Pregon de la Semana Santa de La Laguna 2015 (I). Por Francisco González de Aledo y Buergo

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En este tipo de actos, generalmente se suele comenzar dando las gracias a aquellas personas que han confiado en ti para tan importante misión, en este caso la de pregonar la Semana Santa de nuestra querida Laguna.

Eso lo haré también yo, por supuesto, pero antes, sí me lo permiten, quisiera compartir con ustedes las vivencias que tuve en la tarde del jueves 15 de enero. Ese día, recibo la llamada del Sr. Obispo y me indica que quería hablar conmigo. Tras unos minutos charlando, me dice, ¡¡bueno!! vamos a hablar del asunto, y como decimos coloquialmente, soltó la bomba, me habían propuesto para que leyera el pregón de la Semana Santa de La Laguna 2015, y que siendo él quien tendría finalmente que decidir, le parecía correcta la propuesta.

Y ahora amigos comparto con ustedes no un secreto propiamente dicho, sino una vivencia que hasta hoy solo conocían el Sr. Obispo y mi querida esposa. Sencillamente le contesté respetuosamente que no me atrevía a aceptar tal encargo. Le expliqué los motivos de mí negativa pues pensé, y lo sigo pensando, que no solo no sabría hacerlo sino además que no era yo merecedor de tan alto honor. Trató de convencerme con varios argumentos, entre otros, además de ser Cofrade, el de mí condición de Abogado en ejercicio, que estaría por tanto acostumbrado a hablar en público, que tenía experiencia y todas esas demás cosas que te dicen cuando quieren convencerte para que hagas algo que realmente no quieres, o no sabes hacer. Nos despedimos cordialmente y me fui para mí casa,sinceramente muy confuso y en el fondo disgustado por mi decisión.

Les confieso queridos amigos que esa noche no pude dormir ni un minuto. Muchos pensamientos y vivencias me acompañaron durante toda la noche, unos que me empujaban a que pensara bien las cosas y rectificara y, otros, que me repetían ¡que necesidad tienes tú de esto ahora!.

Pero como les decía, en esa larga noche también revoloteaban en mi cabeza multitud de recuerdos, de entrañables vivencias y, sobre todo, me acordé de personas queridas que vivieron profundamente y con autentico sentido cristiano nuestra Semana Santa, que me la inculcaron y a las que yo no podía defraudar. Pues bien, para no cansarles más, sobre las 08:30 horas de la mañana del viernes 16, contacto con el Sr. Obispo y le pregunto si estaba a tiempo de rectificar. Me confirmó que contaba conmigo para que leyera el pregón y aquí estoy queridos amigos.

Ahora, mi profundo y sincero agradecimiento a D. Pedro López, Presidente de la Junta de Hermandades y a su Comité Ejecutivo, y por supuesto al Sr. Obispo por concederme tan inmerecido honor. Agradezco igualmente las cariñosas palabras de la presentadora, que verdaderamente ha adornado y ampliado mucho el brevísimo curriculum que le pasé hace unos días. Hoy, además, es un bonito día para leer el pregón, día de San José, día del Padre y para los laguneros también fecha especial, pues tal día como hoy, en el año 1.534, nacía José de Anchieta. Antes de comenzar quisiera tener un pequeño recuerdo para D.José Antonio de la Torre Granados, que enterramos justo ayer, que además de haber sido Alcalde fue pregonero de la Semana Santa.(Qepd).

No sé sinceramente que habrán visto en mí, pues mis únicos meritos, de tener alguno, son solo la de ser cristiano, cofrade, esclavo y lagunero hasta la médula. En un acto como el de hoy, hace unos años, recuerdo las palabras con las que comenzaba su intervención un querido sacerdote. Iniciaba su lectura

historia, que era solo creyente y sacerdote y desde esa identidad quería pregonar la Semana Santa.

Pues bien, a mí me pasa prácticamente lo mismo, no soy experto, ni en arte, ni en historia, pero es que además no soy sacerdote, por lo que la misión se complica aún más. Espero de todo corazón que sepan disculparme y solo me queda por ello apelar a vuestra paciencia y a vuestra comprensión.

En aquella larga noche que les comenté, recordé con emoción a mi querido Padre, que fue de los primeros, no sé si el primero la verdad, que leyó el pregón de la Semana Santa de La Laguna, concretamente en el año 1.949. En esa época, el acto de la lectura del pregón no se celebraba, como hoy, en las Iglesias, sino que se hacía en la radio, en el caso de mi Padre y en el de otros ilustres pregoneros, en Radio Club Tenerife.

También tuvo el honor de leer el pregón de la Semana Santa en el año 1.977 mi querido y siempre recordado hermano Federico, precisamente en este mismo templo de la Concepción. Espero de verdad que los dos, junto a mi madre, desde el cielo me acompañen y me ayuden en este difícil compromiso.

Desde mi infancia conozco y participo activamente en la Semana Santa de La Laguna. Desde muy niño soy Cofrade de la Hermandad de la Sangre de Cristo y de la Santa Cruz, de la que tuve el gran honor de ser Hermano Mayor en el año 1987. Tomé también de joven la medalla como miembro de la Esclavitud del Santísimo Cristo de La Laguna. A ambas también pertenecen mis queridos hijos, además de primos y prácticamente todos mis sobrinos. Tenemos que ser capaces de conseguir que la juventud se implique, y nosotros con ellos, para que el relevo generacional, que por fuerza tiene que producirse, mantenga el esplendor de la Semana Santa y sea una garantía de continuidad. No podemos defraudar a los que con tanto amor y dedicación supieron en tiempos pasados recoger el testigo para trasladárnoslo a nosotros.

