Fotos, coplas y poemas a San Vicente Martir

Escribo bajo una luna amarga como la hiel.
(Ya sé que esto que me pasa no es nada del otro mundo…)
Tengo el alma escocida como la planta de un pie.
Me pesan los zapatos cual si fueran de plomo.
Sólo tengo ganas de escribirte, si quieres que hable claro.
Nada más tengo ganas de rascarme la rodilla.
Me he sentado un momento mientras se calienta la cena.
Se oye, abajo, la melodía tierna de «Limeleight».
Un niño llora y llora en el piso de al lado.
Mi mujer yace, hace diez días, en la cama.
No tenemos ya ganas de hablar, de decir nada.
Por la ventana, abierta, viene el escándalo de los grillos.
He de ponerme a escribirte, porque no hay otro remedio.
Te escriben los poetas, y yo soy un poeta.
He de escribir un poema a san Vicente Ferrer.
Esto es todo: aquí me tienes. Siento que el alma me quema,
aquí, como un talón que escuece, bien amargo.
El aire fino del mar me golpea la espalda.
¿He de decir que tú fuiste un gran valenciano
y he de decir todo esto y aquello de «nostra parla»
y he de cantar tu lucidez allá, en Caspe,
y tu verbo, y tu voluntad unitaria
en los mapas y en la Iglesia, y el gozo de tus milagros,
y tu nombre como la piedra que cae, de pronto, en el agua?
Me aflojaré los cordones —permite— de los zapatos.
O me quedaré, de pie, descalzo sobre los ladrillos,
diré una letanía de cuatro cosas claras.
Me afilaré la lengua, si quieres, en un bordillo.
Me limpiaré las manos con agua y con jabón.
Me cortaré las uñas muy cuidadosamente.
Mira: he de luchar. Dios me quiere vencedor.
No me des, pues, la paz, que me la quiero ganar.
El corazón me crece y crece como el pan
mientras voy, vengo y vuelvo. No me des, pues, la paz,
ni la serenidad: son, tan sólo, un lujo,
y no estamos para lujos. Quiero ir y volver
y hacer mi camino, cada día, ardientemente.
Mi camino, mis cosas, calientes, mías.
Dame lucha, y yo ya pondré lo demás.
Que me hagan las palabras servicio concreto de piedras
para tirarlas a un río o tirarlas a una cabeza.
Déjame así, de pie: esto, nada más, te ruego.
Dame lucha, porque no quiero ponerme a adorar
los ídolos imbéciles de las palabras, ahora
que es tiempo de cogerlas como cuchillos o mazos.
Es el tiempo de cogerlas y hacerlas fuego y llama,
de decir esto y aquello clara y tenazmente.
Dame lucha y motivos de llanto o de esperanza.
Si no tuviera qué decir, tápame la boca con barro.
No me dejes a la orilla de la égloga y las dalias.
No quiero traicionar a quien lucha, a quien pasa sueño o hambre.
No me dejes a la orilla del río de las palabras.
No quiero saber nadar y guardar bien la ropa.
Quiero lanzarme, de cabeza, y jugar a las claras.
No me des, pues, la paz. Te pido otra cosa.
Solamente, que me sostengas bien caliente, bien humano.
El camino de la espina concluye siempre en la rosa.
Yo soy uno entre tantos: me siento uno entre tantos
que toman el tranvía y lloran, cada día,
silenciosamente, casi sin llorar.
Europa me duele y los días de tristeza.
Europa me duele y me duele bien concreta y caliente,
como el pan que se agria de no llevarlo al horno.
Como un pan, entre las mantas de un miedo inconcreto,
que crece y crece con un tristísimo vacío.
¡Es la hora de cruzarlo con un cuchillo,
es la hora violenta, por fin, de la sazón!
Es la hora, clara y alta, de los corazones y los pies abiertos.
De decir aquello que falta. Y de llevar el pan al horno.
De quemar las palabras y hacer, del humo, el lienzo
que llene el mundo, la tarde, otra vez el mundo.
Es la hora de hablar claro y raso, san Vicente.
(¿O de sentarse en una piedra y callar ya del todo?)
