lagunero más en día de lluvia. Foto: Antonio Rueda 2005.

La Laguna amanece hoy con un silencio distinto. La noticia de la muerte de don Bernardo Álvarez Afonso, obispo emérito de Tenerife, ha recorrido la ciudad como esas campanas que, de pronto, nos interrumpen el paso y nos obligan a levantar la mirada. Tenía 76 años y afrontaba desde hacía meses la dureza de la ELA, una enfermedad que ya había golpeado a dos de sus hermanos. Su partida no ha sorprendido; pero sí ha dolido, porque pocos rostros han sido tan habituales en la vida religiosa y social de La Laguna como el suyo.

Para muchos laguneros, don Bernardo no era solo el obispo. Era una presencia reconocible: la figura que cruzaba la plazas y las calles, el saludo afable al entrar en la Catedral, la visita pausada a las parroquias, el respeto con que conversaba con autoridades, comerciantes o estudiantes que lo encontraba por la calle. Su carácter fuerte era conocido, pero en la cercanía mostraba una cordialidad sencilla, casi familiar, que hacía fácil el trato.

Su larga etapa de diecinueve años al frente de la diócesis coincidió con momentos muy significativos para La Laguna: la restauración de la Catedral, la revitalización de la vida parroquial del casco histórico, el acompañamiento a las comunidades religiosas, la presencia en celebraciones y actos cívicos que forman parte de la identidad lagunera. Tuvo una relación especialmente intensa con la vida cultural y patrimonial de la ciudad, consciente de que en La Laguna la historia no se visita: se habita.

Quienes lo trataron de cerca reconocen que era un hombre de convicciones firmes y palabra directa. No temía expresar lo que creía, y eso le granjeó tanto adhesiones como críticas. Pero incluso en los momentos más tensos, mantuvo esa actitud de respeto que él consideraba indispensable para el servicio episcopal. Su decisión personal, a veces interpretada como dureza, era para él un compromiso con la claridad y la responsabilidad.

En los últimos meses, la enfermedad lo fue apartando lentamente de la vida pública lagunera. La ELA le fue robando el movimiento, la voz, la fuerza, pero no la serenidad. Su presencia en la ciudad se volvió más silenciosa, más frágil, pero también más significativa. Su forma de vivir la dolencia −con humildad, sin queja, acompañado de quienes lo querían− se ha convertido en un testimonio que muchos han sabido reconocer: un modo de decir que la dignidad no se pierde cuando el cuerpo se debilita.

La Laguna, ciudad de paso lento y memoria larga, guardará de él imágenes que no se borran: el obispo que presidió las grandes celebraciones en la Catedral reabierta; el pastor que acompañó a familias, cofradías, estudiantes y mayores; el hombre que sabía escuchar en los patios y despachos del Obispado; el sacerdote que caminaba a su ritmo, sin prisa, pero con una determinación que rara vez se torcía. Era, en cierto modo, un rostro más del paisaje humano lagunero.

Hoy, al despedirlo, la ciudad reconoce en don Bernardo Álvarez algo más que una figura pública: reconoce a un pastor que vivió aquí, que caminó estas calles, que rezó en estos templos y que quiso a esta gente. Su vida no fue perfecta —la de ningún pastor lo es—, pero fue una vida entregada, marcada por la reciedumbre, la fe y una presencia constante que deja huella. La Laguna lo despide con respeto y con gratitud. Y, mientras las campanas de la Catedral vuelvan a sonar por él, la ciudad sabrá que despide a uno de los suyos.

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