Y volviendo a mis comienzos, si ustedes me lo permiten, les comento brevemente como me inicié en la Semana Santa Lagunera, aunque la fecha no la se exactamente. Solo sé que con muy pocos años prosesionaba delante del Señor de la Cañita, que así conocemos los Laguneros a la Imagen del Ecce Homo, portando en mis manos, con unos guantes blancos, unos cojines con fondo rojo, sobre los que se colocaban distintos símbolos de la pasión. Éramos 10 o 12 niños entonces.

Casi todo, por no decir todo en esa Cofradía, lo gestionaba, coordinaba y arreglaba el recordado D. Francisco García Fajardo, persona muy respetada y apreciada no solo por la gran familia cofrade, sino por todos aquellos que pasaron también por el Instituto Cabrera Pinto, en el que impartió clases durante muchísimos años. Desde aquí mí modesto pero sincero recuerdo y homenaje a uno de los grandes valedores de la Semana Santa de La Laguna.

Unos años más tarde, tomé la medalla como Esclavo del Santísimo Cristo de La Laguna, en la cual tuve el inmenso honor de ser Esclavo Mayor durante el año 2008. Recuerdo con emoción en el mes de Octubre de ese año, un viaje que hicimos un grupo de laguneros y Esclavos a Roma, coincidiendo con el centenario de la concesión del titulo de Pontifica a la Esclavitud. Tuve la gran suerte de saludar al Papa Benedicto XVI y entregarle personalmente una hermosa escultura del Cristo, en nombre de la Esclavitud y también en nombre de La Laguna.

Por tanto, con más de cincuenta años de travesía en la Semana Santa de La Laguna, se pueden imaginar ustedes que las vivencias y recuerdos son innumerables, y por tanto, se hace muy difícil de resumir, además de que no pretendo aburrirles, sino simplemente trasladarles como conocí y como he vivido la Semana Santa. Al preparar este pregón, me vinieron a la cabeza recuerdos de la procesión magna, pero no del recorrido en si, ni de las imágenes, ni de las Cofradías, sino de aquellos momentos previos a la salida de los pasos desde la Catedral. Allí, además del antes recordado D.Francisco García Fajardo, estaban personas entrañables de la Esclavitud del Cristo como D. Juan Trujillo, D. Bonfilio Marrero y otros muchos más. Junto con los niños de los Hermanos de la Salle y su Nazareno no podía faltar el queridísimo Hermano Ramón Padilla, al que los laguneros y en general todos los que lo conocieron no dudaban en afirmar que era un santito. Allí estaba también D. Mateo Arbelo y tantos y tantos más, pero no quiero seguir recordando a más personas pues me dejaría muchísimas atrás y sería del todo injusto.

Pero entre todas estas personas que preparaban aquella salida del viernes Santo y se esmeraban para que todo fuese ordenado y solemne, se encontraba un sacerdote al que luego tuve la oportunidad de conocer mucho, Don Pedro Juan. Era todo un personaje. Creo sinceramente que nunca se le reconoció suficientemente todo el trabajo, el entusiasmo, el amor y desvelo que dedicó a la Semana Santa de La Laguna.

Y dentro de esas vivencias personales, tampoco podré olvidar mí primera salida en la madrugada del Viernes Santo, acompañando a nuestro Cristo de La Laguna. Créanme amigos que es difícil de olvidar. Como expresó un pregonero hace años, la madrugada es la procesión de las presesiones laguneras, allí el fervor, el silencio y el respeto no se imponen sino que nace espontáneamente. Son cientos de personas las que quieren acompañar al Señor de La Laguna por sus calles y plazas en esa larga noche, en la noche en que volvemos a meditar sobre las siete últimas palabras de Jesucristo antes de morir en la Cruz. Esa noche invita a la reflexión y a la meditación. Son muchas las personas que visitan diariamente al Cristo en su Santuario, para hablar con él y poder contarle sus penas, especialmente los viernes. Pues en la madrugada del Viernes Santo, cuando la figura del Señor se agiganta en el silencio y en la oscuridad de la noche, ese día es El quien devuelve la visita a sus devotos, cuando con paso decidido y firme sale a nuestro encuentro. Y tras verle, ya nada es igual. Cuando pasa nos invade una sensación muy difícil de explicar. Parece que algo de nosotros su fue con El y algo de El se quedó con nosotros. De un lado hemos visto pasar al Dios todopoderoso, pero de otro, ha cruzado ante nuestra mirada un hombre indefenso, sufriente, humilde y cargado con una pesada Cruz. A Jesús lo habían matado, le habían dado la muerte más vergonzosa que existía en el Imperio Romano, la muerte más indigna, que solía aplicarse a los criminales más sanguinarios, jamás impuesta a un ciudadano romano. La cruz, por tanto, instrumento de una muerte infame. No era lícito condenar a la muerte en cruz a un ciudadano romano, era demasiado humillante. Pero el momento en que Jesús cargó con el pesado madero para llevarlo al Calvario, marcó un cambio en la historia de la cruz.

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