«ENTRE EL CRISTO Y LA SOLEDAD». Por Juan Pedro Rivero González

La ciudad de La Laguna guarda un ritmo propio en septiembre. Sus calles, siempre vivas, se visten de devoción y de memoria. El 14 llega con la solemnidad del Cristo, Señor de la ciudad y de la isla, y el 15 se acoge a la ternura de su Madre, la Virgen de la Soledad. Dos días, dos fiestas, un mismo corazón creyente que late al unísono en la fe del pueblo.
No hay hijo sin madre, ni madre sin hijo. El Crucificado de La Laguna no se entiende sin la presencia discreta de aquella que lo sostuvo en brazos primero en Belén y después al pie de la cruz. Y la Virgen de la Soledad, en su hondura de silencio, no se comprende sin el rostro del Hijo que amó hasta el extremo.
La Catedral, estos días, se convierte en casa grande que acoge al Cristo. El Cabildo Catedralicio abre sus puertas y su alma para recibir al Señor que bendice a La Laguna. Allí la fe se hace celebración, tradición y encuentro. Es el centro espiritual que recuerda a todos que la cruz sigue siendo luz en medio de la historia.
Y, sin embargo, mi mirada no puede quedarse solo ahí. Desde Santo Domingo, la parroquia se prepara para acoger a la Madre. La fiesta de la Soledad, tan cercana al Cristo, es como el eco que completa la melodía. Si el día 14 contemplamos la gloria de la cruz, el día 15 aprendemos la hondura de la maternidad que acompaña, espera y sostiene.
Ser hijo es saberse amado. Por eso, la devoción al Cristo de La Laguna nace de un pueblo que se reconoce acompañado por el amor incondicional del Hijo de Dios, que carga con nuestras debilidades y nos regala esperanza. La procesión, las oraciones, los silencios compartidos en la Catedral no son un rito vacío, sino la certeza de una cercanía.
Ser madre es custodiar, guardar, acompañar. Así lo expresa la Virgen de la Soledad, que se convierte para los laguneros en refugio y en consuelo. Ella representa el corazón humano que no se rinde, que no abandona, que sabe permanecer de pie aun cuando la vida parece quebrarse.
Cristo y su Madre, inseparables en la fe de la Iglesia, lo son también en las fiestas laguneras. No podemos celebrar al Hijo sin recordar a la Madre; no podemos venerar a la Madre sin mirar al Hijo. Ambos forman parte de la misma historia de amor que Dios ha querido escribir en medio de nuestro pueblo.
Por eso septiembre en La Laguna es más que un calendario: es una lección de fe encarnada en imágenes, templos y procesiones. Es un diálogo entre el Cristo y la Soledad, entre el amor que se entrega y el amor que acompaña. En esos días, la ciudad entera aprende de nuevo a ser hija y a ser madre.
Que al venerar al Cristo y a la Virgen, el corazón lagunero se renueve. Porque creer no es otra cosa que reconocerse hijo de un Dios que se entrega y dejarse acoger por una Madre que nunca abandona. Entre el 14 y el 15, entre el Cristo y la Soledad, late el alma de nuestra fe.
