MIS NAVIDADES “SABANDEÑAS”. Por Juan Oliva-Tristán Fernández
Para La Laguna 30 Días (diciembre de 1998).– … y a la llamada de don Luis Ramos Falcón acudíamos expectantes y ansiosos por conocer los detalles que nos revelaría para afrontar otra nueva Navidad. No dejaba nada al azar y a la improvisación, y cuidaba escrupulosamente el estilo y la línea que había que imprimir al acto. Recuerdo que unos días antes de la Nochebuena él ya tenía encargados los pasteles que luego portarían nuestras esposas, ataviadas con sus trajes de “esperanceras”, para ofrecer a los que se daban cita en el recorrido que Los Sabandeños hacíamos por las calles laguneras, que en muchas ocasiones eran ríos, que no calles, y sus noches eran de hielo y de frío, como reza una conocida letra de isa.
Parada obligada era la casa de Juan Antonio Cruz Auñón y su esposa Rosario en la calle de la Carrera. Estos sevillanos-laguneros (más de lo segundo que de lo primero) eran los perfectos anfitriones, volcándose con nuestro grupo como siempre lo han hecho, no siendo una casualidad que desde el comienzo de Los Sabandeños, los primeros que los constituíamos nombráramos a la querida Rosario “Madrina de Honor”; a ella entregamos un precioso pergamino firmado por todos, que se encuentra locado en la columna central del salón-entresuelo donde nos reuníamos par entonar el entrañable villancico Lo Divino.
También recuerdo las visitas a la casa de Luis Ríos -y su hermano Victoriano- a quien el grupo honrara con el nombramiento de “Parrandero de Honor”; así como las visita que indefectiblemente hacíamos a casa de Lupicinio Arbelo, en Bajamar, donde su esposa Pepita nos mimaba mucho, donde dábamos buena cuenta de las tradicionales “torrijas” y “truchas” caseras. Y siguiendo en la línea gastronómica en la que estoy, decir que el recordado D. Luis Ramos trabajó, luchó y no paró hasta lograr que unos rosquetes que se confeccionaban por aquellas fechas navideñas tomaran el nombre de “sabandeños”, pues así quiso bautizarlos con el permiso del Padre Adán. También recuerdo las estancias en las casas de Pancho y de su hermano Miguel Peraza. ¡Qué tenderete, ay mería se armó!
Por aquel entonces las amanecidas estaban a la orden del día; nunca mejor dicho, recordando una especial que pudo tener peor final. Regresábamos una Nochebuena de casa de Lupicinio en Bajamar y lo hacíamos en el coche conducido por Leoncio Bacallado, en el que viajábamos el asistente Miguel “El Napi”, Juan “Calzones”, Julio Fajardo y el que suscribe. Pues bien, serían como las ocho de la mañana cuando llegando al cruce de Las Canteras a alguien se le ocurrió decir: -”¿Y por qué no nos vamos hasta casa de Julián en la Cruz del Carmen y nos echamos el último medio y un “fisco” de queso”? Dicho y hecho, intermitente a la izquierda (de repente no lo puso, pero mi obligación es decir que sí) y “pá” Las Mercedes. Bueno, pues en la curva que está un poco más abajo del “Llano de los Viejos”, un taxi de Punta del Hidalgo que bajaba chocó frontalmente con nuestro coche, y el “Minuto”, que iba delante y que no llevaba el cinturón de seguridad (en aquella época sólo era obligatorio en los aviones), salió disparado hacia el cristal limpiaparabrisas, que se había roto del impacto, y con un pedazo del mismo se hizo una enorme cortada en el cachete derecho bastante profunda. A la vista del panorama altamente preocupante nos fuimos directamente a La Laguna, a la casa de D. Victoriano Ríos, quien salió en pijama pues obviamente lo habíamos despertado. Cuando vio al “Minuto” y a la “chuleta” que éste mantenía a duras penas con sus manos y que a veces dejaba ver el hueso, nos dijo: -”Rápido, vayan para el Hospital, esto no es para mí”. La verdad es que el cirujano Porres hizo un verdadero “encaje de bolillo” en el cachete diestro del “Minuto”, quien a raíz de ello hasta cantaba mejor, y que para comprobar si lo habían cosido bien se atizaba un buche de vino para comprobar que no se salía.
En esta misma Navidad o la siguiente celebrábamos como todos los años en casa de “Pepe el Abogado”, en Punta del Hidalgo, una cena que tenía la particularidad de que los cabritos los regalaba Antonio “Birrás”, un buen amigo del grupo oriundo de aquel paraje y un escalador nato. Después de la espléndida cena fuimos llenando los coches para regresas de nuevo a La Laguna, en cuya plaza de la Catedral habíamos quedado en reunirnos para entonar algún villancico. Yo, en aquella época aún no tenía coche y Elfidio que iba solo me dijo que si quería ir con él. Arrancó y en la curva de “Sabanda”, justo donde está hoy el monumento que inaugurara el “Calzones”, sin Alcalde, banda de música, ni cintas que cortar, le derrapó el coche y las ruedas de la parte derecha quedaron suspendidas en el aire, luego de pegar contra el guardacantón. Ya se imaginarán la situación, ni respirábamos para no favorecer la caída del vehículo a la marea. Pienso que mis 45 kilos de aquél entonces me salvaron a mí y a Elfidio la vida. Rápidamente “El Calzones” que venía detrás me recogió y tocando la pita y sacando un pañuelo me llevó hasta la “Casa de Socorro” de La Laguna, en donde me aplicaron varios puntos en la nariz, recogiéndose en el parte que “el paciente resbaló en una acera y se dio fuerte lomazo”. Lo bueno de todo es que lo podemos contar. ¡Feliz Navidad a todos!

