LA FIESTA DE LA NAVIDAD «Tarjetas de felicitación, belenes y árboles». Por Carlos García

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Los “nacimientos o belenes” tienen como antecedentes, sin duda, a los Autos Sacramentales que se celebraban en el interior de los templos

La más vieja representación conocida de un belén aparece en el año 345 en un sepulcro de Letrán, pero su impulso definitivo se lo dio San Francisco de Asís en 1223 quién, frente a la ciudad de Greccio, en el valle de Riat, dispuso de un altar delante de una cueva y un pesebre con el niño Dios, el burro, el buey y los pastores en miniatura, a la que acudieron los pastores y campesinos de la vecindad. Dada la acogida que experimentó, la orden franciscana adoptó la costumbre de los nacimientos.

La más antigua tarjeta de felicitación navideña que se conoce, se trata de un burdo grabado en madera hecho en Alemania y fechado en el siglo XV. No obstante estas felicitaciones tienen un lejano parecido con las felicitaciones romanas de antes del Cristianismo en las que lasa gentes intercambiaban saludos en papiros, cortezas, cerámicas, etc.

Hay quién opina que sus orígenes hay que localizarlos en China, pero el impulso definitivo se obtuvo de forma masiva tras la guerra franco-prusiana de 1870 al ser utilizada por los soldados de ambos ejércitos.

Antes de que los peregrinos colonizadores ingleses llegaran a las costas de los Estados Unidos a bordo del “Mayflower” y desembarcaran en Plymouth Rock, los colonizadores franceses pasaron una Navidad en la Nueva Inglaterra, en la isla de St. Croix Maine en el año 1604.Parece ser, según algunas versiones, que fue San Bonifacio, en el siglo VIII, el primero que convirtió el pino en árbol de Navidad con sus adornos, habiendo transformado en símbolo cristiano una costumbre pagana anterior de claro culto dendrolátrico. Sobre la referencia al árbol de Navidad, se tiene la primera documentación escrita en una carta escrita en 1604 por un viajero que se encontraba por Alsacia. En ella decía: “Por Navidad, colocan pinabetes en las salas de Estrasburgo y cuelgan de sus ramas flores hechas de papel de colores, manzanas, pasteles, laminillas de oro, caramelos, etc.”

Los primeros árboles navideños fueron introducidos en Norteamérica, – Pensylvania y las Carolinas-, por los colonos alemanes alrededor del año 1710.

En Canarias, nos cuenta Alzola, es a partir del trece de diciembre, festividad de Santa Lucía,”que canta en Pascua en once días”, cuando comienzan los preparativos para poner los belenes, sembrando el trigo, alpiste o lentejas para colocar la cosecha que crecerá como base de estos. Luego se construía la mesa sobre la que se alzaría el nacimiento y se colocaban las montañas, los riscos, con diferenters materiales que podían ser el corcho, piedras, cañas o papel.

Las figuras eran de barro e ingenuamente policromadas y procedían de la península o habían sido fabricadas en las islas, con el atuendo tradicional de las islas y, como siempre, representaban al Misterio: Niño, Virgen, San José, la mula y el buey. Últimamente, y de forma controvertida, el actual Papa, Benedicto XVI, ha cuestionado la presencia de estos animales en el pesebre, levantando un revuelo que no tiene sentido, rompiendo una tradición mantenida y conservada, sea histórica o no.

En la noche del 24 de diciembre se celebraba, a la medianoche, la “Misa del gallo”, nombre que deriva, probablemente del primer canto del gallo a esa hora de la noche, aunque hay quién refiere que es una costumbre que proviene de la ciudad de Toledo, donde los campesinos castigan a los gallos con gran crueldad por ser quienes advirtieron de su pecado a Pedro. Allí les retuercen el pescuezo y, muertos, los llevan a la puerta de los templos donde los arrojan al suelo.

Otro tipo de misa, las de La Luz, se celebraban en forma de novenario previo al nacimiento, del 16 al 24 de diciembre y reciben éste nombre, por celebrarse siempre a la hora de la aurora, de la primera luz.

Se realizaban en ellas manifestaciones populares en las que el folklore estaba presente. Se tocaban panderos, guitarras, flautas, castañuelas, y en ellas se cantaban villancicos y canciones.

Entre los pitos y flautas, se hacían con hojas de plataneras, como en Santa Ursula, que tenían una lengüeta y de la que se lograba un sonido grave, como de becerra. En La Guancha los pitos de hacían con una caña de tres agujeros.

Este tipo de misas ha ido desapareciendo de la geografía de nuestro archipiélago, aunque persisten localidades, como en Taganana en Tenerife, o en la iglesia de Santo Domingo de Guzmán de Las Palmas, donde se continúan celebrando a las seis de la mañana.

Las misas de la Luz desaparecen desde la promulgación del “Motu Proprio” de Pío X en 1903, el que prohibe que en las solemnidades litúrgicas, se cante cosa alguna en lengua vulgar, prohibiéndose el uso de instrumentos ligeros como el tambor, los platillos y otros semejantes.

En Gran Canaria, en 1947 y bajo el obispado de Antonio Pildain, se dispone “quedar absolutamente prohibido siempre, y en especial en las misas de la Luz, el uso de instrumentos fragosos como panderetas, guitarras y bandurrias. Desde ese momento las dichas misas quedaron heridas de muerte al serles retirados el encanto popular y folklórico que contenían.

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