La Laguna en otoño: Rincones XI

La Calle Herradores en los años 20, cuando fue conocidas por Alfonso XIII, foto tomada desde la esquina con Núñez de la Peña.
Anécdotas laguneras de un tiempo pasado
La Calle Herradores
En buena medida, la vida de las ciudades viene determinada por el progreso en su actividad comercial. Una ciudad sin comercio es una ciudad muerta. Pero como en todo organismo vivo, hay etapas que determinan la pujanza de un pueblo, pudiendo hablarse de infancia, pubertad y madurez.
Dentro de las ciudades hay calles y zonas que fijan, por sus propios nombres, los fines primordiales para que eran usadas por sus habitantes. Buena prueba de ello son los nombres de algunas calles y lugares laguneros: Molinos de Agua el Lomo de los Molinos, el Barranco de la Carnicería, la calle de la Carrera, llamada así por ser el centro de celebraciones festivas y desfiles procesionales y militares, la calle de Los Herradores.
Sobre esta última querríamos hablar en esta ocasión, llevando nuestra imaginación y recuerdo a personajes en una época anterior a la II Republica. Adoquines, verodes y llovizna fina y pertinaz condicionaban la vida de la Calle y de la Ciudad toda. Tiendas pequeñas, algunas muy modestas, pero suficientes para una población que se había estancado en su crecimiento, aunque con el paso de los años la actividad comercial se fue acrecentando al cobrar la Ciudad un mayor protagonismo como centro administrativo, cultural y religioso, siendo lugar de encuentro para los campesinos de sus fértiles alrededores.

Destacaban en aquel momento las carbonerías, zapaterías, latonerías y algunas tiendas de productos manufacturados traídos de la Península, Inglaterra o Italia. Eran de resaltar las carbonerías, como la de la «seña» Consolación, que además del carbón, vendía «abanadores» y manojitos de tea para encender los fogones, o la de Don Domingo Núñez, situadas respectivamente en los actuales números 68 y 73.
Mención aparte merecen las zapaterías, no sólo por la calidad y buena factura de sus productos artesanos, sino por ser lugar de encuentro y de tertulia. De entre ellas descollaba, por las acaloradas discusiones que se establecían al atardecer, la que se celebraba en el taller de D. Juan Romero, sita en el actual número 69, y a la que asistían personas de muy diversa condición social, incluida algún clérigo ilustrado. Al carecer de luz eléctrica, de vela o de carburo los contertulios se reconocían por las ascuas de sus cigarros o «cachimbas». A estas reuniones no asistían mujeres, aunque la esposa de D. Juan, Dña Remedios, escuchaba silenciosa detrás de una cortina, interviniendo de forma apasionada cuando no estaba muy de acuerdo con alguna o expresada, siendo mandada a callar de forma imperativa por su esposo.
De entre las ventas destacaba la de «seña» Rafaela, que solamente vendía calabazas, batatas y esparto. Había algunas más, aunque todas se caracterizaban por carecer de mostrador, llamando el cliente por palmadas y apareciendo la dueña secándose las manos en el delantal pues con toda seguridad, se encontraba realizando alguna labor domestica. Con posterioridad las tiendas se fueron mejorando y ampliando, como era el caso de la verdulería de Dña. Martina, hasta llegar a los almacenes perfectamente abastecidos de D. Julián Sáenz o D. Elías y D. Lucio González destacados mayoristas, o los Ultramarinos «la Cubana».
Otro tipo de comercio estaba constituido por tiendas dedicadas a la venta de los más diversos artículos: el almacén de la Loza de D. Manuel Castillo, la tienda de Tejidos de Dña. Pascuala ,en el actual numero 71, la de D. Pedro, Dña Rosario y Dña. Arsenia, la Sombrereria de la Viuda de Víctor Núñez en cuyo taller también se celebraban animadas tertulias, los tejidos de don Ignacio Pérez Godiño, el almacén La Palma regentado por D. Manuel Taño y su esposa Dña Jesús, así como la Fabrica de sifones y Gaseosas de Dña. Virtudes Álvarez, el negocio de alquiler de carruajes de la familia Buenafuentes, la botica de D. Sebastian Álvarez ¿ Quién, con algunos años, no recuerda la barbería de D. Valeriano, regentada por los populares Rafael y Eladio? ¿Recuerdan la latonería del gran artesano Don Wenceslao, con el peculiar olor a los metales que usaba para la confección de sus pequeñas obras maestras?
El horario comercial, ahora tan rígido y controvertido, era algo no reglamentado. Cada uno abra o cerraba o conveniencia. Los domingos y festivos los comercios permanecían abiertos, cerrándose tan sólo el 14 de Septiembre, el Viernes Santo y el día de Corpus durante el paso de la procesión por lo Calle de lo Carrera. Esto tiene su lógico explicación, pues en esos días feriados acudían o la Ciudad gran cantidad de gentes de los alrededores que habitualmente no venían en el resto del año y que aprovechaban para hacer sus compras.

La Calle Herradores esquina a San Juan, 1900
Para terminar por hoy, una anécdota de antes de la Guerra Civil. Vivía en aquella época una mujer dedicada a la mendicidad y conocida como «La Guirola». Al carecer de techo donde guarecerse. se le concedió pernoctar en los garajes del tranvía. Allí se almacenaban algunos ataúdes que se usaban para transportar al cementerio a gentes menesterosas. guardándose luego para otra ocasión. Según me cuenta gente que la conocía, «La Guirola». en las frías noches laguneras hacia uso de alguno de aquellos ataúdes como lugar de descanso…
No quisiera terminar esta sin recordar el trasiego de las lecheras y gangocheras y revendedoras, del traqueteo del tranvía, con las proclamas a voz en grito que anunciaban la venta de pescado fresco, con el paso de los cochineros con sus mulos cargados con dos cestas laterales llenas de lechoncillos chillones. Pequeñas historias y anécdotas se quedan en el tintero. Quizás para el próximo domingo que será una ocasión más propicia. Pues las calles de la Muy Noble y Leal, Fiel, de Ilustre Historia, Universitaria y Bien Cultural Patrimonio de la Humanidad Ciudad de San Cristóbal de La Laguna tiene muchísimo que contar.

